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El guardaespaldas

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mafia
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Descripción

La policía de Caracas recibe la información de que una banda de delincuentes intenta secuestrar a Karla Dumott, hija de un rico industrial, cuando ésta regrese de los Estados Unidos, donde cursa sus estudios, para pasar las vacaciones junto a su familia. Alertado el industrial, decide someter a su hija a una estrecha vigilancia hasta que no exista peligro alguno para ella. Para ello, contrata los servicios de un renombrado profesional, Sebastian Fox, ex militar perteneciente a las fuerzas especiales y dueño de una empresa de seguridad, al que le pide que se encargue personalmente de custodiar a Karla, joven rebelde y alocada, a la que no ha revelado la verdadera gravedad de la amenaza en su contra. Desde el primer momento, James sospecha que el trabajo le va a resultar mucho más difícil de lo que se imaginaba y no sólo por la franca hostilidad de la joven. Karla resulta ser una espléndida belleza por la que se siente fuertemente atraído, haciendo peligrar su férreo autocontrol y su demostrada profesionalidad. Karla, que se ha visto obligada a aceptar las medidas adoptadas por su padre, se empeña en obstaculizar el trabajo del despótico jefe de seguridad, que parece dispuesto a convertirla en prisionera en su propia casa. Las discusiones son continuos entre ellos, principalmente porque se niega a reconocer que su atractivo carcelero consigue acelerarle los latidos del corazón.

