Una nota en forma de Cisne.

1452 Palabras
El ambiente en la oficina había cambiado. Ya no era solo tensión y chismes; ahora flotaba una especie de electricidad nerviosa, especialmente cuando Brandon y Samantha se cruzaban. Y se cruzaban mucho. —¿Otra vez tú en la máquina de café? —pregunta Samantha al verlo por tercera vez en la mañana. Brandon sonrió, alzando su vaso. —El café sabe mejor si lo comparto contigo. Ella rodó los ojos, pero sus mejillas traicionaron su respuesta. Sonrojada, gira sobre sus talones y regresa a su escritorio. Mientras tanto, el resto del piso estaba en crisis. —¡¿Cómo que se acabó la materia prima?! —grita Hamlet, desarmando su propia carpeta como si allí estuviera la solución. —¡Se viene una tormenta eléctrica esta noche! ¡Y la mitad del equipo no ha mandado los reportes! —chilla Camila, con el teléfono pegado a la oreja y el delineador corrido. Entre reportes que no llegaban, sistemas colapsando y empleados corriendo como gallinas sin cabeza, Brandon y Samantha parecían vivir en una burbuja aparte. A mediodía, un mensajito le llegó al celular a Samantha: Brandon: “Si te estresas, recuerda respirar. Y pensar en mí con traje. Eso relaja. Confirmado científicamente. ❤️” Samantha se rió en silencio, escondida tras su monitor al leerlo. Samantha: “¿Tú estás trabajando algo? Porque pareces en vacaciones pagadas románticas. Te van a botar. Ponte a trabajar.” Minutos después, un mensajero dejó un café en su escritorio. En la tapa decía, con marcador n***o: “¿Quieres ser mi prometida?” Samantha lo mira, levanta la vista y lo encuentra a lo lejos, haciéndose el loco, revisando unos papeles como si no supiera leer. Ella le mandó un mensaje corto: Samantha: “Lo pensaré.” Dos horas después, alguien dejó un ramo de flores en su escritorio con una tarjeta anónima: “Sé mi novia. O te mandaré más flores y harás alergia. Tu admirador (no tan) secreto.” Samantha respiró hondo y caminó hasta su escritorio. Le escribió: Samantha: “Brandon, estoy en cierre de proyectos, el cielo se va a caer en cualquier momento, y no tengo tiempo de lidiar contigo haciéndome la Rosalía. ¡Déjame trabajar!” Minutos después, silencio. Hasta que… —¿Qué haces aquí? —pregunta ella sorprendida, al verlo aparecer en el área de archivo. Brandon cerró la puerta detrás de él. —Buscando un archivo importante —dijo con tono misterioso, caminando hacia ella. Samantha retrocedió un paso, luego otro, hasta chocar contra un estante de carpetas. —¿Brandon? —Shhh… solo un segundo. Necesito recargar. La besó. No suave, no lento. Fue un beso directo, como quien dice "me cansé de esperarte". Ella se dejó llevar un momento… hasta que él, con habilidad de ninja romántico, le metió algo en el bolsillo. —¿Qué es esto? —Ábrelo cuando estés sola. Y se fue. Samantha, con el corazón desbocado, esperó a que nadie la viera y sacó el papel. Era una figura de origami, un cisne perfectamente doblado, y dentro, con letra pulcra: “Cena esta noche. Te recojo a las ocho. Prometo no hablar del trabajo. Ni de ser tu novio (bueno, tal vez un poco). Brandon.” Ella suspira. —Este hombre… Ya en la oficina, su amiga Claudia pasó por detrás, vio el cisne y chasqueó la lengua. —¿Origami? ¡Eso es amor con presupuesto y paciencia! Yo que tú, me pongo tacones esta noche. —¿Qué? —Si, Brandon me dijo que te ayude con tu trabajo y así te queda tiempo para ir a tu apartamento y alistarte para esta noche. —Este hombre es el final, actúa como el dueño de esta empresa. Samantha mira el cisne otra vez… y sonríe. La noche había comenzado con promesas de romance. Samantha se arregló con un vestido sencillo, n***o, con suéter beige encima por el frío. Beatriz, su madre que estaba en una vídeo llamada con su hija, alza una ceja. —¿Así vas a salir con el que te hace mandar cisnes en origami? Ponte perfume, mija, el mejor… Samantha se echó a reír, pero obedeció. —Claudia no podía guardar silencio. —Claudia es mi segunda hija prácticamente. —Bien, llama