ANA No sé cuántas horas han pasado desde que abrí los ojos por última vez. Desde que Kabil se fue anoche, no he podido dormir, juró que no se iba a rendir, idiota. Porque ahora estoy segura de que no importa todo lo que haga, un mundo en donde Kabil y yo estamos juntos, simplemente nunca existirá. Me encuentro de pie, frente al espejo del baño del hospital. Mi reflejo es un borrón deslucido de lo que solía ser. Mi cabello rubio está desordenado, enmarañado, como si hubiese intentado escapar de mi cabeza en medio de una pesadilla. Mis ojos grises, normalmente feroces y llenos de arrogancia, están apagados. Hinchados. Mudos. Mi piel, antes tersa, ahora es una sábana pálida cubierta de sombras y cicatrices moradas. Las manos me tiemblan levemente. No por miedo. Es odio. Puro, ácido, furioso

