Alfa especialmente inestable.

1672 Palabras
Brandon se despertó tarde, un poco de resaca, y la cabeza doliéndole como si un tren le hubiera pasado por encima. Se sentó en la cama frotándose los ojos. Su lobo interior estaba callado, rendido por completo. No se había dado cuenta cuándo Samantha se había ido, y eso le molestó un poco. Había quedado al descubierto, visto como un débil. Miró su teléfono. Tres llamadas perdidas de Natalie y un mensaje de Hamlet preguntando si estaba vivo. —Genial… —murmura mientras se levantaba con lentitud. Tomó el teléfono y llamó primero a Natalie. —¡Por fin! ¡Pensamos que habías muerto!— dijo Natalie al contestar. —Estoy vivo. Solo… necesito un día...O varios. No voy a ir a trabajar. Dile a Hamlet, por favor. —¿Te golpearon o te atropelló un bus? —Algo por el estilo. Natalie bufó del otro lado pero accedió a cubrirlo. Brandon colgó y se miró al espejo. El hematoma en su pómulo izquierdo era evidente. Cortesía de su padre. Samantha, por su parte, no lo encontró tan raro, cuando anunciaron su ausencia. Ya lo había visto la noche anterior con el rostro un poco hinchado, seguro del puñetazo que le propinó su padre. No imaginaba el infierno que Brandon vivía tras las puertas de su apartamento. El segundo día, Brandon tampoco se presentó a trabajar. Samantha empezó a preocuparse. Aunque en la oficina decían que estaba enfermo, algo no le cuadraba. Si fuera solo una gripe, podría al menos mandar un mensaje. ¿Aún estaba malherido? Y aunque se habían besado, y ella se había ido sin despedirse, no creía haber hecho nada tan malo como para que él se escondiera. Ella debería ser la acosada. Claudia le dijo: —Tal vez solo esté resfriado, mujer. O con resaca. —Una resaca no dura dos días… salvo que se haya bañado en ron. Natalie solo se encogió de hombros. Ella sabía un poco más, pero respetaba a Brandon. No iba a decir nada. Finalmente, ese mismo día, tras salir del trabajo, Samantha pasó por una tienda de frutas. Compró unas manzanas rojas, un par de bananas y un frasco de miel. También un blíster de analgésicos y antiinflamatorios. No podía quedarse tranquila hasta no estar segura. Cuando tocó la puerta del apartamento de Brandon, se preguntó si estaba haciendo el ridículo. Pero ya no podía dar marcha atrás. Brandon abrió. ¡PUM! Samantha se quedó congelada. El morado en su cara ahora era más evidente, casi tenía forma de mapa del Caribe. Una mezcla de violeta, azul y verdoso. Era grotesco y a la vez triste. ¿Su padre uso tanta fuerza? —Brandon… ¡tu cara!— exclama. —Gracias, sí. Está tan bonita como siempre. —No bromees. ¿Fuiste al médico? —No. Pero tengo hielo. Y una botella de whisky que me ayuda a olvidar el dolor. —No es gracioso. —Entonces entra. Estás haciendo drama en el pasillo. Samantha entra, con la bolsa de frutas en la mano y el ceño fruncido. Brandon cierra la puerta y la sigue. —Te traje esto… —dijo, extendiendo la bolsa. —¡Oh! Frutas. Gracias. Nada como manzanas y bananas para sanar heridas existenciales. Ella lo ignora. —Tienes que ir al médico, Brandon. Eso se puede infectar. Podría haberte roto algo. Brandon la observó con detenimiento. Esa preocupación genuina, esa ternura en su mirada. Su lobo aulló bajito en su interior. —Estoy bien. —No pareces. —¿Quieres ver si estoy mejor?— pregunta. Samantha cruza los brazos. —Sí, claro. ¿Tienes radiografías? Brandon sonríe. —No. Tengo otra manera. Y sin avisar, se inclina hacia ella y la besa. El beso fue intenso, hambriento, como si hubiese esperado dos días enteros para ese momento. La hizo abrir la boca y metió su lengua hasta donde pudo y de paso chupó la de ella. La bolsa de frutas se deslizó de las manos de Samantha y cayó al suelo con un golpe sordo. Las manzanas rodaron por el piso, una banana chocó contra la pata de la mesa. Ella lo empuja al sentir como su loba despierta y lo desea ante el acercamiento intimo. —¡Brandon! —¿Qué? Dijiste que querías ver si me sentía mejor. —¡No de esa manera! —Entonces miente, porque esto me hace sentir mucho mejor. Ella lo miró, sin saber si reír o llorar al sentir un bate entre sus pantalones. Pensó en aquella vez que lo vio mästurbarsë. Ya no recuerda si usó las dos manos o una. —Estás loco. ¿Piensas matar a alguien con esa arma? —Y tú entraste a la casa de un loco como yo, con frutas y medicina. ¡Somos una pareja perfecta! —No somos una pareja. —Todavía. Ella gira los ojos. —Estás bajo efectos del golpe. Te falta oxígeno al cerebro. —Puede ser. Pero si no me vuelves a besar, quizá pierda el habla para siempre. Y el oxígeno no regrese. Samantha se lleva la mano al rostro, tratando de no