El sábado por la mañana decidí quedarme en la cama hasta las once. No tenía ganas de levantarme, mucho menos de salir a la vida. Un extraño dolor de muñeca me atacó luego, justo en donde el tatuaje del pentagrama permanecía intacto. Por mi mente pasa la clara y viva imagen de Sombra desvaneciéndose en el aire. ¿Quién es? ¿Qué es lo que busca? ¿Y por qué tengo que dárselo yo? Me muevo en la cama de manera que mi pecho toca el colchón y me tapo el rostro con la almohada. Sus largas pestañas y sus ojos ámbar no se van de mi mente. Es obvio que me atrae, que me puede, que hay algo allí entre ambos que no puedo dar con alguna explicación. Papá llama a la puerta. Ante mi falta de respuesta, entra en la habitación, lo sé por sus pasos que avanzan hasta que se sienta a mi lado en la cama. -Déja

