Salgo de la cama gritando groserías y buscando algún objeto que sirva para pegárselo a Carlos por la cabeza. El rubio tiene demasiada suerte y logra escapar de la habitación antes de que yo pueda desenchufar la lámpara de noche y alcanzarlo.
Maldita sea.
Tengo la cara y la camisa del pijama empapado porque el estúpido de mi hermano se le ocurrió la brillante idea de vaciarme un vaso de agua helada mientras dormía.
Lo odio.
Aseguro la puerta. Todos los días son iguales, Carlos aparece y arruina mi despertar, Carlos aparece y daña mi buen humor, Carlos aparece y jode mis días.
Es simple: Él sólo tiene que aparecer.
El armario está hecho un desastre y no consigo un pantalón para usar porque todo está revuelto, mi humor empeora cuando consigo un pedazo de goma de mascar adherido a un lado de las paredes de madera. Cojo lo primero que veo y que no está sucio, —porque sí, soy tan desordenada que mezclo la ropa limpia con la sucia— y me lo pongo, tratando de calmarme porque es muy temprano para tanta mierda.
Me arde un poco la cara por el agua fría y maldigo a mi hermano por segunda vez desde que desperté.
Todo ha podido ser diferente si Carlos no hubiese arruinado mi dulce despertar. Se supone que hoy es un gran día ya que retornamos a clases después de las horribles y —gracias a Dios—, cortas vacaciones de navidad. Y como he logrado pasar a último año eso significa que falta mucho menos para graduarme.
Ah, pero entonces apareció el aborto de mono y ¡Bam! Arruinó mis expectativas.
—¡Mueve el trasero, hermanita! —grita él desde afuera.
A veces siento que quiero matarlo.
Es normal pelear con los hermanos, o al menos eso dice Georgia que tiene a una pequeña demonia de doce años como hermanastra. Pero les juro que nuestras peleas no son normales, es que nos odiamos, no encajamos. Él vive para arruinar mi vida y yo para ser el hazmerreír no sólo de él sino de todo el instituto.
Y esa es otra historia que les contaré más adelante.
No sé qué hora es, salgo de la habitación para bajar a desayunar, la voz de la mujer que me dio la vida se escucha y me detengo, pensando si es buena idea devolverme al cuarto para no tener que verle la cara o termino de salir.
—¿Prepararon sus bolsos?
No, y ya no me jodan.
—¡Sí! —Grita Carlos desde su habitación al final del pasillo.
Imbécil.
Yo ni siquiera sé en dónde está mi bolso.
Ignoro a la bruja que comienza su charla falsa sobre nuestro comportamiento y que debemos rendir en los estudios porque es lo único que tendremos en la vida y blah, blah, blah, como si realmente le importara.
Marsella trata de llamar mi atención pero finjo sordera bajando a la cocina con el cabello todo enmarañado para hacerme el desayuno. No quiero verla, ni hablar con ella y mucho menos ser su hija.
Pero ya ven que Dios se empeña en joderme la vida con el castigo familiar que me impuso, porque tengo una puta familia disfuncional y no sé qué carajos hacer con eso.
Preparo un sándwich de jamón rápido, recuerdo que no he cepillado mis dientes y como tampoco soy tan asquerosa me devuelvo para lavarme la boca hasta que mi aliento sabe a menta. El reflejo en el espejo me muestra una mata de cabello rizado castaño oscuro que odio.
Qué asco de pelo.
No es un secreto lo mucho que detesto mi cabello, por eso lo llevo recogido siempre.
Y es que no podría sentir amor por algo que sólo me hace ver como una loca o una hippie, esos horribles rizos esponjados que me cubren la cara cuando el frizz me ataca —Que es casi siempre— no son nada bonitos, parecen sacados de una licuadora o como si fuegos artificiales hubiesen explotado en él. Es una mata de pelo armada que ocupa demasiado espacio y que me agobia porque me hace sentir más fea de lo normal. Además de que ya no se usa, ahora lo más top es el cabello largo y liso hasta la cintura. Sí, así como lo usan las damas de compañía.
Yo tendría que usar desechos tóxicos para alisar el mío y aun así me vería como una bruja.
Debería raparme, eso solucionaría el problema con mis cabellos de alambres.
