Futuro esposo
POV IRLANDA
—¡Ni loca, papá! No pienso casarme con ese tipo. No me puedes obligar a casarme con alguien que ni siquiera conozco—. La voz se me quebró de la rabia mientras lo miraba con los ojos llenos de furia. ¿Quién se casa con un desconocido en pleno siglo XXI?
—Se acabó, Irlanda. Lo vas a hacer, y punto. No me des más vueltas. Andate a tu cuarto y alistate, no podemos llegar tarde—. La voz de mi papá resonó como un trueno en la sala, marcando el fin de la discusión.
Bufé con frustración y subí las escaleras a regañadientes, arrastrando los pies como una niña caprichosa, aunque sabía que no tenía escapatoria. Era otra de esas cenas de negocios que tanto le gustaban a mi familia. Bueno, si se le puede llamar negocios a las movidas turbias de la mafia. Sí, somos los Montoya, el cartel más temido de España, y mi padre estaba empecinado en cerrar una alianza con los Navarro, los segundos más poderosos del país. ¿El plan? Que yo me case con Dante, el segundo hijo. Para mi padre, esto no era un matrimonio, era un trato. Un trueque.
Aunque no suelo meterme mucho en los asuntos oscuros de la familia, de vez en cuando me toca cumplir con encargos pequeños: controlar mercancía o atraer a ciertos tipos. Pero esta cena era un paso más allá. Mi vida entera iba a cambiar, y eso me tenía de los nervios.
Abrí el armario y miré los vestidos que colgaban ahí, indecisa. ¿Rojo oscuro, sexy pero llamativo, o n***o elegante, un poco más sobrio? Tras darle muchas vueltas, opté por el n***o. Era ajustado, con tirantes finos y una abertura que dejaba ver mi pierna al caminar. Un diseño perfecto para verme sofisticada, pero no demasiado accesible.
Me cambié rápido y comencé a maquillarme. Lo de siempre: un delineado que destacara mis ojos, un toque de máscara de pestañas, y un labial más oscuro de lo habitual, pero sin exagerar. Luego me rizé el cabello castaño y me puse las joyas que siempre usaba para estas ocasiones. Antes de salir, agarré mi bolso n***o y, claro, mi fiel navaja plegable. Nunca se sabe cuándo te puede sacar de un apuro.
Bajé al salón y ahí estaban todos, listos para partir. Mi papá Sebastián, de pie junto a mis tres hermanos: Esteban, el mayor, siempre con esa mirada de yo mando aquí; Emiliano, más callado pero igual de peligroso; y Gabriel, el menor, aunque también me sacaba unos cuantos años. Yo era la más joven, con solo veinte, pero, como decía mi mamá, tenía la sangre más fría de todos.
—¿Ya nos podemos ir o van a seguir posando como estatuas?—, soltó Esteban con su tono mandón de siempre.
—Sí, vamos—, respondió papá, revisando con la mirada que todos estuviéramos listos. Salimos al coche, y durante el camino me quedé mirando por la ventana, observando cómo la ciudad pasaba en un borrón de luces y sombras.
De pronto, Emiliano me dio un codazo para llamar mi atención.
—¿Y tú? ¿Cómo vas con el circo este? ¿Nerviosa?—, preguntó con una media sonrisa.
—¿Nerviosa? Por favor… Lo único que me preocupa es que me falte paciencia para aguantarles la cara a todos—, le contesté con sarcasmo. Él se encogió de hombros y volvió a mirar su celular. Noté la mirada de mi papá desde el retrovisor, analizándome como siempre.
—Hoy mejor quédate callada, Irlanda. Necesitamos que todo salga bien—, dijo con tono tranquilo, pero firme. Mi mamá, sentada a su lado, giró la cabeza y me sonrió.
—No te preocupes, mi amor. Seguro que el chico es un encanto—, dijo mientras me guiñaba un ojo. La miré con escepticismo.
—Mamá, primero lo conozco y después veo si lo mando al carajo o no.
El resto del camino transcurrió en silencio.
Al llegar a la mansión de los Navarro, el aire se sentía pesado, casi sofocante. Esteban fue el primero en bajar y me ayudó a salir del coche. Mi papá tocó el timbre, y la puerta se abrió para dejarnos ver a una mujer impecable. Pelo castaño perfectamente arreglado, labios rojos como el fuego y una sonrisa que parecía falsa de lo perfecta que era.
