No pudo evitar que sus ojos se posasen, con masculino interés, en una alta y deslumbrante mujer de grandes gafas oscuras y larga melena rubia, que vestía falda corta y camiseta ajustada, revelando con el escueto atuendo que era poseedora de un voluptuoso y magníficamente torneado cuerpo. La mujer precedía a un carrito cargado de maletas, empujado por un hombre vestido con traje y gafas oscuras y un mal disimulado abultamiento en su costado izquierdo, lo que sugería claramente su ocupación. Miró a Dumott y observó que éste hacía un gesto para llamar la atención de la mujer. Ella le respondió con otro de asentimiento y se dirigió hacia ellos. En un principio, Sebastian pensó que se trataba de la esposa del industrial, que había decidido reunirse con él en Estados Unidos y luego viajar todos juntos hasta Caracas. Pero pronto vio aclaradas sus dudas cuando, con una amplia sonrisa de orgullo, el industrial le presentó a su hija Karla.
—Encantada de conocerle al fin, señor Foreman. Mi padre no ha dejado de enumerarme durante estos pocos días sus grandes cualidades. Puedo comprobar que no exageraba en cuanto a algunas de ellas, aunque espero que no se equivoque en todo lo demás
—confesó ella con un cierto tono mordaz en la voz, al tiempo que lo sometía a un intenso escrutinio. Sebastian se sintió inexplicablemente nervioso ante la mirada evaluadora de aquellos bellos ojos azul intenso —que se mostraban por primera vez en todo su esplendor tras liberarse de las gafas que los ocultaban—, aunque irritado por el sarcasmo que expresaban sus palabras. Conocía y comprendía esa actitud en personas que se veían obligadas a aceptar una protección que no deseaban, mostrando la típica reacción de rechazo ante los que consideraban responsables de su incomodidad, y estaba preparado para sobrellevarla con estoicismo. Estrechó la mano que le tendía y la sintió suave y fuerte en la suya, transmitiéndole una agradable y conmovedora sensación que lo dejó momentáneamente turbado. Reaccionó con prontitud ante el innegable hechizo de la mujer y respondió de forma cortés y distante a su saludo.
—Es un placer, señorita Dumott. Si no les importa, debemos marcharnos de aquí lo antes posible
—indicó con gesto serio. Dio unas breves indicaciones a los dos escoltas y, lanzando una rápida mirada a su alrededor, se puso rápidamente en marcha precediendo al grupo. Había advertido que uno de los paparazzi les observaba insistentemente e intuyó que no tardaría en comenzar a hacerles fotografías, propagando la noticia entre sus compañeros. En pocos minutos llegaron a la puerta y localizó a los dos vehículos que los esperaban. Ordenó a Parker que se ocupase del equipaje y los siguiese en el segundo con uno de los escoltas y al industrial y su hija que ocupasen el primero de ellos, que sería conducido por el otro escolta. Inmediatamente se pusieron en marcha, aunque no lo suficiente como para evitar que uno de los fotógrafos lanzara sus flashes una y otra vez hacia ellos. Indicó al conductor que acelerase mientras él indicaba a Parker que dificultase la tarea del fotógrafo para que ellos pudiesen alejarse del lugar sin llamar la atención.
—¿Hay algún problema?
—demandó alarmado el industrial.
—Sólo un periodista indiscreto que les ha reconocido
—explicó sucintamente James, sin dejar de mirar el espejo retrovisor externo para vigilar los coches que circulaban tras ellos. Una vez que salieron a la autopista y dio las indicaciones al conductor, guardó el arma que tenía en su mano desde que subió al coche y volvió a comunicarse con Parker. Éste le informó que había impedido al periodista continuar sacando fotografías, pero que no pudo quitarle el carrete con las ya
realizadas. Aparte de eso, no detectaba nada sospechoso y ahora les seguía a una prudencial distancia. Sebastian torció el gesto. En pocos días aparecerían en revistas o periódicos sensacionalistas las fotos de la llegada al aeropuerto del industrial acompañado de una bella mujer y rodeado de guardaespaldas, y eso no le resultaba conveniente en modo alguno. Miró por el espejo retrovisor hacia el asiento trasero y dio un ligero respingo al encontrarse con los inquietantes ojos femeninos clavados en él. Inexplicablemente, sintió una extraña sensación en su interior y un inusual nerviosismo lo invadió. Supo con toda certeza que se había ruborizado y se recriminó mentalmente por ello. Hacía muchos años que no tenía una reacción así. Desde la adolescencia, tal vez, cuando enrojecía ante la mirada de cualquier muchacha. Y lo más sorprendente era quién le provocaba esa reacción: una niña mimada que acababa de salir de la adolescencia, si bien su desarrollado cuerpo y su desenvoltura la hiciesen aparentar muchos más años de los casi veintidós que tenía. Avergonzado profundamente por esa reacción tan infantil, apartó inmediatamente la mirada para fijarla en el industrial. Este parecía dormitar apoyado en el reposacabezas, con los ojos protegidos detrás de las oscuras gafas.
