El Precio de la Arrogancia
Vicencio
El reloj de mi oficina marcaba las 7:45 AM. Era la primera vez en cinco años que llegaba antes de las nueve, y lo hacía no por diligencia, sino por una furia sorda que me había impedido pegar el ojo en toda la noche. Matilda Arnault —mi "esposa", todavía me costaba procesar la palabra sin que me diera un tic en el ojo— se había instalado en mi mente como una infección persistente. Sus palabras en la cena aún resonaban en las paredes de mi cráneo: "Asegúrate de oler a jabón y no a remordimiento".
Me serví un café n***o, tan amargo como mi humor, y miré por el ventanal hacia la Quinta Avenida. Había pasado casi un mes desde que regresé de mi "despedida de soltero" extendida en Ibiza. En aquel entonces, la idea de casarme con la hija de los Arnault me parecía un trámite molesto, un sacrificio de mi libertad a cambio de asegurar el imperio de mi padre. Imaginaba a una niña tonta, una figura borrosa que aceptaría mis amantes y mis ausencias a cambio de joyas y un apellido.
Pero la mujer que caminaba ahora por el pasillo central de la planta ejecutiva no era borrosa. Era nítida, afilada y malditamente imponente.
Escuché el siseo de las puertas automáticas. Matilda entró en mi campo de visión luciendo un traje de dos piezas en color gris carbón que gritaba autoridad. Su cabello rojo estaba recogido en una coleta alta, tirante, que acentuaba sus pómulos aristocráticos y esa mirada de color verde que parecía capaz de auditar mis pecados.
—Llegas temprano, Vicencio. El café debe estar haciendo milagros con tu sistema —dijo ella, pasando de largo hacia su nueva oficina, la que antes pertenecía a su padre.
—Es mi empresa, Matilda. Yo pongo las reglas —respondí, siguiéndola. Me apoyé en el marco de su puerta, cruzando los brazos sobre mi pecho. Me aseguré de que mi presencia llenara el espacio, utilizando mi estatura para intentar, por una vez, intimidarla.
Ella no se inmutó. Dejó su maletín sobre el escritorio de caoba y me miró con una ceja levantada.
—Corrección: es nuestra empresa. Y las reglas están escritas en el contrato de fusión que firmaste mientras probablemente estabas pensando en qué modelo de lencería comprarle a tu conquista de turno. Felipe, los informes.
Mi antiguo asistente, el tipo que yo mismo había entrenado, entró con una pila de carpetas, evitando cuidadosamente mi mirada. El traidor ni siquiera me saludó; fue directo a ella, como un perro faldero ante su nueva ama.
—Aquí tiene, jefa. La auditoría del proyecto del complejo en Long Island —dijo Felipe.
—Gracias, Felipe. Puedes retirarte —Matilda abrió la primera carpeta y empezó a pasar hojas con una velocidad que me irritó. Su mente de prodigio estaba en pleno funcionamiento; recordé vagamente que mi padre mencionó que tenía un coeficiente intelectual a la altura de Einstein.
—¿Qué crees que estás haciendo? —pregunté, mi voz bajando un octava, cargada de una amenaza que ella ignoró olímpicamente.
—Estoy buscando el agujero n***o por donde se escapan los fondos de diseño —respondió Matilda sin levantar la vista—. Tus facturas de materiales premium son un 30% más altas que la media del mercado. O tus proveedores te están estafando, o estás usando el presupuesto corporativo para financiar tu estilo de vida de "Dios griego" tatuado.
—¡Mis diseños son arte! —exclamé, dando un paso hacia su escritorio—. Uso mármol de Carrara y acero reforzado de grado aeroespacial. No construyo cajas de zapatos, Arnault. Construyo legados.
Matilda finalmente cerró la carpeta y se puso de pie. Se acercó a mí hasta que solo unos centímetros de aire electrificado nos separaban. Podía oler su perfume, esa fragancia que me había perseguido toda la noche.
—El arte es subjetivo, Vicencio. Las matemáticas no —sentenció ella, su voz era un susurro frío que me erizó los vellos de la nuca—. A partir de hoy, cada gasto superior a cincuenta mil dólares requiere mi firma. No me importa si quieres recubrir tus techos en oro de 24 quilates; si no hay un retorno de inversión claro, la respuesta es no.
—No te atrevas a cortarme las alas en mi propio estudio de arquitectura —gruñí, inclinándome hacia ella. La tensión s****l era un tercer pasajero en la habitación, una fuerza bruta que ambos pretendíamos ignorar pero que tiraba de nosotros como un imán.
—¿Tus alas? —ella soltó una risa seca, carente de humor—. Tus alas están hechas de cera y te acercaste demasiado al sol de Ibiza. Yo soy la realidad, Vicencio. Y la realidad es que estamos casados por un contrato que dice que debemos trabajar juntos. Así que, o te sientas en esa silla y revisas estos costos conmigo, o llamo a tu padre ahora mismo y le informo que su heredero no es más que un niño caprichoso que no sabe leer un balance de pérdidas y ganancias.
Me quedé allí, vibrando de rabia y una admiración involuntaria que me asqueaba. Matilda Arnault me había dado jaque mate en menos de diez minutos. Miré su mano, donde el anillo de compromiso que mi familia le dio —uno que había estado en los Médici por más de dos décadas— brillaba con una luz burlona.
—Esto no ha terminado —mascullé, arrebatándole una de las carpetas.
—Lo sé —respondió ella, sentándose de nuevo con una elegancia que me dolió—. Apenas es el primer capítulo de nuestra "feliz" convivencia. Ahora, empieza por la página doce. Tenemos mucho que recortar.
Pasamos las siguientes cuatro horas en una batalla dialéctica sin precedentes. Ella atacaba mis costos; yo defendía mi visión estética. Ella citaba proyecciones de mercado; yo hablaba de prestigio de marca. En un momento dado, nuestras manos se rozaron sobre un plano. Fue como un latigazo eléctrico. Ambos retiramos las manos instantáneamente, pero el silencio que siguió fue más ruidoso que cualquier discusión.
—¿Por qué me odias tanto? —pregunté de repente, rompiendo la tensión.
Matilda me miró, y por un segundo, la máscara de hielo se agrietó.
—No te odio, Vicencio. Ni siquiera te conozco lo suficiente para odiarte —dijo, y su honestidad fue como un golpe físico—. Pero detesto lo que representas. La arrogancia del hombre que cree que el mundo le debe todo solo por existir. Me tratas como a un adefesio o una intrusa, cuando soy la única que está intentando salvar tu trasero de la quiebra técnica.
Se levantó, recogiendo su bolso.
—Me voy a almorzar. Sola —enfatizó—. Intenta no quemar la oficina mientras no estoy.
La vi salir, y por primera vez en mi vida, no pensé en la próxima mujer que metería en mi cama. Pensé en el hecho de que mi esposa era la persona más fascinante y peligrosa que había conocido jamás, y que el contrato de dos años iba a ser, sin duda, el viaje más salvaje de mi existencia.
Me quedé mirando el lugar donde ella había estado, sintiendo el eco de su presencia. Matilda no era una "niñita de papi". Era la dueña de mi imperio, de mi casa, y muy probablemente, si no tenía cuidado, de mi cordura.