Territorio Marcado
Vicencio
El rugido del motor de mi Lamborghini se extinguió en la entrada de la propiedad, pero el estruendo en mi cabeza no hacía más que aumentar. Crucé el umbral de la mansión sintiéndome como un extraño en mi propia vida, una sensación que detestaba casi tanto como el nudo de la corbata que me asfixiaba. Me detuve en el vestíbulo, recorriendo con la mirada la sofisticación del lugar; tenía un "calor de hogar" que me resultaba ofensivo, una trampa diseñada por los Arnault para domesticar a la bestia.
—Bienvenido a casa, "esposo" —la voz de Matilda goteó desde lo alto de la escalera como veneno dulce.
Alcé la vista y la mandíbula se me tensó tanto que dolió. Allí estaba ella, apoyada en la barandilla con una copa de vino en la mano y un vestido de seda color vino que dejaba su espalda completamente descubierta. El contraste de su piel blanca contra la tela y esa melena roja cayendo como una cascada de fuego me revolvieron el estómago de una forma que no tenía nada que ver con la resaca.
—Espero que tu ala de la casa sea de tu agrado —continuó ella, bajando los escalones con una parsimonia que me desquiciaba. —Porque es el único lugar donde tus desplantes no tendrán consecuencias.
—¿Consecuencias? —solté una carcajada seca, lanzando las llaves sobre una mesa de mármol. —Escúchame bien, Matilda. He firmado ese papel por deber, no por devoción. No creas que porque ahora compartimos techo voy a rendirte pleitesía o a cambiar mis hábitos por una "niñita" que acaba de bajar del avión.
Me acerqué a ella, invadiendo su espacio hasta que el aroma de su perfume —esa mezcla de flores y ambición— nubló mis sentidos. Ella ni siquiera parpadeó. Me sostuvo la mirada con esos ojos verdes que parecían dos esmeraldas pulidas, frías y calculadoras.
—He revisado el contrato que tú también firmaste, Vicencio —dijo ella, elevando una ceja con suficiencia. —Punto uno: no se permite el engaño, ni en público ni en privado. Punto dos: cualquier comportamiento degradante es motivo de anulación. Si quieres seguir follando con media ciudad, asegúrate de que sea bajo siete llaves, porque a la primera mancha en mi nombre, te hundiré financieramente antes de que puedas decir "arquitecto".
—¿Me estás amenazando en mi propia casa? —gruñí, sintiendo cómo el deseo y la furia se trenzaban en mi pecho.
—No es una amenaza, es un hecho contable —replicó, dándome la espalda para caminar hacia el gran comedor. —He organizado la cena. Considéralo una tregua antes de que mañana empiece a auditar tu departamento de diseño. Por cierto, tu asistente Felipe me parece mucho más eficiente que tú; mañana pasará a mi nómina personal.
Sentí que la sangre me subía a la cara. Esa mujer no solo quería controlar mi vida, quería desmantelar mi imperio pieza por pieza. La seguí hasta el comedor, donde la mesa estaba dispuesta con una elegancia que gritaba dinero y poder.
—¿Felipe? ¿Mi asistente? —me senté frente a ella, ignorando el plato de comida exquisita que había preparado. —No tienes derecho a tocar mi personal.
—Tengo todos los derechos, Vicencio. Soy la vicepresidenta y dueña del cincuenta por ciento de la fusión. Si no puedes controlar a tus empleados, yo lo haré por ti. Ahora, come. Pareces necesitarlo más que otra copa de whisky.
La cena transcurrió en un silencio cargado de electricidad. La observaba mientras cortaba su comida con una precisión quirúrgica, sus labios rojos moviéndose con una gracia que me hacía imaginar cosas que el contrato prohibía explícitamente. Era irritante lo mucho que me atraía su intelecto tanto como su físico; era una combinación letal para alguien que siempre había preferido a las mujeres "brutas pero buenas".
—¿Por qué ahora? —pregunté de repente, dejando los cubiertos a un lado. —Pasaste once años fuera. Podrías haberte quedado en Alemania, casarte con algún barón aburrido y dejarme en paz.
Matilda dejó su copa y me miró con una chispa de fuego en los ojos.
—Porque este imperio también es mío, Vicencio. Y porque alguien tenía que ponerle límites a la "bestia" antes de que destruyera el legado de nuestras familias con su arrogancia y sus escándalos de tabloide.
Se puso de pie, su vestido deslizándose sobre sus curvas de infarto mientras se preparaba para retirarse a su ala de la mansión.
—Mañana a las ocho en la oficina —sentenció sin mirarme. —Y por favor, asegúrate de oler a jabón y no a remordimiento. Buenas noches, esposo.
Me quedé solo en el comedor, con el eco de sus tacones martilleando mi orgullo. Maldita sea. Matilda Arnault no era una muñeca de porcelana; era un incendio forestal y yo acababa de quedar atrapado en medio, sin ninguna intención de buscar la salida