Sonaba a mentira que Alone estuviera en carne y hueso, pero no dejaba de atormentarla, podría seguir la vida con quien quisiera pero algo la ataba a Sebastián siempre de alguna manera u otra, a quien se encontraba yendo a verlo. Quería verlo, saber si estaba bien, de pronto era consciente de que él estaría solo para toda la vida, que quizás siempre la necesitaría y suscitaba la esperanza de que fuera a la universidad y las cosas cambiaran, así que esperó en su mente por ello.
Tocó la puerta de la casa de Sebastián y éste le atiende de malas.
—¿Que te sucede ahora?—pregunta ella.
—Me estás viendo la cara. No puedo confiar en ti.
—Me engañaste, Sebastián, el que no merece confianza eres tú.
—Pero tú te paseas con un chico, ¿crees que no lo sabría?
—¿Quien te lo dijo?—inquirió ella.
—La ciudad es pequeña y tenemos gente para eso...
—¿Me estás vigilando?—exaltó preocupada.
—Vigilamos a todos—dijo mirando a otro lado y marchándose a la cocina.
—¿Son de tu padre, cierto? Dime que son de tu padre y que en realidad tú no contratas esa mierda.
—Sí, son de mi padre, como sea. ¿Quien es?
—Es el proyecto de mi padre, el que fue encriptado. Ya, ¿contento?
—¿Necesita que lo asesores en el procedimiento?—dijo con risa burlona e irónica.
—¿Realmente crees que tratándome de zorra es el momento? Tú me has engañado.
—Como sea, entonces seremos de esas parejas.
—¿De que parejas hablas?
—De las que se engañan y lo saben, pero lo ignoran.
—¡No significa nada para mí ese sujeto! No te engañé, tú sí lo hiciste.
—Como sea, ¿entonces ese experimento me recuerda?
—¿Que?—volvió a preguntar con extrañeza.
—Si esa cosa me recuerda...el chip. ¿No es Alone?
—No, no lo es—mintió.
No le ayudaba en nada que él supiera que Alone era el chip que tenía Sam dentro de su cabeza.
—Supongo que está bien, siempre me dio miedo esa cosa contigo.
—¿A que te refieres?
—A que parecía estar enamorado de ti.
—Los sistemas operativos no sienten.
—Pues por algo tu padre los pone en humanos, ¿no?
—No sé realmente lo que hace mi padre.
—Bueno, en eso nos parecemos. ¿Desayunarás aquí?—preguntó haciendo tostadas.
—¿Cómo puedes estar tan tranquilo? Me acusaste de infiel...
—Y yo lo fui. Me aburre hablar de estas cosas, ¿estamos bien?
—Si lo quieres tú, entonces sí, por mi estaremos bien.
—Bien—dijo abrazándola y besándola—.No puedo imaginarme la vida sin ti.
—Siempre estaré para ti, lo sabes.
—¿Lo prometes?
—Sí, lo prometo.
—¿Prometes que ese chico no lo volverás a ver?
—No lo haré, y espero que tu tampoco me vuelvas a poner los cuernos.
—No lo haré. Hablo enserio, si te pierdo me mataría.
—No digas cosas como esa—dijo ella abrazándolo más fuerte, él se alejó para seguir con las tostadas.
El resto del tiempo, hicieron el amor, pero ya no sabía si llamarlo así, Melodie no podía dejar de sentirse sucia cuando estaban, casi no sentía nada y tuvo que fingir un orgasmo. Le daba igual que se la chupara o se estuviera comiendo su pie, ni siquiera lo sentía.
—¿Harás otra fiesta el fin de semana? Esta semana será aburrida.
—Mi padre primero me golpeará por la que ya hice y porque entregarán las calificaciones, creo que faltaré esta semana y la otra también.
—Sebastián, por Dios, no puedes permitir eso.
—¿Que puedo decir? Tiene razón, solo soy un drogadicto y vago.
—Entonces deja de drogarte—espetó ella.
—Como si fuera tan fácil—dijo desviando la mirada.
—Busca ayuda, entonces.
—La única ayuda que necesito es la tuya.
—No puedo tener esa carga, Sebastián, no puedes tener ese motivo para seguir viviendo, debes hacerlo por ti.
—No sé si quiera vivir por esas razones—dijo cabizbaja—.Eres lo único bueno en mi vida.
—Mientes—espetó ella.
—No lo hago. Mi padre me odia, lo sabes.
—No te odia.
—Sí lo hace, tú no lo sabes todo.
—Está bien, ¿y abuelos?
—Viven muy lejos. Papá no me deja visitarlos.
—Pues hay una mujer en algún lugar que te ama como su hijo y no le es posible llegar hasta ti, pero te ama.
—No existe tal mujer—espetó él.
—¿Porque dices eso?
—Porque mi padre la ha matado.
—¿Te lo dijo?—preguntó aterrorizada.
—No, pero no lo ha negado.
—Entonces es un monstruo, deberías decirle a la policía.
—No puedo hacer eso, no sobreviviría a eso.
—¿Cómo que no sobrevivirías? ¿Tienes miedo de él?
Él la miro a la cara y la tomó de las mejillas.
—Hay cosas que simplemente no puedes demostrar.
Ella lo abraza y comienza a llorar.
—¿Porque lloras?—le murmuró.
—Porque estás roto, Sebastián.
—¿Tú no?
—Supongo que también—admitió ella.
—Para eso estamos juntos. Nada nos podrá mover si seguimos juntos.
—No es tan fácil...
—¿Porque no lo es?—instó él.
—Porque entonces eso significa aceptar las condiciones, como que tu padre te golpee, que debas drogarte para estar feliz y que yo sea tu seguridad.
—¿No puedes con ello?
—Sabes que te amo Sebastián, pero no puedo vivir en esta locura.
—Entonces vete, las puertas están abiertas.
—No hagas estas cosas...
—¿Que cosas?
—Actuar a la defensiva—dijo ella.
—Pues vengo con el paquete completo, no lo elegí yo ¿sabes?
Ella se llevó la mano al entrecejo.
—Supongo que yo tampoco.
—¿Lo ves? Somos iguales, también estás sola. Lo sientes, ¿no? La oscuridad.
—Sí, pero no está bien.
—Entonces quédate por primera vez en tu vida, arriésgate, y superemos la oscuridad juntos.
—No se puede redescribir el destino, Sebastián y mucho menos ignorando cosas importantes.
—Pues a mi me ha funcionado, y supongo que tú tampoco quieres ser un recuerdo constante de una madre que falleció de cáncer.
—¿Eso ves en mí?
—Eso lo ven los demás.
—¿Quienes?
—Sabes que nada es secreto.
—¿Quienes, Sebastián?—volvió a repetir con rabia.
—En la escuela. Ally y Zack...
—Creí que eran nuestros amigos...
—No lo son. No todo el mundo es tu amigo por tratarte bien.
—Creí que lo era.
—Son hipócritas, Mel. Mis fiestas están llenas de ellos.
—¿Y porque las haces entonces?
—Porque estoy tan vacío que busco algo en ellos, en la hipocresía, en la maldad y en el cinismo. Yo soy un monstruo, ¿porque buscaría gente buena?
—Yo soy buena...
—Y por eso quiero que tú seas mi felicidad.