Serena
Abro los ojos y me siento en la cama, cubriendo mi pecho desnudo. La noche anterior llega a mi mente y me sonrojo por todo lo que pasamos y comó me hizo sentir estar nuevamente en sus brazos.
Me incliné un poco y acaricié su mejilla, bajé hasta su barbilla. El sentimiento que tengo por Max no pensé que lo volvería a experimentar, y me siento la mujer que siempre quiso ser amada; justo es lo que siento al estar cerca de este hombre tan maravilloso. Beso sus labios y salgo de la cama, entro al baño y lavo mi cara mientras me cepillo los dientes. Me pongo su camisa y salgo de la habitación.
Voy a la cocina y empiezo a preparar el desayuno. Coloco música y disfruto tener estos detalles con él. Cuando ya tengo todo listo y voy a despertar a Max, suena el timbre. Me quejo; no quiero que nadie interrumpa nuestro día y espero que sea algo importante.
Abro la puerta y me encuentro con Vivian. Ella me mira de arriba abajo y su rostro me da a entender que no le agrada verme aquí.
—¿Quién eres tú y qué haces en el departamento de mi esposo? —cruzó sus brazos y su manera de querer intimidarme me causa risa.
—Exesposo —le recuerdo—. Soy la pareja de Max, y no quiero ser grosera, pero no son horas para estar visitando.
—¿Visita? —se ríe y entra— No necesito permiso para venir a ver a Max; soy la esposa y tengo todo el derecho del mundo. No te creas tan importante solo por ser una de las tantas mujeres con las que se acuesta.
—Por lo menos conmigo sí se acuesta. ¿Y contigo? —preguntó— Obvio que no, solo te quieres lejos, pero no eres lo suficientemente lista para entenderlo.
—Será mejor que te largues de su casa y no me hagas perder el tiempo.
—La que se tiene que ir eres tú —me acerco—. Max me tiene a mí, su mujer, y no lo dejaré solo. No permitiré que lo enredes en tus mentiras de mujer dolida.
La puerta de la habitación se abre y Max aparece en la sala sin camisa y con su pantalón de dormir. Se sorprende al ver a Vivian en el departamento.
—Max, mi amor —Vivian intenta acercarse y él la aleja— ¿Qué pasa?
—Esa pregunta tengo que hacerla yo. ¿Qué estás haciendo aquí, Vivían? —Mantuvo su gesto serio—. ¿Hasta cuándo tendré que soportar verte? No entiendes que tienes mi vida hecha un infierno por todo lo que estás ocasionando.
—¡No puedo perderte! —Se arrodilló frente a Max y me parte el alma verla humillarse de esa manera, ya que en un momento de mi vida hice lo mismo por amor.
—Será mejor que te vayas; no quiero usar la fuerza.
Vivian se levanta y se seca las lágrimas mientras me mira con rencor.
—No dejaré que me alejes del amor de mi vida; no renunciaré a él —Sale del apartamento.
Cierro la puerta y los brazos de Max se aferran a mi cintura. Cierro los ojos y trato de calmarme para sacar esta rabia que siento por esa mujer.
—Perdóname —susurra.
Me giro y quedamos frente a frente.
—No voy a permitir que esa mujer nos arruine este día —Beso sus labios—. Vamos a la cocina, te preparé el desayuno.
—Eres la mejor.
No hablamos del tema y disfrutamos del exquisito desayuno que preparé.
—Está delicioso —dice con la boca llena de comida, y me río por eso.
—Primero come y después puedes elogiar todo lo que quieras, mi amor.
Hablamos de varios temas triviales, su amor por la medicina y como su padre se sintió orgulloso cuando él le dijo que quería dedicarse a esa carrera. Mi mirada no se aparta de él; moría de ganas de besarlo y decirle todo lo que siento por él.
—Tierra, llamando a Serena —me bajo de mi nube y me sonrojo.
—Disculpa.
—¿Qué te tiene tan pensativa? ¿Es lo de Vivían? —Niego y veo cómo se relaja.
—Esa mujer me tiene sin cuidado.
—¿Entonces? —Toma mi mano y la besa.
—Te quiero. —Sus ojos se abren ante la sorpresa—. No digas nada, por favor; tal vez es demasiado apresurado, pero me hiciste volver a creer en el amor.
Rodea la mesa de la cocina y se coloca frente a mí, toma mi barbilla y besa mis labios con una pasión que jamás pensé que fuera parte de él. Mis labios se movían al compás de los suyos, que jugaban con mi lengua a su antojo. Me tenía a su merced. Baja a mi cuello, apoderándose de esa zona tan débil para mi, pero tan deseaba por él.
—No pensé sentir de nuevo algo tan fuerte como lo que siento por ti —besa mi mejilla—. Quiero ser el hombre que mereces, que te ame en todas tus facetas.
—Ya lo haces.
Me abrazó, una lágrima bajó por mi mejilla y traté de retener las demás; no quiero que se preocupe.
Nos separamos y sus ojos brillan. Me encanta ser la causante de su felicidad.
—Leonardo me invitó a su casa; quisiera que vinieras conmigo —le dedicó una media sonrisa—. Quiero que conozcas a una gran amiga; se alegrará saber que tiene un aliada en contra de Vivían —se ríe.
—¿No la soporta? —preguntó.
—Nadie quiere cerca a esa mujer, y menos ella.
—Seremos grandes amigas.
Unos hermosos hoyuelos se le forman y me derrito de amor por este hombre. Terminó la comida, y entre besos, risas y amor en cada pasillo del apartamento, llegamos a su habitación.
Amo lo que es, lo que me hace sentir al tocar mi piel. Su sonrisa trae alivio a mi corazón, causando que cada segundo a su lado sea el mejor de toda mi vida. Soy inmensamente feliz; no fue casualidad llegar a España y conocer a Maximiliano. Fue Dios quien unió cada pieza y logró traerme a los brazos de alguien que sanaría cada una de mis heridas y que amaría con la mayor intensidad.