sonreír. —Está bien. Pero solo para ver si no tienes daño neurológico. Se acerca, con timidez, y lo besa suavemente esta vez. Cuando se separaron, Brandon la mira como un depredador a su presa —Confirmado. Estoy mejor. Pero necesito tratamiento diario...a cada hora. Ella le dio una palmada en el brazo. —Recoge tus frutas. —Fue tu culpa. Me atacaste con tus labios. —Cállate. Tú empezaste. —Estás celosa por lo de Hector, ¿cierto? Samantha se tensa. —No. Bueno... un poco. Brandon se acerca de nuevo, esta vez abrazándola con cuidado. —Samantha, yo no soy gay. Y aunque lo fuera, tú me habrías hecho dudar. Ella río bajito contra su pecho. El calor de su cuerpo, su aroma, la hacían sentirse en casa. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que estaba justo donde debía estar. Su loba aullaba sin parar. No quería irse de allí. —Tienes que ir al médico, igual. —Si me acompañas, voy. —Hecho. Esa misma tarde fueron a una clínica especializada en dinámicas alfa/omega. Brandon fue atendido por un médico de edad media, serio, pero con una mirada paciente. Lo hizo pasar, mientras Samantha esperaba en el umbral de la puerta. Una vez adentro, el doctor tomó muestras, revisó su historial y comenzó a hacer preguntas específicas. Al revisar su análisis hormonal, frunció el ceño. —Tu gen alfa está bastante reactivo. ¿Has estado expuesto a las feromonas omega recientemente? Brandon simplemente señaló hacia la puerta. —Ella. —¿Son pareja? —Sí —respondió Brandon, sin dudar. —No —dijo Samantha desde la puerta entreabierta. —¿Amigos? —insistió el doctor. —Sí —dijo ella, cruzándose de brazos. —No —contestó Brandon de nuevo. El doctor suspiró, mirando la tabla y luego a ambos. —Ajá. Veo el problema. Brandon se encogió de hombros. —¿Tengo alguna enfermedad? —No. Pero tu biología está… confundida. Puede que tengas un tipo de celo irregular. Tú lobo está en su limite ¿Has pasado por un celo antes? Brandon asintió con pesar. —Una vez. Fue horrible. Sentía que me arrancaban la piel desde adentro. Perdí el conocimiento. Estuve tres días encerrado en un cuarto con candado. Era adolescente. El doctor apuntó algo en su tabla digital y luego miró directamente a Samantha. —Señorita, si no está interesada en formar un vínculo con este alfa, mi recomendación médica es: aléjese. Samantha parpadeó. —¿Así de simple? —Así de complejo —aclaró el doctor—. El deseo en un alfa no controlado, especialmente si el celo es irregular, puede derivar en pérdida de control, fragmentación de personalidad e incluso comportamientos obsesivos. No quiero asustarla, pero si él la huele cuando entra en celo, y usted no está dispuesta, no podrá detenerse. Y puede que ni siquiera recuerde lo que haga. Brandon tragó saliva. —¿Eso significa que tengo... múltiples identidades? —No aún. Pero podrías. Si no eliges con quién pasar tu siguiente celo, tu mente podría crear una “solución” alternativa. Un protector. Un agresor. Un dominador. Lo que sea necesario para saciar el instinto. Samantha lo miró como si acabaran de decirle que cargaba una bomba atómica. —¿Y si... lo controlo? —Solo hay dos formas —explicó el médico—: aislamiento... o apareamiento con una pareja estable. El silencio se volvió denso. —¿Y si intento una tercera opción? —dijo Brandon, mirando a Samantha con una ceja alzada—. Algo intermedio... como, no sé, verla todos los días, besarla de vez en cuando, y... que me abrace cuando tenga crisis existenciales. Samantha lo miró como si no supiera si pegarle o besarlo. —Tú y tus ideas de tratamiento experimental... El doctor levantó la mano, impaciente. —A este paso, voy a tener que recetarles una habitación acolchada a ambos. Ya te hice una receta para el golpe de la cara. No me has dicho cómo te lo hiciste, solo espero que no se repita. Por poco y se fracturan algunos huesitos faciales. —Gracias, doctor. —Si sientes molestias solo aplica el gel. Y ven en un mes. —Lo haré. Samantha se gira para irse, y Brandon la siguió, toma su mano y camina sin soltarla. Mientras salían del consultorio, ella le dijo en voz baja: —No sabía que existieran tantos..contratiempos en un alfa, Brandon. —Entonces, puede que vivamos una telenovela sobrenatural, ¿estás lista para eso? —No sé —responde ella, sonriendo—. Pero contigo... creo que todo será como un arcoiris...lleno de colores. Brandon la abraza fuerte, como si pudiera calmar a su lobo interno solo con su tacto. Ella también lo sintió. Su loba no estaba asustada. Estaba emocionada. Y ambas sabían que esto... apenas comenzaba. Ese alfa sería su perdición de una u otra forma.
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