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La esposa insustituible del CEO

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Descripción

Amaranta siempre soñó con un matrimonio lleno de amor, una familia propia y un futuro junto a Ares, el hombre al que amaba con todo su ser. Pero el destino le tenía preparado un golpe devastador: un diagnóstico de cáncer avanzado que derrumba su mundo en un instante. Como si su enfermedad no fuera suficiente, Ares, lejos de ser el apoyo que ella esperaba, le pide el divorcio. Ha decidido hacer pública su relación con una mujer influyente, la hija de un reconocido político, con quien sueña tener los hijos que Amaranta nunca pudo darle. Su traición es cruel, pero su verdadera maldad se revela cuando le pide que se deshaga de su hermana huérfana con síndrome de Down y le exige algo impensable: que le done un pulmón a su amante, quien sufre una enfermedad infecciosa. Herida y sin fuerzas, Amaranta se enfrenta no solo a la batalla contra el cáncer, sino también contra la traición y la indiferencia del hombre que una vez fue su todo. ¿Podrá encontrar la esperanza en medio de tanto dolor? ¿Logrará vencer la enfermedad y demostrarle al mundo, y a sí misma, que es mucho más fuerte de lo que jamás imaginó? ¿Conseguirá seguir cuidando de su hermana a pesar de su situación?

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El divorcio fue su forma de despreciarla.
Las manos de Amaranta temblaban mientras ayudaba a Emily a abotonar su blusa. La niña movía sus dedos con torpeza, frustrada por no poder hacerlo sola. —No pasa nada, mi amor, yo te ayudo —susurró Amaranta con una sonrisa. Emily frunció el ceño. —Yo sola puedo Amaranta suspiró. Sabía que a Emily le gustaba hacer las cosas por sí misma, pero la paciencia se le agotaba con el tiempo. —Claro, inténtalo otra vez. La niña lo intentó, pero sus dedos no coordinaban bien. Amaranta esperó, observándola con cariño. —No puedo… —susurró Emily con lágrimas en los ojos. —Sí puedes, solo que a veces necesitamos ayuda. Emily asintió y dejó que Amaranta terminara de abrochar los botones. Justo en ese momento, la puerta del dormitorio se abrió de golpe. Ares se apoyó en el marco, con los brazos cruzados y una expresión de absoluto desprecio. —Otra vez perdiendo el tiempo —espetó. Amaranta sintió que el corazón le daba un vuelco. —No estoy perdiendo el tiempo, solo ayudo a Emily… Ares resopló, con esa mirada fría que últimamente siempre le dirigía. —Esa niña debería estar en un orfanato. No entiendo por qué te empeñas en cargar con ella. No es tu sangre. Amaranta sintió un nudo en la garganta. —Es mi hermana. —No lo es —replicó él con dureza—. Es una carga, Amaranta. ¿No te das cuenta de que lo único que hace es robarte el tiempo? En vez de estar aquí jugando a la niñera, podrías estar esforzándote en lo que realmente importa. —¿Y qué es lo que realmente importa, Ares? —preguntó ella en un susurro. Él sonrió con desprecio. —Un hijo de verdad. Pero claro, en cinco años no has podido darme ni eso. El golpe fue certero. Amaranta sintió que el aire le faltaba. Emily observaba la escena con confusión. —Mara, ¿Ares está enojado? Amaranta se apresuró a acariciar el cabello de la niña. —No, mi amor, todo está bien. Ares soltó una carcajada cínica. —No, Emily, no está bien. Lo que no está bien es que tu “hermana” siga perdiendo la vida contigo en lugar de cumplir con su deber como esposa. Amaranta sintió que las lágrimas ardían en sus ojos. No podía más. Esa mañana había recibido el resultado de la biopsia: cáncer en estado avanzado. Y ahora, Ares le lanzaba esas palabras hirientes. —Déjala en paz —susurró con voz temblorosa. Ares la ignoró. —Sabes que nuestra relación está al borde del colapso, ¿verdad? ¿Sabes quién tiene la culpa? —Señaló a Emily—. Esa niña. Amaranta sintió como si la golpearan en el pecho. —¡No digas eso! —Es la verdad. Si hubieras dejado a esa mocosa en un orfanato como debiste hacerlo, tal vez no estaríamos así. Pero no, tuviste que aferrarte a algo inútil, a una niña idiota. Emily bajó la mirada, abrazando su muñeca con fuerza. Amaranta se levantó de la cama, con el