Salgo de la casa. El aire huele distinto. Hay una tibieza liviana que me acaricia los hombros como si alguien me pasara los dedos con delicadeza. El día está hermoso. Nada que ver con los últimos que parecían una condena: grises, pesados, con la humedad pegándose a los vidrios y a los huesos. Bueno, sé que no es una cuestión de clima. Es también la lujuria concentrada en esa casa, en la humedad de los cuerpos, en la tensión que genera lo inevitable. Camino despacio. Las veredas, por fin, ya se secaron. El sol resplandece alto, arrogante, como si quisiera compensar los días de encierro. Una pequeña brisa me levanta apenas el ruedo del vestido azul con pintitas rojas que me llega casi a las rodillas. El escote es modesto, pero no esconde la exuberancia de mi cuerpo, claro. Un conductor pare

