Miguel Dumott paseó la mirada por el amplio y casi desierto comedor del exclusivo club donde le había citado su amigo para comer, consciente de las miradas posadas en él. Su figura despertaba el interés de la gente, incluso en aquel lugar al que solían acudir personas igualmente relevantes, ya que aún no se habían acallado los ecos del escándalo suscitado por su divorcio y posterior boda con Pamela. También, reconoció con una sonrisa, le gustaba creer que las miradas femeninas se posaban en él con un interés diferente. A sus casi cincuenta y cinco años aún conservaba gran parte del atractivo que causara estragos entre las mujeres. Alto y delgado, de abundante cabello parcialmente canoso y con un rostro bronceado de agra—ciados rasgos, en el que el paso del tiempo apenas había dejado su huella, seguía siendo un hombre seductor. Y la mejor prueba de ello era que había logrado enamorar a una de las mujeres más bellas del país y treinta años menor que él. Recibió la llamada de su amigo la tarde anterior, sorprendiéndole la urgencia de ésta y la negativa a revelar nada sobre el asunto que deseaba debatir con él. Sin duda, imaginó con una sonrisa de suficiencia, necesitaría una nueva aportación para los gastos de la futura campaña electoral o su participación en un nuevo proyecto empresarial. Le vio sentado en una aislada mesa al fondo del local, cercana a otra en la que se situaban dos miembros de su escolta personal. Se dirigió hacia él con una sonrisa y advirtió el gesto de asentimiento que dirigía a sus guardianes para que no obstaculizaran el acercamiento. Su amigo se levantó y le tendió la mano, al tiempo que asomaba a su rostro una de las pocas sonrisas que mostraba públicamente.
—Miguel, amigo. ¿Cómo te va?
—saludó, palmeándole el hombro.
—Bien, gracias. ¿Y a ti, Morris? ¿Mucho trabajo con la nueva campaña?
—sugirió, con el fin de ir directamente al grano. —Cierto, el ajetreo es agotador. Llevo un mes que no duermo más de dos noches en la misma cama. No sabes lo inteligente que eres al insistir en mantenerte apartado de este mundillo
—se quejó su interlocutor con pesar—. Pero no hablemos de política, por favor. Después de casi tres meses sin vernos no vamos a malgastar el tiempo de esa manera, ¿no crees? Miguel sonrió a su amigo y se dispusieron a pedir ante la presencia del solícito camarero. Una vez que éste se hubo marchado, continuaron con la interrumpida conversación. —Continúas con el aspecto inmejorable de siempre, bribón
—reconoció el político y añadió con una pícara sonrisa—. El tener una joven y guapa esposa debe ser el mejor tónico de juventud que exista y la manera más agradable de mantenerse en forma. Tal vez me interese probarlo.
—No creo que tu mujer te deje tiempo para pensarlo siquiera. Si mal no recuerdo, nunca te has quejado de falta de atención por su parte. —No, es cierto
—y sonrió con disimulado orgullo.
—¿Cómo se encuentra Michelle? ¿Se adapta mejor a sus múltiples obligaciones oficiales?
—Ya la conoces, es una mujer fuerte y capaz de aceptar con serenidad todos los retos. Ella y Olivia eran muy parecidas, ¿recuerdas? Sí. Recordaba que, bajo la apariencia de fragilidad de su difunta esposa, se escondía una voluntad de hierro. Esa firmeza con la que consiguió sobrellevar su larga enfermedad con valentía y
a aferrarse a la vida con inusitado tesón, aunque al final ésta le fuese arrebatada por la implacable guadaña. También recordaba lo amigas que habían sido las dos mujeres, la alegría ante el anhelado nacimiento de Karla, el apoyo recibido por Michelle durante la larga enfermedad de su mujer... Apenas se veían desde la muerte de Olivia. Michelle parecía guardarle rencor por no haber respetado el recuerdo de su amiga. Pero ella no podía comprender los deseos y necesidades que le impulsaron a intentar enterrar su imposible amor en los brazos de otras mujeres, de muchas mujeres. Cuando Karla era pequeña, la invitaban a pasar los veranos con su numerosa familia hasta que, tras unos años, su hija decidió no seguir disfrutando de sus vacaciones con ellos. Nunca supo los motivos de esa decisión. Ella no se lo dijo y él tampoco preguntó, tal vez porque conocía la respuesta y no le gustaba en absoluto. A partir de entonces, ocupaba los veranos en diferentes campamentos, pasando sólo algunos días con él y Diane, su ex mujer. Pero desde que se casó con Pamela, su hija prefirió encerrarse en Hyannis Port, donde él iba a visitarla siempre que tenía un rato libre. Aunque éstos no fueron muchos en los últimos años debido a sus numerosas ocupaciones. Con un supremo esfuerzo de voluntad desechó los lúgubres pensamientos que inundaban su mente. No era el momento ni el lugar para recrearse en los recuerdos y sumirse en la tristeza que éstos le ocasionaban. Dibujó en su rostro una mueca, que quiso hacer pasar por una sonrisa, y miró a su amigo. Volvió a preguntarse la causa de su inesperada y urgente llamada.
