Almas gemelas.

1042 Palabras
—Este vino está delicioso —dijo Samantha, con la segunda copa en la mano, sus mejillas ligeramente sonrojadas—. ¿Qué le pusiste? ¿Encantamiento de Cupido? Brandon sonrió y la miró con ternura desde el otro lado de la mesa. —No, pero ojalá funcione igual… porque esta noche tengo algo que decirte. —¿Algo más? ¿No era la cena gourmet y la música sexy? —bromeó, señalando el altavoz donde sonaba un jazz suave. —No, algo importante de verdad. Brandon se levantó. Caminó hacia el mueble del comedor con el corazón retumbándole en el pecho. Sacó la cajita negra del cajón y volvió, con paso firme… pero manos temblorosas. Samantha lo observaba con curiosidad y una sonrisa juguetona que desapareció al instante cuando él se arrodilló frente a ella. —Brandon… —Shhh… —le dijo él, mirando sus ojos—. No digas nada todavía. Déjame arruinarte con mis palabras. Ella rio bajito, nerviosa. —¿Qué estás haciendo? —Lo que debí hacer desde el primer momento que vi que no eras como las demás. Desde el primer chiste tonto que me reí contigo, desde la primera vez que me hiciste café. Desde que conocí a tus padres… y sobreviví. Samantha soltó una carcajada y se tapó la boca. —Desde entonces, supe que no iba a querer estar con nadie más. Que tú eras mi hogar. Así que… Abrió la cajita. Un diamante sencillo, pero con un brillo que hizo que los ojos de Samantha se aguaran de inmediato. —Samantha … ¿quieres casarte conmigo? Ella tardó solo tres segundos en responder: —¡Claro que sí, tonto! ¡Sí! —le grita, lanzándose a sus brazos y besándolo con fuerza, haciéndolo tambalear hasta casi tumbarlo al suelo. —Gracias a Dios dijiste que sí, porque no tengo plan B —broma él, poniéndole el anillo en el dedo tembloroso. —¡Es hermoso! ¿Cómo sabías mi talla? —Lo supe porque... Claudia me lo gritó en el pasillo y luego la amenacé si se lo contaba a alguien —confiesa, entre risas. Ambos estaban felices, eufóricos, con los corazones latiendo a mil. —Ven, necesito sentarme… antes que me caiga de nuevo de la emoción —dijo ella, tomándolo de la mano, lo condujo a su habitación. —¿A mi cama? —¿A cuál otra? Entraron a la habitación entre risas y besos, y terminaron tirados sobre las sábanas grises. Samantha le acariciaba el pecho, con la cabeza en su hombro. —Técnicamente… ya somos casi esposos —murmura, subiéndole la pierna. —Samantha… no empieces… —dijo él, tragando saliva—. Tu papá me va a matar. ¿Recuerdas lo que me dijo en el campamento? —“Espero que tu anaconda se quede en tus pantalones”… —repitió ella, con cara traviesa—. Pero no va a enterarse, ¿o sí? Brandon se incorpora, mirándola serio. —Si me toca el alma con esa escopeta, no hay boda. Ella ríe, abrazándolo. —¿Y piensas decirle que ya te arrodillaste y me pediste matrimonio? —No, aún no… —dijo él, mirándola a los ojos—. Porque si le digo, sabrá que estoy más cerca de comerme el pastel… y tú sabes que no puedo llegar al final todavía. Samantha se mordió el labio. —No me tientes… —No lo haré… —susurró él, acercándose—. Pero tampoco te voy a dejar con ganas. Y la besó. Lento. Profundo. Ardiente. Los lobos en sus almas aullaron sin hacer ruido. Y el cuerpo de Brandon tembló de deseo… pero se contuvo de hacerla suya. Porque no quería que el final fuera rápido. Quería una vida entera con ella. La luz tenue del cuarto apenas iluminaba los contornos de sus cuerpos. Samantha yacía a su lado, aún con la emoción del compromiso brillando en sus ojos. Su respiración estaba acompasada… hasta que su mano comenzó a acariciar lentamente el pecho de Brandon. —¿Sabes? —susurra ella, con los dedos dibujando círculos lentos—. El vino, tu propuesta… todo esto me hace sentir como si flotara. —No es el vino —murmura él, mirándola con intensidad—. Eres tú. Ella baja la mirada, pero su mano siguió descendiendo, rozando su abdomen, lenta, tentadora. Brandon se tensó. Sintió un escalofrío recorrerle la columna. —Samantha… —musita en advertencia, pero sin apartarse—. No me provoques. —¿Y si ya lo estoy haciendo? Brandon cerró los ojos, intentando contenerse. Pero su instinto, ese lobo interno que rugía por ella desde hacía tiempo, no pudo seguir aguantando. —Estás jugando con fuego… Ella levantó la vista y lo besó, suave al principio, pero pronto el beso se volvió más profundo. Sus cuerpos se entrelazaron, y su mano se perdió en las curvas de ella, acariciándola con devoción, con hambre contenida. —Te deseo tanto… —confiesa él con voz ronca, contra sus labios—. Pero si cruzamos esa línea… no voy a detenerme. —Entonces no te detengas solo no llegues al final —susurra ella, jadeando, aferrándose a él. Brandon se incorpora ligeramente, la mira con los ojos oscuros de deseo, acaricia su mejilla… pero se detuvo. —No, Sam —dijo al fin, bajando la frente contra la de ella—. No así. No aún. —¿Por qué? —pregunta ella, confundida, pero sin enojo. —Porque cuando estés en mi cama… no quiero que sea a escondidas, ni con miedo a que tu padre me dispare. Quiero que sea después de bailar contigo en nuestra boda, de decirte “te amo” frente al mundo. Quiero que sea perfecto. Ella lo mira con los ojos aguados, y lo abraza con fuerza. —Eres demasiado lindo...bueno… y eso solo me hace desearte más. Él ríe, pero el temblor en su cuerpo lo delataba. —Entonces duérmete, antes de que ese lobo que tengo dentro se le ocurra otra cosa. —Duerme tú primero, caballero de moral firme. Ambos rieron. Se abrazaron bajo las sábanas. Y aunque los cuerpos gritaban, el alma ganó esa noche. Porque el amor verdadero también sabe esperar.
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