KABIL —Esto no ha terminado, Kabil —alcanza a soltar Killian su amenaza hueca. Lo ignoro. Él ya no existe. El aire huele a humedad y tabaco, cuando salgo de la casa, detrás de Ana. El sabor metálico de la rabia me roza la lengua como una cuchilla oxidada cuando la veo cruzar la calle, desorientada, y diviso a lo lejos, el auto que se acerca a gran velocidad hacia ella. —Mierda —maldigo en voz baja, entre dientes, sin poder evitarlo—. ¡Ana! Jamás me he preocupado por alguien de este modo, ni siquiera por mis amigos o Marie cuando estaba metida hasta el cuello en todo ese asunto de las drogas, pero con Ana es distinto, con ella siento una maldita necesidad que me carcome por dentro. Me muevo rápido, llegando hasta ella, la tomo de los brazos y logro llegar a tiempo, antes de que reciba e

