— Lo sé amor, fuí un pendejo. Me perdonas?. — Pide abrazándome. — Martín, yo ... — — No digas nada. — Me interrumpe. Me aprisiona a su cuerpo y se acerca para besarme, por lo que volteo mi cara para que el beso sea en mi mejilla. — Quiero el divorcio!. — Suelto y él deshace el abrazo. — Qué?. — Pregunta incrédulo. — Ya me oíste. Quiero que nos separemos. — Le repito y su cara palidece. — No Eliza, tú no puedes dejarme. — Espeta desesperado. — Martín, esto no tiene ningún futuro. Tú sabes que no te amo y que no te podré amar nunca. — Le rebato. — Lo que sea, yo lo puedo mejorar. No bebo, no salgo, no hablo con amigas. Lo que tú digas, pero no me dejes Eliza. Mi vida sin tí no tiene sentido. — Dice entre sollozos y se arrodilla, abrazando mis piernas. — Ésto no se trata de tí, tú

