—Yo ya estoy —dije, medio fuerte, asomándome al pasillo. No hubo respuesta. Sabía que las minas eran de demorarse, pero esto ya era demasiado. Caminé unos pasos hasta quedar frente a la puerta del cuarto de ellas, que estaba apenas entornada. Iba a golpear, pero me detuve. La abertura me mostraba algo que me dejó clavado al piso. Clarisa estaba de espaldas al espejo, abrochándose un vestido corto que le marcaba la cintura y le envolvía el cuerpo con una elegancia insultante. Tenía el pelo suelto, cayéndole sobre los hombros, y en ese momento lo corría a un lado con una mano mientras con la otra intentaba subir el cierre. La tela del vestido era verde claro, liviana, y se deslizaba por su cuerpo como si lo acariciara. En cada movimiento, su culo sobresalía con una perfección casi cruel: g

