Y así lo hicimos, con pasos vacilantes pero decididos, dejando atrás el horror que se había instalado en aquel lugar. Una parte de mí deseaba que fuera solo una pesadilla pasajera, una anomalía del tiempo y la lógica. Pero en lo más profundo, sabía que habíamos cruzado un umbral invisible. Algo nos había marcado, irreversiblemente. Y aunque intentara centrarme en el presente, no lograba borrar de mi mente ese momento suspendido: el sueño, el beso, el aroma a canela y chocolate que aún parecía aferrarse a mi piel. -¿Señora? -murmuré, aún con la voz ligeramente temblorosa-. Sé que a estas alturas, es una completa falta de respeto, lo sé... pero... ¿cuál es su nombre? Ella giró levemente el rostro, sus ojos centelleando con una ternura antigua. -Mi nombre es Carmen Cecilia, cariño. Y yo...

