Hola suegrita y otros desastres naturales.

1920 Palabras
—Samantha, ¿puedo hablar contigo un momento? Brandon estaba de pie junto al cubículo de ella, imponente, con ese perfume caro que volvía loca hasta a la impresora. Samantha apenas levantó la mirada de su teclado. —¿Ahora? Estoy ajustando la tabla de proyecciones. —Será rápido. Quería decirte que el CEO te subió oficialmente de puesto. Serás líder de equipo. Como yo. Samantha frunció el ceño. —¿Qué? ¿Y eso? —Supongo que alguien vio tu trabajo y lo valoró. Además puedes tener y elegir tu propio equipo, pasa por mi oficina. Tú nuevo contrato te espera—Él sonrió con picardía, omitiendo mencionar que ese “alguien” era él mismo. —Wow… gracias. Bueno, en un rato paso. —¿En un rato? —Sí, estoy... ocupada. Voy luego. Brandon apretó la mandíbula. Ese “luego” se convirtió en varios días. Cada vez que él intentaba hablar con ella: algo pasaba.. —¿Samantha? ¿Ahora podemos hablar? —¡Ay, no! ¡La consola del servidor se prendió fuego! —gritó Hamlet corriendo por el pasillo. Al día siguiente: —¿Y ahora? —¡Se fue la luz! ¡Y justo el elevador tiene a Imaray atrapada con el nuevo! —gritó Claudia desde su escritorio. Otro día: —¿Y hoy sí? —Perdón, Brandon. —S el personal le mostró —. Huelga nacional de transporte. Trabajo desde casa. Ya era oficial: el universo no quería que hablaran en privado y pareciera que ella no quería el cargo. Hasta que Brandon perdió la paciencia. Esa noche, Samantha estaba en su departamento con una bata rosa, pies sobre la mesa, mascarilla de pepino y hablando por videollamada con su madre. —Mami, ya te dije que estoy bien. Solo cansada del trabajo. No, no he cocinado. Sí, comí algo… ¡un yogurt con galletas cuenta como cena! Si me ofrecieron otro cargo pero aún lo estoy pensando. Beatriz, desde la pantalla, la observaba con mirada de madre radar. —¿Y Brandon? ¿No han hablado? —¿Cómo sabes de Brandon? —Claudia me escribe a veces. Tiene tu cara de “me gusta pero me hago la difícil”. —¡Mami! —Ay, hija, no hagas como yo que esperé cinco años por tu padre y resultó ser sordo para el amor. Justo en ese momento, se escuchó un golpe en la puerta. —¡Voy! —dijo Samantha, poniéndose de pie con los pepinos aún pegados en la cara—Mami, vengo enseguida debe ser Claudia. Cuando abrió, ahí estaba Brandon, con los ojos brillando, medio despeinado, y una tormenta en el pecho. —¿¡Brandon!? —¿“Luego” es ahora? —No puedes venir a mi casa así como así... —Ya lo hice. Dime si vas a aceptar o no el cargo debo dar una respuesta. Brandon entró. Samantha retrocedió instintivamente, pero él cerró la puerta con una firmeza que electrificó el ambiente. —Brandon… estoy con mi mamá en videollamada… —Perfecto. Así sabe que estás bien. Porque yo, no. Encima me ignoras. El piensa que ella miente en cuanto a la llamada para salir del paso. Antes de que ella pudiera seguir hablando o escapar, él la acorraló contra la pared. Metió su pierna entre las de ella, sus manos atraparon con suavidad pero firmeza las muñecas de Samantha, alzándolas por encima de su cabeza. Sus lobos en su interior despertaron. —¡Brandon! —protesta ella, aunque su voz temblaba más por el deseo que por enojo. —¿Cuántas veces tengo que buscarte para que me escuches? ¿Por qué me evitas? ¿Te asusto o te gusto demasiado? Me estás volviendo loco. Mi lobo me está volviendo más loco todavía. Ya perdí la cuenta de cuántas veces me he masturbado y aún así no es suficiente ¿se te olvidó lo que nos dijo el médico? Ella iba a decir algo, pero sus labios la interrumpieron. Él la besó con rabia contenida, con frustración y anhelo. Samantha pataleó… un poco. Tal vez por costumbre. Luego, sus piernas aflojaron, y su corazón se aceleró tanto que pensó que iba a explotar. —¡Mmmfff! —Ya no más “luego”. —Le murmura él, rozando su cuello con los labios, mientras le agarra el trasero —. No más excusas, por favor. O me empujas de verdad… o me dejas quedarme. Ella jadeaba. Su ropa interior estaba empapada. Sus cuerpos estaban tan cerca que ya no había espacio para negar nada. —¿Todo bien, hija? —grita Beatriz desde la laptop, que aún seguía en la mesa aunque por el ángulo no podía ver nada si escuchó todo—. ¿Quién es ese hombre con voz de actor porno? ¿Hija? ¿Llamo a la policía? Samantha gritó: —¡TODO BIEN, MAMI! Brandon rio contra su cuello, pensando que era Clara haciéndose pasar por la madre de Samantha. —Dile que te llamo después. O puede quedarse… pero voy a seguir donde iba. Samantha lo miró con los ojos entrecerrados, pero con la respiración desbocada, cuando el deslizó su mano por debajo de su ropa interior tocando su humedad. —Eres un descarado—le susurra. Samantha le da en el pecho con el puño cerrado. —Y tú… llevas días torturándome. El la carga y la sienta en la mini isla y los pepinos que estaban en una canasta, cayeron al suelo. Samantha apenas podía respirar. Aún con la bata medio abierta, los pepinos en el piso, el corazón galopando, y Brandon con su mano aún sobre su cintura, tragando saliva como si acabara de comerse un cuchillo. —¿Ese es