—Si no le cuento lo que está sucediendo, ¿cómo justifico la presencia de los escoltas? Ya la conoces y sabes que no es tonta precisamente.
—Puedes decirle que es una precaución que has decidido adoptar tras recibir algunos anónimos amenazadores, probablemente de algún bromista o un empleado resentido, que lo único que pretende es provocar temor. Aunque las amenazas son contra ti, has decidido ampliar la protección a toda tu familia, Karla y Pamela incluidas, no tiene que sospechar nada extraño y se limitará a soportar la presencia de los escoltas y reducir un poco su movilidad. Yo te puedo recomendar a una persona que se ocupará de todo. Si no tienes inconveniente, me pondré en contacto con él y le pediré que vaya a verte. Morris miró a su amigo con pesar, encogiéndosele el corazón ante el manifiesto temor y preocupación que expresaba su rostro. Parecía haber envejecido varios años en unos minutos. Por ello le recomendaría a la mejor persona que conocía para garantizar la seguridad de Karla. Un ex oficial del ejército, curtido en las fuerzas especiales y experto en la protección de personas. El hombre que le salvó la vida.
—De acuerdo, haré lo que me sugieres. Sabes que aprecio tus sabios consejos
—respondió Dumott con una forzada sonrisa, con la que pretendía disimular su angustia.
—No siempre los has seguido
—le recordó veladamente su amigo. Miguel asintió. Morris tenía razón, no siempre escuchó sus sabios consejos. Si lo hubiese hecho unos años atrás habría evitado el dolor que causó a su hija y que supuso un mayor distanciamiento entre ambos, algo que resultaba cada día más difícil de superar. La relación con Diane era ya insalvable cuando conoció a Pamela. El amor, por no decir simplemente deseo, que les unió en el pasado acabó tiempo atrás y por ello no se consideró culpable cuando se sintió deslumbrado por la belleza de la joven modelo. Pensó entonces que lo más honrado era confesárselo y tramitar un divorcio amistoso. Nunca imaginó que su ex mujer iba negarse y a organizar aquel tremendo escándalo cuando él insistió en romper definitivamente el matrimonio. Fue un error ceder a los ruegos de Pamela para legalizar la situación. Debieron permanecer en la clandestinidad, que tan cómoda le resultaba, y evitarse los problemas que surgieron por tan nefasta decisión. Diane lo habría permitido siempre que hubiese continuado siendo su legítima esposa, evitando de ese modo ver aireados los trapos sucios en todos los medios sensacionalistas del país. Pero estaba tan entusiasmado con aquella hermosa y seductora mujer que no pudo negarse a complacerla, principalmente cuando le reveló el deseo de tener un hijo que pudiese llevar sus apellidos honradamente. Él deseaba con todas sus fuerzas tener otro hijo y con su ex mujer fue imposible. Ahora Pamela parecía reacia a tenerlo y aplazaba continuamente el momento con cualquier excusa. Primero fueron sus aspiraciones de convertirse en actriz, para lo que gestionó su inclusión en una película que constituyó un tremendo fracaso y, después, su deseo de continuar por un año más con la carrera de modelo. Últimamente estaba ilusionada con la posibilidad de presentar un programa de televisión. Reconocía que Pamela era muy joven aún y deseaba aprovechar al máximo los años que le quedaban de arrebatadora belleza. Por ello soportaba con estoicismo el desencanto que experimentaba cada vez que ella decidía aplazar un poco más la concepción de su tan deseado hijo, incluso la falta de entusiasmo y el aparente distanciamiento que últimamente observaba en ella. Era tan hermosa y él la deseaba tanto que se veía incapaz de negarle nada, a pesar del dolor que le causaba el rechazo. Para Karla fue un duro golpe la muerte de su madre a tan temprana edad, y esa circunstancia la convirtió en una niña retraída y solitaria con la que se vio incapaz de conectar. Cuando se casó con su segunda esposa, pensó que podría proporcionarle una nueva madre que llenara el vacío dejado por la verdadera.
Pronto comprendió que sería imposible. A pesar de que en un principio pareció aceptar a Diane, con el tiempo Karla se limitó a tolerarla y él supo que nunca llegaría a admitirla en
su corazón. Pero, al menos, se soportaban durante las vacaciones, cosa que no sucedía con su actual mujer. Al casarse con Pamela, Karla decidió apartarse definitivamente y encerrarse en aquella casa que tantos recuerdos tristes y hermosos le evocaban a él. Su hija ya había sufrido demasiado, juzgó con determinación. Era hora de pensar un poco más en ella y olvidar su egoísmo y sus absurdas ilusiones de recuperar un sentimiento definitivamente perdido. Aquel que compartió con Olivia, su verdadero amor. Miró a su amigo con desconsuelo. Acaso él sabía de su sufrimiento, de la profunda herida que la muerte de su querida Olivia dejó en su corazón, de las locas ansias de encontrar, al menos, un pálido reflejo de su amada esposa en otras mujeres. Después de tantos años estaba convencido de que ella nunca regresaría para reconfortarle con su cariño y debía conformarse con el placer que le proporcionaba el deseo despertado por otras, algo que nunca sustituiría al verdadero y profundo amor que sintió por su primera mujer. Suspiró profundamente y tendió la mano a su amigo, despidiéndose de él. Después, con paso cansado, abandonó el local. Quien lo estuviese observando no reconocería en él al hombre atractivo y triunfador que poco antes entrara por la puerta que ahora traspasaba. Morris observó con pesar la marcha del industrial, su amigo. Cogió el teléfono móvil y buscó un número memorizado.