a tu segunda hija. Ya me tengo que ir. Sinó llegaré tarde. A las ocho en punto, Brandon la recogió, guapo, con una camisa blanca doblada hasta los codos y una chaqueta gris. Le abrió la puerta del auto como todo un caballero. —¿Lista? —Mientras no me vuelvas a acorralar contra una pared con pepinos en la cara, sí. —Aún tengo flashbacks de tu madre. Creo que sigo en terapia. Ambos rieron. La noche prometía. Llegaron a un pequeño restaurante con terraza techada, luces cálidas colgando y vista directa a la calle mojada por la lluvia. Todo era íntimo, acogedor, casi mágico. Samantha pensó que era el tipo de lugar donde una historia podría empezar… o arruinarse. —Gracias por venir —dijo Brandon mientras le tomaba la mano sobre la mesa. —Gracias por insistir como acosador emocional —bromea ella. —Tú me dijiste que lo pensarías. Esto es ayudar con la reflexión. El camarero llegó con vino. Hablaron de todo: de cómo terminaron trabajando en el mismo lugar sin saber que eran vecinos, de sus lobos interiores, de música, de películas… Hasta que, sin saberlo, fueron observados. Afuera, del otro lado del ventanal, Imaray, con paraguas rojo y cara de detective frustrada, se asomaba entre los autos. Y cuando los vio tomados de la mano… —¡JA! —dijo en voz alta, aunque nadie la oyó por la lluvia—. ¡Ahora sí, Samantha… ahora sí te tengo! Sacó el celular y click, click, click, tomó fotos desde todos los ángulos posibles como paparazzi desesperada. —Te robas el puesto de líder, te robas a mi Brandon, te robas los cafés de la máquina, ¡pero esta vez no te escapas, maldita mosca muerta! Desde la mesa, Brandon frunció el ceño. —¿Tú oíste eso? —¿Qué cosa? —No sé… me siento observado. Samantha se encogió de hombros y tomó un sorbo de vino. —No hay nadie afuera. Imaray se apartó de la ventana como Gollum protegiendo su "tesoro" fotográfico. Murmuró entre dientes con espuma invisible: —¡Te vas a enterar, zorra…! Este escándalo te cuesta el puesto y el macho. Al día siguiente En la oficina, el ambiente ya estaba raro desde que abrieron. Había silencio y susurros que se cortaban cuando Samantha pasaba. Claudia la miró y la recibió con un: —Prepárate. Las hienas están hambrientas. Samantha arqueó una ceja. —¿Otra vez empezaron los chismes? —Más que chismes… Imaray llegó con las fotos de la cena como si fueran pruebas de un crimen. Ya le dijo a Hamlet que vas a seducir al CEO, que le robaste a Brandon, que planeas quedarte con el edificio. Samantha bufó. —¿Y Hamlet qué hizo? —Le preguntó si estaba bien del hígado. Pero eso no la detuvo. Samantha suspiró y se sentó en su escritorio. Brandon, ajeno a todo, apareció minutos después con cara de "vengo a robarte cinco minutos y medio corazón". Le guiñó un ojo y ella solo levantó una ceja. —¿Café de reconciliación post-vino? ¿con donas o cup cakes? —No gracias. Ya me tomé uno con veneno emocional cortesía de los rumores. —¿Eh? Claudia se acercó y le dijo al oído: —Te tomaron fotos anoche con tu novia... digo, con Samantha. La arpia lo está usando como material de guerra. Brandon se giró lentamente hacia Samantha. —¿Esto es en serio? Ella asintió, harta. —Ya mismo voy a hablar con Hamlet. —No. No lo hagas —dijo ella—. No quiero que piensen que te tengo a ti para que me salves. —No es por eso. Es porque si esa loca vuelve a decirte “mosca muerta”, le voy a demostrar que los cisnes también pican. Claudia se tapó la risa con la carpeta. Samantha cerró su portátil. —Y tú... deja de mandarme flores, cisnes, café, ¡todo! Ya estoy bastante abrumada. Estas mujeres si se enteran me van a desintegrar. —Entonces acepta salir conmigo en público y resolvemos esa confusión. Samantha lo miró con los ojos entrecerrados. —¿Y si te digo que no? —Te mando una orquesta de mariachis con pancartas. Ella puso los ojos en blanco y se alejó hacia el ascensor. Brandon se quedó ahí… y cuando estuvo seguro de que nadie lo veía, sonrió.
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