Brandon? —la voz de Beatriz se escuchó fuerte y clara desde la laptop—. ¡Samantha, hija! ¡Acércale la cámara! Quiero verlo bien. —¡Mami, no es el momento! —¡Claro que lo es! ¿O quieres que lo vea por el noticiero cuando lo arresten por acorralarte? Ya me imagino el título del encabezado: "Hombre Alfa acosador de su compañera de trabajo que también es su vecina". Brandon se aclaró la garganta, abrió los ojos como platos, se le paró la respiración ligeramente, se le bajó la ërecciön y alzó la mano, saludando tímidamente a la pantalla cuando se puso frente al dispositivo para confirmar su error. —Buenas noches, señora Beatriz. Soy Brandon... —Sí, sí, ya sé quién eres. Claudia me mandó fotos tuyas. Hasta me dijo cuántas veces has besado a mi hija y tu dirección por si le pasa algo a mi pequeña flor. Samantha palideció. —¡Claudia es una traidora! —Claudia es una santa que mantiene a esta pobre mujer al tanto —respondió Beatriz con orgullo—. Ahora escúchame bien, Brandon como sea que te apellides. Brandon se enderezó. Literalmente se puso en posición de firme como si fuera un cadete. —Dígame, señora. —Aquí no estamos para juegos. Si tú vienes a pasar el rato con mi hija como si fuera una parada más en tu itinerario de aventuras, puedes irte por donde viniste. ¿Estamos? —Sí, señora. Clarísimo. —Y si algún día me entero que la haces llorar, que la usas o que la tratas mal, yo misma, con estas manitas, ¡te lo mocho! porque las únicas lágrimas que quiero que mi hija suelte sean de felicidad cuando estén en la cama o tengan a sus hijos ¿Quedó claro? Samantha se llevó una mano a la cara, avergonzada. Brandon tragó en seco. —Cristalino. Beatriz lo miró en silencio por unos segundos, con esa mirada de madre que escanea almas. —Bien. Ahora dime, ¿qué sientes por mi hija? Y como me mientas me vas a conocer. Brandon respiró hondo, como si se estuviera lanzando de un paracaídas sin cuerda. —Me gusta. Mucho. Muchísimo. Es inteligente, valiente, directa… hermosa. Me desarma. Quiero tener una relación con ella. Formal. Mi lobo ya ama a su loba...y somos clínicamente compatibles. Samantha levantó la vista, sorprendida. No esperaba que él lo dijera así, sin titubeos. Antes pensó que el solo la quería para un rato. Beatriz sonrió con una mezcla de ternura y amenaza. —Bien. Entonces tienes mi bendición. Samantha soltó un bufido. —¿Qué? ¿Eso fue todo? ¿Lo vas a bendecir así como así? —¡Hija! ¡No se le dice que no al amor verdadero! —respondió su madre, emocionada—. Además, ¡mira esa cara! Y esa sinceridad. Y ese cuello fuerte. Los hombres así son buenos para cargar garrafones y proteger a las hijas. Mira como te ruega y como te desea según lo que escuche cuando llegó. —¡Mamá! Beatriz la ignoró por completo. Siguió hablando con Brandon. —La vas a cuidar, la vas a respetar y no vas a jugar con su corazón. Quiero dos nietos, no importa si son niñas o niños. Ella finge ser dura, pero es más suave que un flan al sol. ¿Entendido? —Sí, señora... Gracias. Samantha miró a ambos, con los brazos cruzados. Por alguna razón se si tío traicionada. —¿Y yo? ¿Alguien me va a preguntar si quiero esa relación? Beatriz la miró por un segundo y luego a Brandon. —¡Mírala! Está roja como tomate. ¡Claro que quiere! Si yo no estuviera aquí ya estuvieran haciendo bebés en la cocina. Brandon se ríe de la pena, y Samantha no pudo evitar sonreír también. A regañadientes, pero sonrió. —Bueno… ya está. Mami, te llamo mañana, ¿sí? —¿Y me vas a dejar colgada así? ¿Justo ahora que se estaba poniendo bueno? —¡Mamá! Beatriz bufó. —Bueno, pero si se queda a dormir, que duerma en el sillón. ¡Nada de cosas raras bajo mi techo virtual! —¡MAMÁ! —Chaito, Brandon. Más te vale hacerla feliz. Y si puedes, cómprale ese vestido rojo que le gusta pero que no se atreve a ponérselo. Ya te dije, Claudia me cuenta todo. Brandon se quedó quieto un segundo antes de responder, divertido: —Anotado, señora Beatriz. Gracias por su buenos deseos y atención. Beatriz se despidió con una sonrisa y cerró la videollamada. Samantha se dejó caer en el sofá, agotada. —No tengo privacidad ni en mi propia casa… Brandon se sentó a su lado, mirándola con ternura. —Bueno, ya tengo la bendición de tu madre. Me siento como en una telenovela… solo que con pepinos en el piso y amenazas de mutilación. —Eso fue suave. No la viste con mi primer novio. Lo echó de la casa con un cucharón de madera. Ambos se rieron. Samantha suspira. —Supongo que ahora sí… tenemos que hablar. —No hay prisa. Ya me dieron la bendición. Lo demás… lo voy ganando día a día. —Con tal de que no sigas apareciendo de la nada y empotrando a la gente contra las paredes… —¿Te molesta? Ella lo mira con una ceja arqueada. —No. Solo que avisa, por lo menos. Brandon sonrió, acariciando su mejilla. —Próxima vez… te mando una alerta por mensaje. —Espero que esa mano no sea la que metiste allí abajo. Brandon se sonroja aún más. No era la mano pero el solo recordarle como ella estaba solo con sus besos lo vuelve a encender.
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