corazón latiendo con furia. —Si piensas eso… si crees que Emily es un problema, entonces el problema eres tú, Ares. Él la miró con burla. —¿Ah, sí? Pues qué bueno que lo mencionas, porque he tomado una decisión. El mundo pareció detenerse. —Me voy a divorciar de ti. El silencio se hizo incomodo. Amaranta sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. —No… —Sí. Ya no quiero seguir con esta farsa. No puedes darme un hijo, cargas con un lastre y, francamente, ya no me interesa seguir soportando esto. Amaranta lo miró con los ojos vidriosos. —Ares, yo estoy… —Se acabó, Amaranta. Acéptalo. Sin decir más, Ares se giró y salió de la habitación, dejando tras de sí un vacío insoportable. Emily se acercó y tomó la mano de Amaranta. —No llores, Mara… Pero era imposible. Todo dentro de ella se rompía en pedazos. Emily, con sus 8 años, era una niña dulce y amorosa, siempre con una sonrisa en el rostro y los ojos brillantes de ilusión. Tenía el cabello blanco como la nieve, suave y fino, que a Amaranta le encantaba peinar. Sus mejillas siempre rosadas, sus ojos azules y su pequeña nariz respingona le daban un aire infantil que la hacía ver aún más adorable. Pero para Ares, Emily no era más que un error. Desde que Amaranta se hizo cargo de ella tras la muerte de sus padres, Ares la rechazó con desprecio. No soportaba su presencia en la casa, su voz dulce y chillona, ni la forma en que le costaba hacer las cosas más simples. Para él, Emily era una carga innecesaria, una niña que no pertenecía a su mundo de perfección. —Mira cómo es —le decía a Amaranta con repulsión—. No coordina bien, no habla como los demás niños, apenas puede hacer las cosas sola. ¿No te das cuenta de que siempre será un estorbo? Emily tenía síndrome de Down y albinismo, aunque para Amaranta era un regalo, para Ares era una maldición. No soportaba verla tardar minutos en abotonarse la blusa o en atarse los zapatos. Se desesperaba cuando Emily repetía frases o hacía preguntas que él consideraba absurdas. Detestaba la forma en que la niña siempre buscaba abrazos y contacto físico, porque le parecía asfixiante. —Deja de tocarme —le gruñía cuando Emily, con su inocencia, intentaba abrazarlo como lo hacía con Amaranta. La niña bajaba la cabeza, confundida, sin entender por qué Ares nunca la quería cerca. Para Emily, todo era un desafío. Le costaba leer, escribir, vestirse sola, incluso agarrar correctamente los cubiertos. A veces se frustraba cuando no podía expresarse con claridad o cuando las cosas no salían como quería. Pero Amaranta estaba siempre ahí, con paciencia, ayudándola a superar cada obstáculo. Ares, en cambio, solo veía defectos. —No es normal, Amaranta. No sé por qué insistes en quedarte con ella —repetía con desprecio—. Un orfanato habría sido lo mejor. Para él, Emily era la razón por la que su matrimonio estaba fracasando. —Si la hubieras dejado en donde pertenece, tal vez no estaríamos así —le dijo una vez con frialdad—. Pero no, preferiste aferrarte a esa niña idiota en vez de concentrarte en lo que realmente importa. Las palabras de Ares eran heridas nuevas en el corazón de Amaranta. Emily no era un error. Emily era lo único puro y verdadero que le quedaba en la vida. —No hay vuelta atrás, Amaranta. Esto se acabó. Las palabras de Ares fueron frías, implacables. Estaba de pie en medio de la sala, con los brazos cruzados y una expresión de hastío en el rostro. La luz de la lámpara iluminaba sus ojos claros con un brillo cruel. Amaranta, sentada en el sofá con los papeles de divorcio sobre la mesa, sintió que la realidad la golpeaba con fuerza. —Lo sé —murmuró con voz apagada. Ares sonrió con arrogancia. —Bien. Pero hay algo más que discutir. Se inclinó hacia ella, sus ojos perforándola con desprecio. —Si quieres recibir algo de dinero, tendrás que deshacerte de esa niña. Amaranta alzó la vista de golpe, sintiendo que la sangre se le helaba. —¿Qué dijiste? —Lo que escuchaste —respondió con calma exasperante—. No quiero que nadie en mi círculo social se entere de que has estado cuidando a… bueno, a un fenómeno. Amaranta sintió una punzada de rabia y dolor en el pecho. —¡Emily no es un