ANA Despierto envuelta en un silencio raro, espeso, casi líquido, no hay risas, ni gritos, solo una sensación pesada sobre el pecho, un zumbido suave, casi imperceptible en los oídos, y un olor a desinfectante que me revuelve el estómago. Parpadeo un par de veces. Las luces blancas del techo me ciegan por un segundo, y tardo en reconocer el techo plano, pulcro, y esa barra de metal que recorre la parte superior del muro. Estoy en… un hospital. Lo sé porque la rigidez del colchón bajo mi cuerpo no se compara a ninguna cama en la que haya dormido antes, y porque mis brazos están llenos de pinchazos, sensores y parches. Al principio me siento como si hubiese estado muerta y alguien hubiera decidido revivirme por capricho. —¿Qué…? —mi voz suena seca, rasposa. Toco mi pecho con la palma d