—¡Qué gusto tenerlos aquí! Bienvenidos—, dijo con voz melodiosa mientras estrechaba la mano de todos. Cuando llegó a mí, en lugar de un apretón, me envolvió en un abrazo que me tomó por sorpresa. —¡Tú debes ser Irlanda! Dios, qué preciosa eres. Ese pelo tuyo… ¡un sueño!—, exclamó, mirándome con admiración. Solo atiné a darle las gracias tímidamente.
Después apareció su esposo, Mateo, quien saludó a mi padre con un abrazo y a mis hermanos con fuertes apretones de mano. Cuando me tocó a mí, me envolvió en otro abrazo cálido.
Mientras ellos se dirigían al comedor, yo me quedé un rato más hablando con la mujer, que resultó llamarse Lisandra. De repente, alzó la voz:
—¡Isabela, Leonardo, Tomás, Dante! ¡Bajen ya, que llegaron nuestros invitados!
Primero bajó una chica rubia con una energía que desbordaba. Me abrazó de inmediato, como si ya nos conociéramos.
—Soy Isabela. Estoy segura de que seremos grandes amigas—, me dijo con una sonrisa gigante. No pude evitar sonreírle de vuelta.
Luego bajaron los chicos. Uno de ellos, con una sonrisa descarada, se acercó directo a mí.
—Vaya, ¿y esta diosa quién es?—, dijo, repasándome de pies a cabeza con una mirada que me dio escalofríos. Antes de que pudiera responder, Isabela le dio un codazo.
—¡Ni lo intentes, Tomás! No puedes con todas.
Reprimí una carcajada y le lancé una mirada fría. Él se inclinó para besarme la mano, y yo la retiré casi de inmediato.
—Irlanda—, me presenté, seca.
—Tomás—, respondió, con una sonrisa que no me inspiraba ni un poquito de confianza.
Otro de los hermanos se acercó con paso relajado, y con una sonrisa franca se presentó:
—Leonardo, un gusto conocerte. Y, bueno, no le hagas mucho caso a Tomás, siempre ha sido el más chamaco y torpe de la familia—, dijo, guiñándome un ojo.
—¡Eso me dolió en el alma, Leo!—, gritó Tomás, llevándose una mano al pecho como si realmente estuviera ofendido.
Lisandra, que hasta ese momento había permanecido sonriente, miró a Leonardo y le lanzó una pregunta que pareció cambiar el aire en el ambiente:
—¿Y Dante? ¿Dónde anda?—. Leonardo se encogió de hombros, sin perder la calma.
—No tarda, ya viene bajando—, dijo con voz tranquila.
Y justo en ese instante, todos volteamos hacia las escaleras. Ahí estaba él.
Mi respiración se detuvo por un segundo. Dante descendía los escalones. Llevaba un traje n***o impecable, perfectamente ajustado a su figura, que destacaba sus hombros anchos y su porte elegante. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás, y sus ojos azules, me encontraron en cuanto comenzó a bajar. Había algo en su mirada que me hizo estremecer; era intensa.
Caminó hacia mí con calma. Sus ojos no se apartaban de los míos, y cuando estuvo frente a mí, las comisuras de sus labios se levantaron apenas, en una sonrisa tan sutil como desconcertante. Me saludó con un beso en cada mejilla, el roce de su piel contra la mía envió un escalofrío por mi espalda. Después dio un paso atrás, manteniendo una distancia cortés, aunque su mirada seguía clavada en mí.
Antes de que pudiera siquiera abrir la boca para decir algo, mi papá y mis hermanos se acercaron a mi lado. Mi padre extendió la mano hacia Dante.
—Dante—, dijo en tono grave mientras lo saludaba. —Te presento a mi hija, Irlanda.
Dante volvió a mirarme, y esta vez con más intensidad, como si quisiera grabar cada detalle de mi rostro.
—Irlanda—, dijo despacio, casi saboreando mi nombre al pronunciarlo. Su voz era profunda.
Me obligué a mantenerle la mirada. No iba a dejar que me intimidara.
—Dante—, respondí en un susurro.
Definitivamente, esta noche iba a ser mucho más complicada de lo que había imaginado.