fenómeno! Ares se encogió de hombros. —Llámala como quieras. La cuestión es que si quieres recibir dinero, tendrás que entregarla a un orfanato. Es la única condición. Amaranta se puso de pie de un salto, con los ojos brillantes de furia. —¡Eres un monstruo! Ares suspiró con aburrimiento. —Dramática como siempre. No es difícil, Amaranta. La llevas, firmas los papeles y te deshaces de esa carga de una vez por todas. Y a cambio, tendrás dinero para empezar de nuevo. Amaranta lo miró como si no lo reconociera. ¿Cómo había podido amar a un hombre tan despreciable? —Puedes meterte tu asqueroso dinero donde te quepa, Ares. Yo no voy a abandonar a mi hermana jamás. La expresión de Ares se endureció. —Entonces no recibirás nada. Dio un paso atrás y tomó un sobre del escritorio, arrojándolo sobre la mesa. —Te dejo un apartamento. Está pagado por algunos meses, así que al menos no dormirás en la calle. Es todo lo que obtendrás de mí. Amaranta sintió que la ira y la impotencia se mezclaban en su pecho. —¿Eso es lo que valen cinco años de matrimonio para ti? Ares soltó una carcajada. —Por favor, no me hagas reír. Es más de lo que mereces. Y si no aceptaste el dinero, no te quejes después cuando te estés muriendo de hambre por terca. Amaranta apretó los puños. —No me voy a morir de hambre, Ares. Voy a salir adelante con Emily. —¿Con esa cosa? —bufó él—. No te hagas ilusiones, Amaranta. Sin dinero, sin contactos y con esa niña inútil pegada a ti, no tienes ninguna oportunidad. Amaranta lo miró fijamente. —Tarde o temprano vas a pagar por todas tus malas acciones. Ares fingió estremecerse de miedo. —Oh, mira cómo tiemblo —se burló—. Estoy esperando las desgracias que me vaticinas. Lo que va a pasar es que tarde o temprano regresarás pidiendo ayuda. Su risa llenó la habitación como un eco cruel. Amaranta lo observó con una tristeza profunda, pero con una certeza inquebrantable en el corazón: algún día, la vida le demostraría a Ares que nadie podía pisotear a los demás sin pagar un precio. Amaranta guardo una muda de ropa pare ella y la niña. Tomó la manita de Emily con firmeza. —Nos vamos, mi amor. La niña alzó el rostro hacia ella, con los ojos llenos de lágrimas. —¿Y mis juguetes? El corazón de Amaranta se encogió. Se arrodilló y acarició su mejilla. —Voy por ellos, espérame aquí. Corrió hacia la habitación, tratando de ignorar el temblor en sus manos. Se agachó y tomó algunos de los peluches favoritos de Emily, los que sus padres le habían comprado antes del accidente. Sabía cuánto significaban para ella. Pero al girarse para salir, su cuerpo se paralizó. Ares estaba en la entrada de la habitación, bloqueándole el paso. —No. Amaranta lo miró con desesperación. —Ares, por favor… Él esbozó una sonrisa cruel. —Saldrás de esta casa con las manos vacías. Antes de que pudiera reaccionar, Ares le arrancó los juguetes de los brazos con un movimiento brusco. Amaranta sintió un vacío en el pecho. —¡No, por favor! ¡Déjame llevarle al menos uno! Se aferró al brazo de Ares con súplica, pero él solo se rió. —¿Me estás rogando por un par de juguetes baratos? —No son juguetes baratos. Son los recuerdos de mis padres… ¡Emily los necesita! Él la miró con burla. —Yo necesito que te largues. Amaranta sintió cómo le ardían los ojos de rabia y dolor. —¡Eres un desgraciado! Ares la tomó del brazo con fuerza y la arrastró hacia la puerta. —Y tú eres una inútil que no entiende su lugar. Emily gritó cuando vio a su hermana forcejeando. —¡Ares, no le hagas daño a mi hermana! Ares bufó con fastidio y, con un tirón, la sacó de la casa. Luego, con la misma indiferencia, empujó a Emily afuera y lanzó la bolsa con la poca ropa que Amaranta pudo tomar. La puerta se cerró de golpe. Amaranta cayó de rodillas en el suelo con Emily temblando en sus brazos. La niña sollozaba, mirando la casa con tristeza. —Mis juguetes… Amaranta la abrazó con fuerza. —No necesitas juguetes, mi amor. Me tienes a mí. Emily hundió el rostro en su pecho. Detrás de la puerta, Ares sonrió con satisfacción. —Ahora sí, esta casa está limpia. Celina y yo la llenaremos de recuerdos nuevos.

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