Justo en el momento en que abro los ojos, me doy cuenta de que nunca me moví. Sigo sentada en la misma mesa, con la boca entreabierta y una línea de baba resbalando por mi barbilla. Me limpio torpemente con el brazo, el rostro ardiéndome de vergüenza. ¡Qué imagen debo estar dando! Rezo por que nadie me haya visto en ese trance ridículo... pero tampoco veo rastro alguno de Alastor. Su presencia, tan tangible hace apenas segundos, ha desaparecido por completo. Solo ha sido un sueño. Pero uno que se sintió más real que la propia realidad. Su aliento a canela y chocolate aún parece envolverme, suspendido en el aire como un perfume sutil que no quiere irse. La sensación de sus labios sigue impresa en los míos, como si el beso hubiese cruzado el umbral entre el mundo imaginario y el físico. A

