Prólogo

810 Palabras
La sala es bonita, y es clara. Las luces blancas me encandilan un poco, miro todo con repulsión. «No quiero estar aquí» Huele a café y hay muchas fotografías de personas que no conozco sobre el escritorio. Hace frío, pero no me cubro obligándome a soportarlo. —Hola, Camille. Observo el rostro arrugado de Karen, siento que al verla se me quema la retina. Desvío la mirada a otro lugar, específicamente a mis manos, tengo los dedos entumecidos por el aire acondicionado. Hoy me he sentido bien, he comido, me he duchado, he hablado con mamá. Las cosas van mejorando. Creo. —Hola —Mi voz sale airosa. No sé si estoy a segundos de quebrarme o es que he perdido la fuerza en la voz de tanto llorar y gritar. Dirán que estoy loca, que soy una estúpida o una niña débil por dejar que él me convierta en esto. Y créanme cuando digo que no pretendo que me comprendan, porque es un sentimiento difícil de explicar y más aún de entender en cabeza ajena. Un vacío, una decepción que me carcome lenta y dolorosamente, amenazando con tragarme, como un agujero n***o que succiona almas. Estoy a la deriva, viajando entre dimensiones. Es ahora cuando veo con claridad todos los detalles que siempre estuvieron allí, que no me fijara fue estupidez mía. Bendito karma. Todo estuvo danzando en mis narices, y no quise mirar. Es difícil entender, y peor aceptarlo. No todos saben lo que se siente que te rompan el alma en miles de pedazos. —¿Qué tal la semana? De maravilla. Lloro todas las noches como de costumbre y mi apetito sigue ausente, aunque mamá me obliga a comer. Me pesa la cruz que dejó él en mi espalda, a veces siento que no podré soportarlo por mucho tiempo. Llevo demasiados días en esto y quiero que pare. Supongo que no tengo la fuerza suficiente para detenerlo; necesito más tiempo, eso dice mi madre cada noche mientras peina mi cabello, y me he propuesto creerlo, porque sí: necesito tiempo para al menos intentarlo. Porque aun cuando comprendo que el daño está hecho y que debo avanzar, mis ojos no dejan de llorar, mi corazón no deja de estar roto. También necesito que alguien sostenga mis manos y me diga que ya vivió esto y que no moriré de dolor, que todo pasará en algún momento. Pero no consigo a nadie, todos se apoyan en el típico y absurdo: Aquí estamos. Y no necesito que estén, lo único que necesito es dejar de sentirme como un pedazo de mierda y que él pague por todo lo que hizo. Yo me entregué por completo, confié y fui cegada por ese maldito sentimiento. Un sentimiento que no existe. Me arrancaron el corazón del pecho y lo deshicieron en mis narices. Se burlaron de mí. —Bien —respondo. —Te he traído esto —La mujer me muestra un cuaderno n***o, entregándomelo. Lo recibo sin expresión. Un jodido diario. Y es feo. —Gracias. —¿Ya que no has hablado en el mes que tienes asistiendo a consulta, crees que puedas drenar todos tus sentimientos aquí? —Alza sus cejas esperando alguna respuesta mía que no llega—. Camille, tienes que poner de tu parte. Es sólo un cuaderno, no tienes que contarme nada si no quieres, sólo escribe allí todo lo que sientes y cuando creas que estés lista quémalo. Si es alguna clase de terapia me parece estúpida. —Aquí es donde se equivoca, doctora —La miro fijo a sus ojos marrones, ella se encorva un poco y está atenta a lo que voy a decirle—. No tengo sentimientos ni emociones para drenar porque estoy vacía, todo se lo di a él, y ya no queda nada. Es la conversación más larga que he sostenido con ella hasta ahora. Se sube los lentes que empezaban a resbalársele con el dedo índice, analizando mi respuesta. Asiente. Mi madre fue quien tuvo la brillante idea de traerme al psicólogo dos veces a la semana, como si con eso fuera a mejorar. —¿Crees que puedas perdonar entonces alguna vez? —Pregunta despacio, con cuidado de no pinchar mi susceptibilidad—. Perdonar es lo que te permitirá olvidar, y sanar. Pero yo no quiero olvidar nada, al contrario, quiero recordarlo todo cada maldito día de mi vida. —Debes perdonarlo. Habla. No, él no merece nada. Él acabó conmigo, me destruyó de una manera que nunca creí posible. Que NADIE es capaz de creer posible. Y se burló de todo. —No. Que se muera, eso es lo que quiero. Que se pudra en las llamas del infierno. Me da igual ser sanada o no. Después de todo, así deje de sentir este dolor inmenso quemarme por dentro no seré la misma. Jamás.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR