CAPÍTULO CUARENTA Y TRES

3015 Palabras

ANA Despierto envuelta en un silencio raro, espeso, casi líquido, no hay risas, ni gritos, solo una sensación pesada sobre el pecho, un zumbido suave, casi imperceptible en los oídos, y un olor a desinfectante que me revuelve el estómago. Parpadeo un par de veces. Las luces blancas del techo me ciegan por un segundo, y tardo en reconocer el techo plano, pulcro, y esa barra de metal que recorre la parte superior del muro. Estoy en… un hospital. Lo sé porque la rigidez del colchón bajo mi cuerpo no se compara a ninguna cama en la que haya dormido antes, y porque mis brazos están llenos de pinchazos, sensores y parches. Al principio me siento como si hubiese estado muerta y alguien hubiera decidido revivirme por capricho. —¿Qué…? —mi voz suena seca, rasposa. Toco mi pecho con la palma d

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