Tomo el cepillo sobre el tanque del inodoro y me peino, arrastrando los nudos hasta las puntas del cabello y aplacando el resto. Al terminar con la cola de caballo me siento más frustrada que antes al ver el desastre que hay detrás, todo está explotado. Y como no me gusta lo que veo decido recogerlo por completo, formando una horrenda cebolla mal elaborada a la que le unto tanto gel como puedo.
Sí, quédate ahí, pelo. Ya no molestes o te trasquilo de una vez.
Después de lavarme los dientes por segunda vez recojo un poco de agua con las manos y me humedezco la cara, mis pecas resaltan demasiado hoy. Me veo enferma y pálida, con unas medias lunas bajo los ojos.
Tal vez debería ir a la playa, el sol es gratis. Luego recuerdo que odio la arena y se me pasa.
—¿Lista para continuar con tu peor año escolar? —Me giro hacia la puerta, Carlos está recargado de ella con los brazos cruzados. Sonríe de lado, burlándose de mí mientras que me seco la cara con las mangas del suéter que llevo puesto.
Su cabello rubio brilla por el gel fijador y sus ojos azulados se ven muy claros por la luz que le da de lleno a la cara. Odio que sea tan guapo, es complicado hacerle bullying con esa cara de príncipe encantador.
—Sí, muy lista para graduarme ¿Y tú? ¿Piensas repetir el año por segunda vez?
Por lo tanto sólo me queda burlarme de lo inepto que es como estudiante.
—Yo no repito, mocosa. Me he quedado voluntariamente a disfrutar de la preparatoria, son los mejores años de un adolescente.
Me echo a reír.
Es que éste no es más descarado porque no puede.
—Tú no eres un adolescente —Imposible no mirarlo de arriba abajo, él menos que nadie se ve como un adolescente—, la adolescente aquí soy yo, tú tienes diecinueve, y eso te hace un vago.
—Tú ni siquiera vas a graduarte este año a menos que apruebes este segundo corte sobre nueve, cosa que dudo.
El instituto St. Jude ofrece la oportunidad a los estudiantes con buenas calificaciones para optar por el adelanto de año y así graduarte antes de tiempo. Para eso debes aprobar el primer corte de tu grado con un mínimo de nueve, cosa que yo hice por suerte, y ahora me adelantaron al duodécimo. Muchos estudiantes lo hacen con el fin de graduarse antes de tiempo e iniciar carreras de larga duración como medicina, otros simplemente son cerebritos andantes y se gradúan a los quince años para ir directamente a la NASA.
Pero como ya dije: yo solo tuve suerte.
—Yo voy a graduarme este año. —Y no porque pretenda estudiar medicina, sino porque se me presentó la oportunidad y no voy a desaprovecharla.
Sé que será difícil porque mi carga académica aumentará con las cinco materias del nuevo curso y sumado a ello debo aprobar las de mi grado base, pero lo haré porque quiero y porque me da la gana.
—Sí, y yo seré presidente de Estados Unidos. —Su comentario me cae mal, al igual que todo él. Lo detesto.
Antes de que él salga del baño yo lo hago, chocando a propósito con su hombro y ganándome un buen empujón que me saca de postura de manera brusca. Casi caigo al suelo de no ser por la rubia que me atrapa con cara de palo.
—¿Qué haré con ustedes dos? —Nos observa a ambos y niega con la cabeza irritada por nuestras peleas diarias— Camille, ¿Arreglaste tu bolso? —Mi silencio es una respuesta clara, así que me señala la puerta de mi habitación ordenándome que solucione el asunto.
Obedezco, escucho a Carlos reír.
Siempre he dicho que el rubio es su hijo favorito.
Entro al cuarto arrastrando los pies, debo poner un orden aquí porque casi no hay espacio para caminar. Pateo un par de zapatos y miro detrás de la puerta. El bolso debería estar allí, pero no hay nada.
Las clases iniciaron la semana pasada y ciertamente debí haberme incorporado antes, sin embargo, conozco el método del St. Jude, los profesores no abren la materia sino siete días después del inicio cuando todos los estudiantes ya se han incorporado en su totalidad. Quizá hoy sólo nos den un nuevo cronograma evaluativo, como siempre.
