Prólogo.
Estaba realmente feliz.
Vestida completamente de blanco, el vestido caía sobre mí como una segunda piel de encaje y seda. Del brazo de mi padre caminaba por el pasillo central de la iglesia. Leonardo Style. Cabello oscuro, casi n***o, peinado con esa elegancia natural que nunca perdía, y esos ojos grises que siempre habían sabido calmarme incluso en los peores momentos. A mi alrededor, los bancos estaban llenos. Familiares, amigos, rostros conocidos que sonreían al vernos pasar.
Siempre había creído en el matrimonio. En el amor verdadero. En la familia que se construye cuando dos personas deciden quedarse. Y cuando encuentras al amor de tu vida, no dudas. Simplemente avanzas hacia él con el corazón abierto.
Me extrañó no verlo al final del altar.
Mi padre apretó suavemente mi mano enguantada. Sus dedos, fuertes y cálidos, me anclaron un segundo a la realidad.
—Mi amor… podemos esperar afuera —susurró, con esa voz baja que solo usaba conmigo.
Negué con la cabeza, sonriendo bajo el velo.
—No. Esperemos adentro. Sabes cómo soy yo.
Seguimos caminando. El eco de nuestros pasos resonaba bajo las bóvedas altas. Ser Alma Style tenía sus particularidades: a nadie le resultaba extraño que fuera yo quien esperara al novio y no al revés. Me senté frente al altar, el ramo de rosas blancas descansando sobre el regazo, y miré a mi alrededor.
Mamá sonreía desde el primer banco, los ojos brillantes. Mia me dedicó una sonrisa cómplice. Mis hermanos estaban allí también, erguidos y serios, con el mismo cabello oscuro que nuestro padre. Leah, en la primera fila, me hizo un pequeño gesto de ánimo con la mano.
Me quedé sentada.
Los minutos se alargaron.
Después, más de una hora.
El murmullo de los invitados creció poco a poco. Algunas miradas se cruzaban con inquietud. Otras se desviaban hacia el suelo de mármol.
—Alma… tu celular.
Mi prima Lisa se acercó en silencio y me lo entregó. La pantalla brillaba con un mensaje nuevo.
Lo abrí.
«Lo siento, amor. No voy a llegar.»
El corazón se me paralizó dentro del pecho.
No sabía si llorar o preocuparme por él… o qué hacer exactamente.
El mensaje seguía ahí, iluminando la pantalla entre mis dedos temblorosos. Las palabras eran simples, casi frías, y sin embargo me habían atravesado el pecho como una cuchilla.
Jamás me imaginé que me dejara plantada.
Ni en los peores escenarios que mi mente ansiosa había inventado durante las semanas previas. Ni cuando discutíamos por tonterías. Ni cuando él se quedaba callado más de lo normal. Nunca pensé que llegaría el día de nuestra boda y yo estaría sentada frente al altar, vestida de blanco, con mi padre a un lado y toda nuestra familia mirándome… mientras él decidía no aparecer.
El silencio de la iglesia se volvió ensordecedor. Podía sentir las miradas. Las preguntas que nadie se atrevía a decir en voz alta. Mamá había dejado de sonreír. Leah tenía el ceño fruncido. Y mi padre… mi padre seguía a mi lado, con esa quietud tensa de quien espera una orden para actuar.
Apreté el móvil contra el regazo hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
Quería gritar. Quería salir corriendo. Quería llamar y exigirle una explicación. Pero sobre todo… quería que todo esto fuera una broma de mal gusto. Que de un momento a otro las puertas se abrieran y él apareciera, sin aliento, pidiendo perdón.
No ocurrió.
Solo estaba yo. El vestido blanco. El ramo cada vez más pesado. Y la certeza cada vez más fría de que el amor de mi vida… no iba a llegar.
—Alma…
La voz de mi padre fue baja, casi un susurro. Me tomó la mano con esa firmeza cálida que siempre me había protegido. Sus ojos grises me buscaban, llenos de una preocupación que ya no podía disimular.
—¿Qué pasa?
No quería hablar. Más bien… no podía. Si abría la boca, el llanto se me escaparía delante de todos. Así que solo negué con la cabeza, una vez, y me levanté.
El roce de la seda del vestido contra el suelo de mármol sonó demasiado alto en el silencio de la iglesia. Me giré despacio y los miré a todos. A mamá, que ya tenía los labios apretados. A mis hermanos. A Mia. A Leah. A cada rostro conocido que esperaba una explicación.
Inspiré hondo.
—No habrá boda.
Fue todo lo que dije.
Entonces bajé del altar y caminé por el pasillo central sin mirar atrás. Los pasos resonaban. Nadie se atrevió a detenerme. Solo cuando crucé las grandes puertas de madera y el aire frío de la calle me golpeó la cara… ahí sí empecé a llorar.
Notas del Autor:
Recuerden que este libro pertenece a la Saga Style. Si quieren entender mejor les recomiendo leerla en orden. Aquí abajo les dejaré el orden
Maya: Mi dulce obsesión.
Maya, solo mía.
Anne, solo mia.
La obsesión del Conde.
Carreras ilegales: La falsa novia del Iceberg (En proceso)
Alma, solo mía.