Abro la puerta del auto adentrándola con sumo cuidado al asiento copiloto y le abrocho el cinturón de seguridad. Cierro la puerta y rodeo el automóvil para adentrarme en el asiento piloto. Le dedico una última mirada preocupado y comienzo a conducir arrancando trayecto hacia mi casa, que afortunadamente no queda tan lejos de la universidad. Por gracia del destino, el trafico de Chicago hoy está a mi favor. Mi Esmeralda no es la misma, por momentos tiembla y me encoge el corazón. Su apariencia es débil y cansada. Sus ojos se encuentran cerrados y decaídos, acompañados de ojeras demasiado notorias. No me gusta verla en ese estado, sus labios no se tuercen en esa sonrisa que me fascina. Y sus mejillas no ya no se tiñen de ese color rozado que la hace ver como la pequeña universitaria que cau