Según el horario hoy me corresponde ver a primera hora Álgebra de undécimo —Que es mi grado base—, y la profesora Kassandra es una irresponsable malintencionada, apuesto que no irá. Es del tipo de facilitador que falta a sus clases pero al final del corte te saca la mierda con tareas de dificultad bestial que no explica bien. No tengo más materias por hoy, la explotación estudiantil iniciará mañana martes cuando empiece a ver doble física y doble biología, sin meter que tendré que dar vueltas por toda la cancha como una cerda por faltar la primera semana, es el típico castigo de Arnaldo, el profesor de educación física. Él sí da sus clases desde el día uno, pero yo no perdí mi tiempo yendo al instituto sólo a correr, es una materia que no afecta mi opción a graduarme antes de tiempo así que me tiene sin cuidado. Cojo un cuaderno medio distraída.
Busco el morral por toda la habitación, hasta debajo de la cama y sigo sin conseguirlo.
¿Dónde está el jodido bolso?
—¡CARLOS! —Es la única explicación que consigo ante la desaparición, la garganta me arde con el segundo grito que pego. Siento que la ira explota en mi pecho y cuando estoy a segundos de salir en busca del rubio para matarlo con mis propias manos, Marsella entra y me entrega uno de sus viejos bolsos rosados.
Mi cara es un poema, y no de amor.
Suelo ser muy expresiva, generalmente me meto en problemas porque cuando logro callarme del todo los subtítulos me aparecen en la cara.
¿Qué se supone que haré con ese pedazo de mierda decolorada?
—Le di tu bolso a Carlos porque el suyo lo perdió el fin de semana —Estoy a punto de comenzar a gritar pero ella me interrumpe con un tono de voz subido de volumen—. ¡Camille, es tu hermano! ¿Podrías ser considerada? Este bolso es de mujer, no se lo podía dar a él, es lo más lógico ¿no?
Lo más lógico es que le den por el...
—Es mi bolso. Mío.
La rubia bufa frustrada y termino tomando lo que me ofrece, después de todo debo llevar algo al instituto ¿no?
Cuando la mujer sale cojo irritada mis pertenencias y las guardo. Escucho a Carlos apurarme desde abajo y me entran más ganas de ahorcarlo. Es un imbécil, si no se hubiese ido a fiestear con su amiguito no habría perdido su morral y después tener que tomar el mío cual abusador.
Finalmente bajo y tomo el sándwich que a última hora decido llevar en una bolsa plástica, he perdido el apetito ¿Quién la tendría con este par arruinando todo?
Más tarde ya estamos de camino al primer día de clases. Parece que todos los semáforos se han puesto de acuerdo para estar en rojo, razón por la que Carlos fuma sin parar, murmurando groserías al manejar.
Sí, mi idiota hermano tiene un estúpido vicio, y un auto ¡Un puto auto! Desde los quince años ¡O sea! y yo no tengo ni una bicicleta.
Totalmente injusto, ya lo sé.
—¿Por qué no esperas a fumar hasta que lleguemos? —Toso—. Déjame recordarte, animal rastrero, que sufro de asma.
—Sí, rata de alcantarilla, y tienes dos años sin tener una crisis. Ahora cállate y baja del auto.
Me quito el cinturón de seguridad cuando se estaciona y bajo de allí. Desde que tengo memoria y Carlos un carro, por supuesto, hemos llegado al acuerdo de que me traerá hasta una cuadra antes del St. Jude, ya que tiene una reputación de chico malo y cabeza hueca que mantener, nadie le tendría respeto si lleva a su hermanita hasta la puerta del colegio. Por ello, me deja cincuenta metros antes de llegar.
Y al menos me da el aventón ¿no? eso es algo que le agradezco a la vieja bruja que le compró el vehículo, ella fue quien le dio la idea porque el muy imbécil había propuesto no traerme más y que me colocaran un transporte, o que viniera en autobús.
—Las reglas —Suelta bajando la ventana. Espera a que se las repita como cada día, verificando que no vaya a olvidarlas.
—No te hablo, no te busco, no te miro, no somos hermanos dentro del St. Jude.
Asiente antes de subir el cristal, y arranca.
Reglas de mierda que impuso desde que empezó a juntarse con Jackson, y cada que las rompía me humillaba delante de todos. Preferí aceptarlas el año pasado porque ya no me apetecía ser denigrada y humillada por mi propio hermano delante de todo el instituto. Suficiente tenía ya con el constante ataque verbal de mis compañeros.
