Me quito la ropa mojada y me meto en la ducha. La adrenalina de lo que acababa de hacer en esa garita de seguridad, con el menor de mis hijastros, aún domina mi cuerpo. Es como si aún sintiera los espasmos del orgasmo. El agua golpea contra el piso de la ducha con la misma intensidad con la que mi corazón sigue latiendo en mi pecho. Estoy temblando. No de frío, sino de todo lo demás. Del caos que se me metió en el cuerpo. El vapor llena el baño con una bruma espesa, envolviéndome en una sensación de sofoco y delirio. Me paso las manos por los brazos, por el vientre, por los muslos, por mi sexo aún hinchado. Todavía siento a Julián dentro de mí. Su aliento mezclado con la tormenta. Su dureza palpitante abriéndose paso, sin encontrar resistencia. Recordé lo que le había dicho mientras me