—Hola, Hugh. ¿Sabes quién soy?
—preguntó cuando una voz masculina respondió a la llamada.
—Desde luego. ¿Cómo te va, hombre importante?
—No mucho mejor que a ti, por lo que me han contado. Enhorabuena por tu nuevo nombramiento.
—Gracias. ¿Qué se te ofrece?
—Necesito que me hagas un favor. Es algo muy importante para mí.
—Dime.
—Quiero que pidas a tu sobrino Sebastian que se encargue personalmente, y recalco lo de personalmente, de la seguridad de una persona, concretamente de la hija de mi buen amigo Miguel Dumott.
—Sabes que tras el incidente, hace cuatro años, abandonó el ejército. Ahora posee una empresa de instalación de sistemas de seguridad, que no incluye servicio de guardespaldas. No obstante, él podrá recomendarle los mejores para esa tarea.
—Sólo confío en Sebastian, Hugh, en nadie más. Su hija puede estar amenazada por un gran peligro y precisa de la mejor protección. —Hablaré con él, aunque no te prometo nada. Está muy cambiado desde aquello.
—Gracias. Te estaré sumamente agradecid
—dijo, consciente de que su interlocutor haría todo lo posible por convencer a su sobrino de aceptar el encargo—. Te voy a dar el número personal de mi amigo para que Sebastian le llame y concierte la entrevista. Debe decirle que va de mi parte. Esta misma tarde te mandaré el informe que tengo sobre el caso para que lo pongas en antecedentes. También daré órdenes para que la policía le facilite toda la ayuda que precise.
—De acuerdo. ¿Cuál es el número? Morris se lo dictó y colgó tras un saludo. Respiró algo más tranquilo sabiendo que la persona más preparada que conocía iba a encargarse de proteger a Karla.
Sebastian colgó el teléfono y se quedó pensativo durante largos minutos. Acababa de hablar con su tío Hugh y éste le había pedido un favor personal, al que no se podía negar a pesar del supremo esfuerzo que le costaría llevarlo a cabo. ¿Cómo iba a rehusar la petición de la única familia que le quedaba, de la persona que le ayudó y apoyó desde que quedara huérfano en su más tierna infancia, de su mentor en los difíciles años de su rebelde juventud, en los que se encontró perdido, de su preceptor en su destacada carrera en el ejército, de quien estuvo a su lado en las horas de angustia y dolor, quien le alentó a superar su trauma y continuar viviendo? No podía negarse aún habiéndose prometido firmemente no volver a hacerse responsable de la vida de otra persona, de haberse jurado no volver a empuñar un arma. Y ahora tenía que romper esa promesa porque la persona a quien más quería en el mundo, y a quien todo debía, le pedía que lo hiciese. Proteger a la hija del industrial Miguel Dumott durante sus vacaciones veraniegas en este país. No la instalación de un sofisticado sistema de seguridad o un informe sobre la efectividad del que tuviese instalado. Se trataba de vigilancia personal las veinticuatro horas. Algo a lo que pensaba no tener que volver a dedicarse y menos por la hipotética amenaza de un secuestro. Para poner más difícil la situación, la implicada no estaba al tanto de la gravedad de la situación, lo que tornaba más difícil su tarea y, además, le obligaba a falsear la verdad. Y eso chocaba con su ética profesional. ¿Realmente pensaba su tío que podrían resultar unas agradables vacaciones, que por cierto estaba necesitando desde hacía varios años y que por fin se había decidido a disfrutar este verano? Sebastian miró el teléfono que acababa de colgar con manifiesto fastidio. ¿Podría desligarse alguna vez de su pasado? El gesto se convirtió en una expresiva mueca de dolor cuando los dramáticos recuerdos volvieron a su mente. ¿Por qué no le dejaban intentar olvidar y rehacer su vida? Aún tenía la esperanza de convencer a Dumott de que él no era la persona adecuada para custodiar a su hija. En tal caso, le recomendaría a unos buenos profesionales que se encargasen de realizar la tarea y él podría marcharse a disfrutar de sus tan ansiadas vacaciones. Sonrió optimista. Tal vez no estaba todo perdido. Sebastian subió hasta el decimosegundo piso del impresionante edificio de la compañía, en la zona comercial de Caracas, y se anunció a la bonita secretaria situada tras la amplia y elegante mesa. Esta se levantó y enfiló por un largo pasillo, perdiéndose en él. Tras unos minutos regresó, indicándole que la siguiera. El despacho de Miguel Dumott era todo lo imponente que se podía esperar de un magnate de las finanzas, pensó Sebastian, y desde él se admiraba una preciosa vista del viejo puerto. También le impresionó el hombre en sí. Aunque ya lo había visto en alguna publicación, principalmente a raíz del escándalo suscitado por su divorcio y su posterior boda con una joven modelo, no lo conocía personalmente y le sorprendió su elevada estatura, que casi se equiparaba a la suya, y la sensación de poder que emanaba de su persona. Miguel le tendió la mano, rogándole que se sentase en un cómodo sillón frente a su mesa.