Camino por la acera con las manos en los bolsillos de mi suéter. En cualquier momento empezará a llover, hace más frío de lo normal y el cielo está encapotado. El señor Jorge que es el portero del instituto me saluda con un asentimiento de cabeza cuando llego, le respondo con una sonrisa por cortesía, recuerdo haberlo visto más gordo la última vez.
Ya veo que las vacaciones le sentaron bien a alguien.
Busco mi celular dentro del pantalón para usarlo como escudo y parecer ocupada mientras que entro a las instalaciones, también para no tener que mirar a nadie, pero maldigo por lo bajo cuando recuerdo que lo he dejado en casa cargando.
¡Bendito sea el perro callejero!
¿Pero qué puede esperar alguien que nació bañada en sal?
Malhumorada subo las escaleras, veo rostros desconocidos, tal parece que hay chicos nuevos en este periodo. La entrada está abarrotada de gente y me molesta chocar con ellos, son unos brutos sin cerebros que en lugar de hablar atravesados cual plastas de mierda deberían hacerse a un lado y dejar pasar a los que sí quieren estudiar.
—¡Cam!
Me giro buscando de donde vino el grito y sonrío al ver a la pelirroja alzando su mano con emoción, es Georgia, trae una falda corta negra ceñida y una blusa de tirantes del mismo color. Es una buena amiga, de hecho la única que he logrado conseguir en todos estos años como estudiante de secundaria y preparatoria, y que no se ha asustado por creer que sea lesbiana y quiera enamorarla.
Sí, así de patética es mi vida.
Ella también optó por el adelanto de año ya que quiere estudiar medicina, aunque es demasiado coco seco para ello. Ambas tuvimos suerte, no somos las mejores estudiantes del mundo.
Y ahora vamos juntas en el mismo salón.
—¿Qué tal? —Me abraza con demasiado entusiasmo para mi gusto— ¿Te peinaste hoy?
—Hice el intento.
Se echa a reír cuando ve mi pegoste de gel. Nos abrimos paso por el pasillo caminando una al lado de la otra.
—¡¿Adivina quién tiene novio?!
—¿Quién? —finjo alegría en la voz de manera desganada ganándome un empujón de ella.
—Si no te importa dilo y ya.
No me importa.
El caso es que Georgia es... digamos que una perra amable, para no decir ninfómana asquerosa.
Cada mes cambia de novio, así que para fin de año tiene una lista de doce p***s utilizados en sus haberes, lo que da un total de treinta y seis tipos que han protagonizado su vida s****l de manera legal hasta ahora, sin contar a los denominados "Noche loca", que son los hombres a los que no recuerda al día siguiente de alguna fiesta. Mi amiga ha sido una perra desde los catorce años, edad en la que perdió la virginidad, por lo tanto, el anuncio de los susodichos ya me aburre, simplemente no me emociona saber quién irá a follarla.
—¿Quién será el número cien? —me burlo, ganándome otro empujón.
Pero no se puede enojar, si es perra es perra. No hay remedio.
—Es el chico misterioso —Su voz sale graciosa haciendo énfasis en misterioso.
Ay no, otra vez con eso.
—¿De nuevo la obsesión con él?
—Me lo voy a coger, Camille, eso escríbelo. Lo haré mío.
—Tú sabes que es un vago que no estudia y que anda en cosas raras con mi idiota hermano ¿Por qué te empeñas con él?
—Porque es un papacito con P mayúscula.
—No, es un vago con V de vete a la v***a.
—¡Cam! Ni siquiera lo conoces —chilla a mi lado, está a punto de armar un berrinche. Me detengo a mitad del pasillo para mirarla con mi mejor cara de culo.
¿Es idiota o qué?
—Justo porque lo conozco te digo lo que es —Alza las cejas mientras me escucha cruzada de brazos. Ella es bastante caprichosa—. Es amigo de Carlos desde niños.
—Es como tu hermano entonces, y los hermanos...
—No es mi hermano, es mala junta para Carlos. Y tú lo sabes.
—Bueno, pero quiero follármelo y punto —Coge mi brazo emocionada con la idea, arrastrándome por el pasillo— Además es un papacito, y le daré duro como rata en balde. Anótalo.