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capítulo 1
Caracas, Capital de Venezuela. El hombre de la gorra roja se introdujo en el estrecho callejón con un rápido giro, a fin de despistar a cualquiera que estuviese observándole. Avanzó unos metros por el sucio y oscuro pasadizo, hasta que divisó una pequeña luz en movimiento. Se aproximó a ella, sin dejar de agarrar con su mano derecha el revólver que portaba en el bolsillo de la desgastada sudadera. —¿Tienes algo para mí? —preguntó al hombre escondido tras un contenedor de basura y del que divisaba apenas sus sucios rasgos. —Sólo rumores —respondió el aludido y tiró al suelo la colilla aún encendida. —Adelante. —La banda de Los Colombianos. He oído que piensan dar un golpe sonado. —¿De qué se trata? —No lo sé. Están muy quisquillosos últimamente. Apenas se dejan ver, por eso pienso que debe ser algo gordo. —¿Algún alijo importante? ¿Trata de blancas? ¿Ajuste de cuentas?... El hombre de la gorra sacó una cajetilla de cigarrillos y ofreció uno a su interlocutor. Este lo aceptó con ansia. —Me huelo que es algo diferente, que se aparta de sus negocios habituales. —Vaya. Parece que nuestros amigos quieren probar fortuna en otros campos. ¿Sabes cuándo piensan actuar? —No, pero debe de ser pronto porque han reducido al mínimo sus otras actividades. —Bien, ponte a trabajar en ello inmediatamente. Nos vemos la semana próxima. Si te enteras de algo antes, ya sabes lo que debes hacer. —Descuide, jefe. El hombre de la gorra roja observó a su interlocutor mientras se marchaba por el otro extremo del callejón, empujando un destartalado carrito en el que se acumulaban sus numerosas y variopintas pertenencias. Su aspecto andrajoso daba a entender claramente que se trataba de un mendigo, un sin techo de los muchos que deambulaban por los barrios menos distinguidos de la ciudad. Tiró el cigarrillo casi acabado y se marchó. Su confidente le había proporcionado un buen asunto en el que pensar. —¿Diga? —Acepta una llamada a cobro revertido de... —se apagó la voz de la operadora y se escuchó la de un hombre que se identificó. Al fondo se oía el bullicio de una concurrida calle. —Sí, la acepto —y se dispuso a escuchar con anhelo lo que su confidente en la zona sur de la ciudad deseaba in —formar. Imaginó que debía ser algo importante para que decidiera no esperar a su cita semanal. —Jefe, ya me he enterado de lo que traman Los Colombianos. —Bien, larga. —Piensan sacar una buena tajada secuestrando a la hija de un ricachón, un tal Dumott. Creo que se dedica a los barcos, aunque tiene otros muchos negocios. Dicen que está forrado. —Sé quién es —contestó la voz al otro lado del teléfono, bastante más nervioso que antes de comenzar la conversación—. ¿Para cuándo será el golpe? —Eso ni ellos lo saben. Tienen que esperar a que la chica venga de Europa donde está estudiando. —Averigua todo lo que puedas. Alguien más debe de estar tras esto, alguien de importancia. No me creo que se les haya ocurrido a ellos solos. No es propio de unos burdos mañosos dar un golpe tan alejado de sus métodos habituales. —Eso pienso yo también, jefe, pero ya le dije que no quieren soltar prenda. Lo que le he contado lo escuché de pura casualidad a una de sus mujeres. Parece que el tal Dumott sale mucho en las revistas últimamente. —De acuerdo, sigue pendiente e infórmame de todo. Nos vemos según el plan acordado —colgó y se quedó pensativo. Descolgó otro teléfono y llamó. —Parker, tráigame todo lo que tengamos sobre Miguel Dumott. —¿El industrial? —preguntó la voz del aludido. —El mismo, y rápido —colgó y repasó mentalmente lo que sabía del hombre. Se trataba de uno de los más influyentes hombres de negocios del estado. Sus actividades se centraban en el sector naviero, aunque se extendían también a otros ámbitos de la economía. Era, según se rumoreaba, uno de los mayores patrocinadores del partido gobernante y amigo personal del propio gobernador del estado. El mismo estuvo tentado de meterse en política, pero su azarosa vida sentimental supuso un obstáculo para ello. Desde hacía unos tres años aparecía habitualmente en las revistas de cotilleo, debido al notorio escándalo que supuso su divorcio y posterior boda con una guapa modelo y aspirante a actriz casi treinta años menor que él. Sí, pensó con ironía, el capricho debió costarle una bonita cantidad y bastante de su reputación. Se airearon muchos trapos sucios, que sus influencias no pudieron acallar, y eso le costó su carrera política. Aunque ahora el caso estaba casi olvidado y últimamente sólo aparecía en algunos eventos sociales, no era de extrañar que tanto revuelo hubiese suscitado el interés por su persona o por alguien de su entorno. —Señor, me permite unos minutos. Poseo información que puede ser importante. —De acuerdo, Fabio, pero sea breve. Tengo cita con el comisario para dentro de una hora — indicó el teniente de policía ante la perentoria demanda de su subordinado—. ¿De qué se trata? El inspector se sentó en una silla frente al escritorio atestado de papeles. —Uno de mis confidentes ha oído decir que traman secuestrar a la hija de Dumott. El teniente levantó la cabeza y le prestó toda su atención. —¿Miguel Dumott, el magnate? Fabio asintió, sonriendo satisfecho al advertir el interés suscitado en su superior. —Bien, cuéntemelo todo con detalle. Seguro que al comisario le interesará el asunto —se retrepó en la silla y cruzó los brazos ante su abultado vientre, feliz de tener una gran noticia que contar en su inminente visita. El inspector le puso al tanto de la información proporcionada por su confidente, entregándole el informe sobre el industrial que poseía la policía. En efecto, Miguel Dumott se había casado en primeras nupcias con una adinerada señorita de la alta sociedad bostoniana, lo que facilitó a la entonces joven promesa de los negocios el empujón necesario para encumbrarse en el mundo de las finanzas. Con la ayuda financiera de su suegro fundó la empresa naviera que le hizo rico y, al morir éste, heredó sus prósperos negocios, aumentando así su abultada fortuna. Según los informes, fueron una pareja feliz y bien avenida hasta la muerte de su esposa, hacía unos once años. Fruto de ese matrimonio fue una hija, Karla, único descendiente hasta ahora del magnate, de veintiún años de edad. La chica siempre estuvo interna en colegios extranjeros y en la actualidad estudiaba en una universidad Estadounidense. Allí pasaba el año y sólo venía en vacaciones veraniegas, permaneciendo en la casa heredada de sus abuelos maternos en Cape Cod. Parecía que las relaciones entre padre e hija eran tensas, principalmente tras el divorcio de su segunda mujer y su posterior matrimonio con una joven modelo, apenas unos años mayor que la propia Karla. —Y usted piensa que la idea no es propia de esa banda de hampones y que, de ser cierto, puede tratarse de un encargo. Pero ¿de quién y con qué finalidad? ¿Un rival financiero o político, su ex esposa...? —Cualquiera de ellos o incluso la propia Karla para sacar un poco de dinero a papá y vengarse así de los agravios recibidos. También podría haberlo ideado una mente despejada con el único propósito de conseguir un buen montón de pasta y que utiliza como ejecutores a esos impresentables para que carguen con las culpas si algo sale mal. Sea quien sea el cerebro detrás de la trama, el caso es que la joven puede correr peligro y se debería alertar al padre. —¿Y por qué esperar a que llegue la hija y no secuestrar al propio Dumott que lo tienen más a mano? —preguntó el teniente, que consideraba más lógica la segunda opción. Aunque el industrial poseía varias casas en distintas ciudades del país y repartía su tiempo entre ellas, solía pasar largas temporadas en aquella ciudad, donde tenía la sede principal de su industria naviera. —Imagino que han pensado en ella para tener al padre bien cogido por las pelotas y acceda a sus peticiones en el menor tiempo posible. También pueden haber calculado que la operación con la hija resultaría más fácil al ser joven y, supuestamente, descuidada e imprudente. El teniente asintió con la cabeza. Con su hija en manos de los secuestradores, el padre estaría dispuesto a hacer lo que le pidiesen. Reflexionó. Aunque no era seguro que el delito se fuese a cometer, era evidente que los interesados debían estar al tanto de las sospechas que se barajaban mientras continuaban investigando sobre la veracidad de la amenaza. Hablaría con el comisario y que éste indicase las medidas a adoptar. No le hacía la menor gracia tener que destinar un puñado de hombres a la vigilancia de los implicados, pero si sus superiores así se lo indicaban, debería hacerlo. Tampoco estaría mal pillar con las manos en la masa a la escurridiza banda de Los Colombianos, que tantos problemas les estaba causando en los últimos meses, y mandarlos a la sombra por unos cuantos años. —Buen trabajo, Fabio. Continúe con las investigaciones e infórmeme inmediatamente de cualquier novedad que surja. Y, por favor, total discreción en este asunto, ¿entendido? —Descuide, señor.

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