La talla perfecta

1122 Palabras
Después del día de campo, con el cuerpo adolorido pero el corazón rebosante, Brandon y Samantha llegaron a sus respectivos apartamentos. No hablaron. No hacía falta. Ambos se escribieron por mensaje desde la cama: —“Si no fuera por la amenaza de tu padre… ya estaría en tu cama.” —“Jajaja, dormilón descarado. Mejor así, sobreviviste un día más.” —“Sí… pero apenas cierre los ojos, voy a soñar contigo. Buenas noches, Sam.”🩷🌷 —“Buenas noches, Brandon.” 💗 Ella se durmió con una sonrisa. Él, con una misión. Al día siguiente, Brandon se levantó temprano con una sola cosa en mente: encontrar el anillo perfecto. —Necesito algo único… algo que diga “te amo y te deseo, aunque tu papá quiera matarme”. Hamlet, su fiel amigo, lo acompañó de tienda en tienda, de joyería en joyería, escuchando explicaciones sobre oro blanco, diamantes y cortes princesa que lo hacían querer saltar por una ventana. —Bro… ¿seguro que no quieres solo flores, una deliciosa cena y un collar? —le pregunta ya con los pies adoloridos. —No. Flores se marchitan. Y ya le regalé muchas macetas de flores. Pero un anillo… un anillo es para siempre —dijo con los ojos brillosos frente a una vitrina. Pero cuando encontró uno que casi lo hizo llorar de emoción, se topó con un pequeño detalle: —¿Qué talla de anillo usa Samantha? —Mierda… Al final no pudieron comprar ningún anillo. Ya en la oficina, Brandon lo intentó todo. Le ofreció donas y tomó su mano para medir “discretamente” los dedos sin conseguir nada, luego fingió admirar sus manos cuando la encontró en la máquina de sacar copias, incluso fingió que deseaba comprarse relojes y joyerías para ver si ella le soplaba cuanto media por casualidad. Pero nada funcionó. Samantha sospechaba algo, pero no decía nada. Hasta que Claudia, que pasaba con un café en mano, lo vio mirándole la mano como si fuera un mapa del tesoro. —¿Qué estás tramando, líder de equipo? —pregunta entrecerrando los ojos—¿que tanto me miras? Brandon soltó un suspiro. —Estoy buscando el anillo perfecto… pero no sé qué talla usa Samantha. ¿Tú cuánto mides? ¿Miden igual? Claudia parpadeó. Lo miró como si hubiera dicho la cosa más absurda del mundo. —¿Si serás tonto, Brandon? Samantha es número seis. Me lo sé desde que fuimos juntas a comprarle unas sortijas en rebaja de ambar. ¡Debiste preguntarme! Brandon se iluminó de felicidad. —¡Gracias, Claudia! Eres una genia. Pero no le digas a nadie, ni a su madre, ni a la gata del edificio. Pero entonces la vio palidecer, abrir la boca y llevarse las manos a la cara. —¡Tú… tú le vas a hacer un anillo de compromiso a mi amiga! —¡Shhhh! ¡Claudia! ¡Ni una palabra! —¡Me mueroooo! ¡Esto es lo más romántico que me ha pasado… a través de otro! ¡Pero no te preocupes, no diré nada! Bueno, tal vez a Natalie… solo a ella… —¡Claudia! —¡Está bien, está bien! ¡Pero necesito saber qué te vas a poner cuando le hagas la propuesta! ¡Y quiero estar presente para las fotos! Brandon se frotó la frente. —Ahora lo difícil será mantenerla lejos de Samantha. Más que su papá con una escopeta... Al día después, el anillo ya estaba comprado. Un diamante solitario, lindo y resplandeciente, sobre un aro de oro blanco con un grabado interno: “Desde que llegaste, todo tiene sentido.” Brandon lo había guardado en una cajita negra con luces LED, como si la joya necesitara más magia que la que ya brillaba por su propia cuenta. Solo le faltaba algo más: preparar el escenario perfecto. Esa semana, le escribió a Samantha: —“¿Te gustaría cenar conmigo el viernes en mi apartamento? Quiero cocinarte algo rico y mimarte un poco. Nada raro, lo prometo.” Samantha tardó 3 minutos en responder: —“¿Solo mimarme?” 😏 —“Sí. Bueno… tal vez hacerte suspirar un poquito. Pero con ropa. Además aún no celebramos tu ascenso solo tú y yo” —“Acepto entonces.” Brandon respiró hondo. Ya estaba hecho. Ahora… había que blindar el perímetro. Ese mismo día, le envió dinero a su padre. No mucho, lo suficiente para tranquilizarlo y disuadirlo de hacer visitas sorpresas. La última vez lo había dejado con una ceja rota y una anécdota patética: su propio padre le había casi partido una botella en la cabeza por no enviarle plata a tiempo. Aquel episodio no solo lo humilló, sino que lo obligó a cambiar todo el sistema de seguridad del apartamento. Desde entonces, la puerta era a prueba de padres tóxicos. —“Ni un oso polar armado entra sin mi permiso,” —le dijo a Hamlet mientras probaban el nuevo comando por voz. —Bro, debes ponerle frenos a tu padre. La próxima vez solo llama a la policía. No tienes por qué cargar con sus problemas de juego y apuestas. —Es complicado, lo sabes. El viernes en la noche llegó. El apartamento estaba limpio, perfumado, con velas aromáticas y música de fondo. Una mesa para dos junto al gran ventanal. Spaghetti con salsa cremosa de ajo y camarones. Ensalada fresca. Vino tinto. Pan casero y música romántica. Y por supuesto… el anillo oculto en una caja dentro del cajón de la repisa junto al comedor. Esperando su gran momento. Samantha llegó puntual, con un vestido sencillo y los labios pintados de rojo vino. —¿Y esta elegancia? —bromea Brandon, abriéndole la puerta, vistiendo solo camisa y pantalón de tela. —¿Y tú? ¿Qué es este olor a chef cinco estrellas? Se abrazaron con ternura. —Es el olor de un hombre enamorado… y nervioso. —¿Por qué estás nervioso? —pregunta ella, sin sospechar nada. —Ya verás... Comieron entre risas y miradas suaves. Ella bromeaba con que debía invitarla más seguido, y él solo sonreía con cara de “si supieras”. Pero antes de sacar el anillo, Brandon necesitaba asegurarse de que ninguna interrupción arruinara ese momento. Tomó su celular y revisó los sensores de movimiento de su entrada. —“Todo en orden. Papá offline.” —murmura aliviado. —¿Qué dijiste? —Nada… solo que esta noche nadie me va a quitar la oportunidad de decirte algo importante. Samantha arquea una ceja, divertida. —¿Algo importante? Brandon se levanta. Camina hacia la repisa. Y allí… la historia estaba a punto de cambiar.
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