¿Qué?
—Que sea guapo no lo hace un papacito si es un demente. Hasta una vez escuché hablar a Carlos de que apuestan por él en peleas ¿Te vas a enrollar con un delincuente?
La pelirroja rueda los ojos, me da un caderazo que me hace tambalear. Así es ella, cuando se encapricha con algo no lo deja hasta lograrlo, y supongo que Jackson está en su lista de número uno. Y aunque me incomode no puedo evitarlo.
Cuando llegamos al salón cambia la actitud, hasta detiene un poco el paso. El profesor Collins charla con los alumnos adentro.
—Debiste incorporarte el primer día de clases, Cam, no hoy —El cabello rojo de mi amiga le cae en bonitas ondas por delante de sus hombros. Se encoge de hombros medio avergonzada.
—Pero se supone que en la primera semana de clases no se hace nada.
—Creo que te equivocaste esta vez.
Literalmente me congelo, ni me muevo, tampoco respiro. Veo a mi amiga entrar con su aire de chica popular aunque no es más que una zorra amable y nula. La verdadera popular está sentada al final del salón.
Alexis Morris.
Alexis laperrarubiamarranaasquerosatragasemen.
Alias: Perrexis.
Ella es perfecta, físicamente hablando, claro. De resto es un montón de mierda andante que se cree con el derecho de humillar, insultar y maltratar sólo por tener dinero. Sin meter que es una zorra que se ha tirado a medio instituto, incluyendo profesores. Ella y su grupito se creen la cereza del pastel, todos la tratan como si fuera alguna reina, otros hasta le rinden pleitesía y le pasan la lengua a sus tacones Gucci.
Pero te informo algo, puddle. Yo no le lamo las patas a perras falderas.
Ella va en último año pero ve esta materia de undécimo porque la lleva de arrastre. Así que he tenido que soportarla desde el año pasado.
Me cuesta un poco salir de mi trance, pero lo logro y me adentro en el salón con dieciséis pares de ojos encima. De seguro Collins va a tomarla de nuevo contra mí, todos los años son iguales, y la navidad no hace milagros. Él no me tiene mucho cariño que se diga.
—Colleman —espeta el viejo imbécil. Me detengo y lo miro, rogando que no me confirme su declaración de guerra nuevamente—. Las clases empezaron hace una semana, la quiero a la hora del receso en mi oficina.
Y bingo, definitivamente vamos en sentido contrario.
Asiento.
Diviso un pupitre vacío delante de Alexis, camino hasta tomar asiento y al hacerlo escucho la risita de la perra rubia detrás de mí. No sé cómo Carlos y Jack se fijaron en esta idiota.
Veo a Georgia, le muestro mi tercer dedo enojada. Se supone que siendo mi amiga debía llamarme o avisarme que las clases habían empezado con normalidad ¿no? Es lo que las amigas reales hacen: sacar del barro a la otra. Lo peor es que no hubo un solo día en el que no nos mensajeáramos, pero nunca dijo nada sobre esto ¿Acaso han mandado algún trabajo? ¿Me he perdido de algo?
Saco el único cuaderno que traigo en el bolso, escribo la fecha en la primera página. Miles de ideas pasan por mi cabeza para justificarme ante Collins cuando salga de aquí, puedo decir que tenía dengue o conjuntivitis, no sé.
Escucho que la puerta se abre y al elevar la vista veo a Collins salir y a Kassandra entrar moviendo sus gigantes caderas, deja la cartera sobre el escritorio y nos mira a todos. Georgia intenta llamar mi atención con un "Tzz", pero la ignoro. La morena culona frente a nosotros toma un marcador y escribe en la pizarra: "Programación lineal".
¿Qué carajos?
Esperaba más bien algo como "Cronograma evaluativo", no un titulado que rece: "Examen" debajo del tema a evaluar. Casi me ahogo con mi saliva cuando intento hablar, la mujer abre la boca antes de que yo pueda alzar la mano.
—Espero no reprobarlos. Fui muy clara las clases pasadas.
¿Qué rayos está pasando aquí?
Dios, llévame contigo de una vez.
