2011
¡Hazlo de una puta vez!
Pasé la mirada de la pantalla de mi móvil a Shane, una y otra vez.
―Creo que en realidad ella inventó un número y lo puso allí ―dijo señalando el aparato―. Sigo creyendo que tu táctica para conseguir números de chicas calientes es un asco. ¿Cuántas veces ha funcionado?
―Siempre funciona ―respondí un poco molesto.
―¿Entonces qué esperas para llamarla? Ha pasado una semana ―dijo como si yo no hubiera estado contando cada día, cada hora, cada segundo.
El problema era solo uno: tenía pánico. Sí, yo tenía pánico. ¿Y si ella realmente inventó un número? ¿Y si solo se rió de mí aquella noche? ¿Y si le llamo y no responde? Todas las preguntas rondaban en mi cabeza, atormentándome desde la noche que la conocí. A pesar de que había usado la excusa de una apuesta para conseguir el número de varias chicas, esta era la primera vez que estaba nervioso por llamar a una.
Joder, Savannah realmente me gustaba.
―¿En serio creíste que tendrías una oportunidad con ella? ―bromeó Shane cruzándose de brazos con un gesto incrédulo.
―No lo sé ―fui sincero―. Dicen que en el amor no hay edad ni altura, ¿no?
―La frase perfecta para justificarte a ti mismo ―rió él―. Según recuerdo, ella es más alta que tú. Y sin dudas, mayor por un par de años. Por cierto, ¿qué tiene que ver esto con el amor? ―continuó.
Puse todo de mí para no soltar un bufido. En cuanto bajé la mirada de nuevo a mi móvil, una idea que no me haría quedar como estúpido se hizo lugar en mi cabeza.
Inmediatamente, comencé a teclear en éste.
―¿Qué haces? ―quiso saber mi primo enarcando una ceja.
―Yendo por el camino menos humillante ―susurré.
Y entonces, le envié un texto a Savannah.
Hola.
―¿Hola? ¿En serio? ―se carcajeó Shane―. Te creía más valiente que eso.
Alejé el móvil de su vista justo en el momento en que pitó.
Perdona, ¿quién eres? No te tengo en mis contactos.
Sonreí al leerlo y mi corazón comenzó a repiquetear.
―Al menos sé que el número existe ―le indiqué a Shane, enseñándole la respuesta.
―Quizá coincidió que el número inventado estuviese habilitado. Quizá te dio el número de alguien más.
Sus palabras me hicieron dudar.
―Lo averiguaré.
Soy Adam. ¿Me recuerdas? Te conocí en Mr. Blue.
―Qué feo sería que dijera que no te recuerda ―murmuró mi primo, de nuevo al tanto de lo que había escrito.
Lo siento. Quizá estaba borracha… ¿te di mi número?
―Oh, hombre. Ella estaba borracha. Está claro que de haber estado sobria, no te habría dado su número.
Le disparé una mirada asesina.
―Ella no estaba borracha ―la defendí.
Sí, me lo diste. Y dijiste que te gustaba mi nombre.
―¿Lo dijo? ―me cuestionó.
Afirmé con un movimiento de cabeza.
―Ciertamente aquella noche bebió demás ―aseguró burlándose.
―¡Oye! ―le di un empujón―. Tú ni siquiera conseguiste el número de una chica borracha, así que cállate.
―Tienes un punto ―rió.
En ese preciso instante, el aparato sonó entre mis manos.
Supongo que si te di mi número, entonces es porque vales la pena.
―¿Por qué sonríes como idiota? ―indagó Shane entornando la mirada.
Tú vales la pena. ¿Crees que podríamos juntarnos algún día?
―A veces me pregunto qué tan ingenuo eres, Adam. Es obvio que ella no te recuerda. Si supiera quién eres, no estaría respondiéndote.
―Eres envidioso ―reí.
―Un poco, pero…
El móvil lo calló. Rápidamente, leí el texto.
Lo siento, Adam. No puedo.
―Quizá recordó que te veías como infante ―me codeó Shane.
¿Por qué no? Prometo no secuestrarte.
―No prometas cosas que no puedes cumplir.
―Cállate, ¿quieres?
Shane rió con fuerza.
Bien. ¿Qué tal esta noche en Mr. Blue?
―Creo que todavía no recuerda tu altura ―insistió.
―Cuando consigas el número de una chica caliente, tendrás permiso para burlarte de mí. Mientras… jódete, Shane.
Y sin demora, escribí una respuesta.
Una respuesta afirmativa, claro.