—Bien, dejemos de hablar de nuestras interesantes y satisfactorias vidas sexuales y vayamos al grano
—pidió con sarcasmo—. ¿Para qué me has llamado, Morris? Observó cómo el semblante de su amigo se tornaba repentinamente serio y se tensó, esperando algún tipo del contratiempo. Lo conocía bien y sabía que no era de su agrado transmitir noticias enojosas. —Verás, Miguel, esta mañana he recibido una llamada del jefe de policía de Caracas para comunicarme ciertas sospechas
—calló durante unos segundos para estudiar el rostro de su amigo. Este estaba serio, esperando con tenso interés algún tipo de anuncio desagradable—. Según me explicó, les ha llegado el rumor de que una famosa banda de maleantes trama secuestrar a tu hija. Miguel quedó momentáneamente bloqueado, temiendo no haber oído bien. Lo que menos esperaba era un anuncio de ese tipo y por ello le costó tanto procesarlo.
—¿Secuestrar a Karla?
—al pronunciar las palabras su mente asimiló la magnitud del problema y su inicial desasosiego se convirtió en manifiesto terror—. ¿Qué sucede, Morris? ¿Acaso ha ocurrido ya y no te atreves a decírmelo? Hace un par de semanas que no hablo con ella y...
—No temas, he hecho averiguaciones y está bien. Parece ser que el golpe piensan darlo cuando esté aquí. No quieren problemas con la justicia inglesa.
—Pero, si saben quiénes son los delincuentes, ¿por qué la policía no los apresa?
—preguntó estupefacto ante lo factible de la solución.
—No es tan sencillo, Miguel. En primer lugar sólo son rumores que corren por los bajos fondos, conversaciones oídas por confidentes o relatadas a éstos por terceros. Nada fiable al cien por cien. Por otro lado, y aunque lo supieran con certeza, no los podrían detener hasta que no tuvieran cargos en su contra. Y eso ocurriría sólo cuando cometiesen el delito. —En otras palabras, que no piensan hacer nada hasta que secuestren a mi hija
—contestó, extremadamente alterado y levantando la voz.
—No es así y lo sabes. Los tienen vigilados y alertarán de cualquier movimiento sospechoso que realicen. Es muy probable que decidan no hacer nada al advertir el acoso al que están sometidos o que, antes de intentar dar el golpe, los detengan por cualquier otra causa. Todos están fichados por la policía con numerosos antecedentes por tráfico de drogas, prostitución, robo, extorsión, etc. Es cuestión de poco tiempo que los cojan "in fraganti" y los encierren, frustrando con ello cualquier otro proyecto que tuviesen. Lo único que puede hacer la policía es no perderlos de vista y, por tu parte, extremar las precauciones durante la estancia de Karla entre nosotros
—miró conmovido a su amigo. La eufórica confianza que demostrara desde su llegada se había tornado en mortificada angustia—. Te he aconsejado muchas veces que contrates protección. Debido a tu posición económica y social, eres un blanco muy apetitoso para los delincuentes y se lo pones muy fácil al insistir en no tomar medidas para protegerte. A partir de ahora, espero que recapacites y decidas contratar escolta permanente para ti y para Pamela. En cuanto a Karla, debes rodearla de las mayores medidas de seguridad. Al no tratarse de un personaje público y no estar totalmente confirmado el intento de secuestro, la policía no puede proporcionarle protección. Deberás ser tú quien se encargue de ello, al menos, durante el tiempo que pase en este país o hasta que se resuelva el problema.
—Mejor aún, le ordenaré que se quede en su apartamento del campus universitario durante estas vacaciones y contrataré unos buenos guardaespaldas que la protejan allí. De esa forma les complicaremos las cosas si desean continuar con sus planes
—decidió tajante el industrial. No estaba dispuesto a que su única hija corriera el menor peligro. Se trasladaría a Estados Unidos para pasar unos días con ella si era necesario.
—No creo que sea lo más aconsejable, Miguel. Pienso que, si le revelas los rumores, Karla podría sentirse aterrorizada. Ya ha sufrido bastante, ¿no crees? Deja que disfrute de estos meses de relativa tranquilidad en su hogar, con gente que conoce y la aprecia. No debes prolongar su permanente exilio. Si le proporcionas una buena protección, no será necesario hacerle prescindir de lo demás. Howard acusó las veladas recriminaciones de su amigo. Él también se culpaba de no haberle proporcionado un hogar y, a pesar de desear tenerla a su lado, la había mantenido alejada desde que su madre murió. Su amigo no sabía que llevaba algún tiempo pensando en proponerle continuar sus estudios en una universidad estadounidense para tenerla más cerca. Incluso atesoraba la idea de casarla con algún joven y que se quedase a vivir cerca de él, proporcionándole en poco tiempo un precioso nieto. Ahora, al enterarse de que estaba amenazada, comprendía cuánto la amaba y su deseo de tenerla cerca se intensificaba. Pero, por otro lado, estaba la seguridad de su propia hija y ésa era una razón de suficiente peso como para que el sacrificio por ambas partes se prolongara unos meses más.