Quien manda.

1215 Palabras
Brandon volvió a besarla con urgencia, con hambre. Sus manos bajaban por su cintura, acariciando con deseo, buscando más. Sus dedos rozaron el borde de sus prendas de vestir, y con torpeza comenzó a desabotonarla. Pero entonces, Samantha lo detuvo con firmeza, con sus manos sobre su pecho. —Detente —susurra, con la voz quebrada. A punto de ceder. Él frunce el ceño, confundido. —¿Por qué? Ella guardó silencio. Su pecho subía y bajaba, su loba Thay se acurrucaba en un rincón, temblando de deseo. Klas, el lobo de Brandon, gruñó levemente desde dentro, como si no soportara más la tensión. —No la fuerces, —le dijo a su dueño— ella… es virgen. Brandon se quedó paralizado, repitiendo en voz baja: —¿Eres virgen? Samantha lo miró con los ojos muy abiertos, con su corazón bombeando tan fuerte que dolía. —¿Cómo...lo sabes? Klas gruñó por dentro, sin querer traicionar a Thay. No podía decir que ella se lo confesó. Así que Brandon improvisó: —Es obvio —murmura—. Tus nervios… cómo te sonrojaste aquella vez que me viste tocándome… cómo me has evitado todo el día y cómo te enciendes ahora. Ella baja la mirada, mordiéndose el labio. Brandon se aparta, pasa una mano por su cara y baja la mirada hacia el enorme bulto en su pantalón. Se ajusta con una mueca de frustración y se sirve un whisky, dándose un trago largo. —Yo... —Solo te traje para decirte que no soy gay —dijo con voz baja—. No era mi intención asustarte. Si hubiera sabido que eras virgen...yo no... —No tenías que robarme el primer beso —lanza ella, recogiendo su cartera del suelo—. Con decirlo bastaba. Se dirigía a la puerta cuando el timbre sonó, estridente, cortando el aire tenso como un cuchillo. Brandon maldijo en voz baja al ver la pantalla del intercomunicador. —Maldicion...Es mi padre. Escóndete, por favor. Si te ve aquí… es un problema. —¿Qué? ¿Dónde? —Mi cuarto. ¡Rápido! Ella corrió tras él, y Brandon abrió la puerta de su habitación. Antes de cerrarla, tomó un frasco plateado y roció el aire con un líquido que eliminaba las feromonas, neutralizando el aroma de Thay. La puerta principal se abrió. Samantha, desde el interior del cuarto, entreabrió apenas la puerta. Observaba con los ojos muy abiertos. Michel Lefévre, de 54 años, entró tambaleándose. Borracho. Con la camisa desabotonada, el rostro desencajado por la pérdida y la rabia. Brandon se acercó, intentando hablarle. —Papá, no puedes seguir viniendo así. —¡Perdí todo en el maldito casino! ¡Son unos putos ladrones! —bramó Michel—. ¡Por ti estoy en la quiebra! ¡Porque tú espantaste a tu madre al nacer! —Mamá se fue porque tú la maltratabas, no por mí. Y entonces, sin previo aviso, Michel le lanzó un puñetazo directo al rostro. Brandon cayó de lado, tambaleándose, pero no respondió al golpe. —Arrodíllate —ordenó Michel, activando toda su energía de alfa dominante. —¡Padre! Brandon gritó por dentro. El comando alfa lo hizo temblar, con su cuerpo negándose a resistir. Cayó de rodillas, el rostro torcido en dolor. Cuando el líder habla se debe obedecer. —Tu madre se fue por tu culpa, así que ahora te toca cargar con esa maldita responsabilidad. ¿Me oyes? Samantha quería salir. Quería gritar. Pero Thay se lo impidió. —No, —susurra la loba dentro de ella— no puedes, lo meterás en problemas. Desde la puerta apenas entreabierta, los ojos de Samantha se llenaron de lágrimas al ver al hombre que la besó, reducido y humillado ante el que debería haberlo protegido. Su progenitor. Y algo dentro de ella cambió para siempre. —Papá, deja de tomar y regresa. Michel se sirvió otra copa directamente de la botella que tomó del estante. Se dejó caer en el sofá, murmurando incoherencias entre trago y trago. Brandon lo observó con resignación, sabiendo que esa escena no acabaría pronto. Suspiró hondo. —Que te jodan, bastardo. Soy tu padre y voy a hacer lo que me da la gana. Maldito escuincle. En el cuarto, Samantha, atrapada en ese espacio cargado de tensión, se había quitado los zapatos y, temblando de nervios, se sentó al borde de la cama. —¿Cuando se va a ir?—murmura. No sabía cuánto tiempo llevaba allí, solo que las voces poco a poco se hacían más lejanas, como si flotaran en otra dimensión. El cansancio, el alcohol y la adrenalina la vencieron. Sin notarlo, se quedó dormida. Brandon, ya cerca de la madrugada, se levantó cuando vio a su padre completamente dormido y roncando en el sofá. Tomó el teléfono y llamó a su chófer. Este respondió en el primer timbrazo. «Llévate a mi padre a casa, Adán» «Si, joven» Colgó. En minutos un hombre de piel morena tocó el timbre. —Que lo bañen, le preparen sopa, algo para la resaca. Que no le falte medicina —ordenó con voz baja pero firme. Justo cuando iba hacia su habitación recordó que Samantha aún estaba ahí. Entró con cuidado, sin hacer ruido… y la vio. Dormida. Serena. Con los pies descalzos, su blusa algo arrugada, el cabello enredado en su cara. Parecía un ángel abandonado a un mundo que no comprendía. Una sonrisa suave se dibujó en los labios de Brandon. Ninguna mujer había dormido en esa cama. Nunca. Él no lo permitía. Pero ahí estaba ella. No por sexo. No por una noche de placer. Sino por pura casualidad… y destino. Se quitó la corbata, la dejó caer en la silla y, sin pensarlo mucho, se metió en la cama junto a ella. No la tocó. No la despertó. Solo se quedó mirándola un rato mientras jugaba con sus mechones de pelo… hasta que el sueño lo venció. Al siguiente día, Samantha se removió y parpadeó, con la garganta seca y el cuerpo algo adolorido por la posición en la que había dormido. Se desperezó… y entonces pum. Sus ojos se abrieron de golpe. Brandon estaba a su lado. Dormido. Su pecho subía y bajaba despacio, su boca apenas entreabierta, su cabello desordenado cayendo sobre la frente. Parecía un maldito ángel… o un demonio disfrazado de deseo. Y ella tomando su antebrazo de almohada. Samantha se quedó paralizada. Su mente se disparó: ¿Qué hice? ¿Dormí aquí? ¿Qué pasó con su padre? ¿Qué hora es? ¿¡Y el trabajo!? Se mira la ropa y aunque arrugada la lleva tal cual como el día anterior. —¡Mierda, me lleva el coco!—susurra. Saltó de la cama sin hacer ruido, buscó sus zapatos a tientas y se agachó para colocárselos. Sentía su corazón galopar como loco. Miró una última vez a Brandon, que aún dormía profundamente. Tragó saliva. No sabía qué había pasado realmente, ni cómo iba a encarar todo eso después. Pero debía irse. Tenía que vestirse, alistarse, poner cara de “todo está bien” en el trabajo… y fingir que no había dormido en la cama del hombre que ahora alteraba no solo su loba, sino su alma y encima con una vida y un pasado muy oscuro.
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