Empiezo a hiperventilar y me muevo nerviosa sin saber muy bien qué hacer. No quiero reprobar, no puedo permitírmelo si aspiro a graduarme este año, escucho la risa de Alexis detrás de mí junto a un murmullo:
—La lesbiana no estudió.
Maldita-sea.
Respiro profundo tratando de no entrar en pánico, se supone que este año sería perfecto, pero ya empezó para mí de lo peor. Trato de levantar la mano, el miedo me consume y termino con la mirada gacha ¿Qué puedo hacer? ¿Qué van a decir de mí? Nunca he sido reprobada y aunque tampoco soy el cerebrito de mi clase eso de ser la vaga del salón definitivamente es de mi hermano, no mío.
Siento los nervios arder en mi estómago y quisiera levantarme del asiento para golpear a Georgia que no me dijo nada. Sin embargo, los constantes insultos de la rubia detrás de mí me desconcentran y acaban con mi paciencia.
—¿Qué sucede lesbiana? ¿No viniste la semana pasada por andar con tu novia?
Mis manos tiemblan y escucho a la profesora regañarme:
—Guarde el cuaderno, Colleman ¿Quiere copiarse acaso?
Niego con la cabeza, nerviosa, esperando que recuerde mi ausencia, pero la mujer no lo hace y bajo su intensa mirada me veo obligada a guardar la libreta con apuntes del año pasado.
Por favor que recuerde —suplico para mis adentros.
Ni siquiera puedo hablar, los nervios me tienen congelada otra vez.
—¿Qué pasa, lesbiana, no puedes hablar? —La voz de Alexis comienza a sacarme de quicios. Me encorvo hacia adelante y masajeo cada músculo de mi rostro, intentando calmarme.
Estoy frita.
Me pongo de pie, la profesora Kassandra me mira con el ceño ligeramente fruncido y hablo:
—Profesora, yo no he venido a clases hasta hoy. Me temo que no tenía idea de esto, acabo de enterarme de que hay examen.
Listo. Fue sencillo.
—Lo sé —Su respuesta me abofetea. Sonríe con prepotencia y toma asiento en el escritorio sin dejar de verme—. Y no me interesa, es su problema no el mío. Siga así y verá como vuelve a este mismo salón el año que viene ¿Se quiere parecer a su hermano?
Todos se ríen, siento las mejillas arder de vergüenza.
Intento hablar pero Alexis interrumpe:
—No, profesora —Y me provoca arrancarle el cabello por metiche—. Ella se diferencia de su hermano, y es que a él le gusta al menos el sexo contrario al suyo.
Las manos me pican, y cuando todos siguen riéndose incluyendo a la estúpida profesora me volteo hacia Alexis que está sentada en el pupitre luciendo de seguro el maquillaje más caro que tiene, lista para voltearle la cabeza. Las carcajadas se hacen más fuertes, se están burlando de mí y termino por explotar.
Le tumbo la hoja del examen al suelo, enojada, y la reto con la mirada levantándome del pupitre, invitándola a que se ponga de pie también para darnos en la madre.
—¡Hey, Camille y Alexis! —Nos llama la profesora al ver que la rubia se levanta también, dispuesta.
Pero ya no hay cordón que halar porque estoy fúrica y llevada por la ira, le estrello el puño en la cara a la Miss perfecta perra, escucho gritos y risas entremezclarse junto a la voz de la profesora pidiendo ayuda de los vigilantes del pasillo. Me le lanzo encima a la rubia y golpeo su rostro con fuerza, sintiendo dolor en mis nudillos.
—¡Zorra! —Me raspo la garganta al gritar presa de la rabia, no sé quién me aleja de la hija de puta que lloriquea en el suelo, pero logran sacarme de encima de ella. Se lo tiene bien ganado, ha salido barata más bien. Lleva todo lo que va de año escolar jodiéndome la paciencia con sus humillaciones y burlas.
Antes ni volteaba a verme, a pesar de que ha pertenecido al grupo de amigos de mi hermano desde hace años, y aunque siempre me ha caído mal era más soportable porque actuaba como si yo no existiera. Pero ahora me jode cada vez que puede, y ya no lo soporto.
La veo cubrirse la nariz, sus ojos azules se clavan en los míos y le sonrío mostrándole mi tercer dedo.
Ahora que vuelva a llamarme lesbiana y veamos si queda con dientes.