—¿Le pongo nervioso, señor Foreman, o se trata de un problema mayor del que dio entender a mi padre?
—preguntó Karla súbitamente. En su voz no se advertía temor o preocupación por la delicada situación en la que se encontraban, como se esperaría de cualquier persona amenazada. Karla, al contrario, parecía estar divirtiéndose con ello. Su padre debía de haberle expuesto la situación de forma excesivamente suave, pensó Sebastian. Ante la pregunta, se vio obligado a mirarla otra vez. Karla continuaba observándolo de forma intensa y una juguetona sonrisa curvando sus jugosos labios. Sin duda, era consciente de su belleza y del efecto que ésta provocaba en los hombres. Debía estar acostumbrada a que todos a su alrededor cayesen seducidos por sus poderosos encantos, que ella acentuaba con su sensual y coqueta personalidad.
—Ni una cosa ni otra, señorita Dumott
—respondió él, haciendo un esfuerzo por controlar la irritación que sentía consigo mismo. Mal iba a desempeñar su trabajo si, tan sólo unos minutos después de conocerla, esa mujer conseguía alterar su habitual imperturbabilidad—. No he observado nada que haga suponer un peligro inminente o futuro. Pero en este trabajo no se puede bajar la guardia ni dedicarse a la contemplación de hermosas vistas
—concluyó con ironía.
—De acuerdo. Entonces dejaré que continúe con su trabajo sin inmiscuirme en él ni distraer su concentración
—y giró la cabeza hacia la ventanilla, sumiéndose en la contemplación del paisaje. A su lado, su padre esbozó una ligera sonrisa y continuó con los ojos cerrados, simulando dormir. Se alegraba de haber contratado sus servicios. Ese hombre sabría manejar a su díscola y testaruda hija sin demasiados problemas y conseguiría mantenerse firme ante sus caprichos y pillerías. Desde el primer momento advirtió que Sebastian Foreman era la persona que necesitaba. No sólo se quedó impresionado por su magnífica hoja de servicios en el pasado, también su firme carácter, su aguda inteligencia y su capacidad para el trabajo, algo que pudo apreciar en la entrevista celebrada y, posteriormente, en las sucesivas llamadas telefónicas. En ese poco espacio de tiempo había instalado en la casa un moderno sistema de seguridad, le proveyó de escolta e investigó a las personas de la lista facilitada. Por primera vez en varios días, respiraba tranquilo sabiendo que su hija estaba bajo la protección de una persona eficiente y sensata. Sólo esperaba que Karla supiese apreciar suficientemente la gravedad de la situación y no acarrease demasiadas dificultades a Foreman. Sabía lo exasperante que su hija podía llegar a ser y temía que el hombre acabara renunciando a ocuparse de su seguridad. Cuando se reunió con ella, con el pretexto de haber acudido a Estados Unidos para una reunión de negocios y aprovechado para hacer el viaje de regreso juntos, y le expuso la versión que habían decidido contarle del problema surgido, Karla se mostró poco dispuesta a colaborar. Argumentaba que eran simples neuras de un padre con sentimientos de culpabilidad, dejándole bien claro que no estaba dispuesta a pasarse los próximos meses con un armario de tres cuerpos pegado a sus talones que se dedicase a coartar su libertad e inmiscuyéndose en su intimidad.