Aunque sus cuerpos estaban quietos bajo las sábanas, sus corazones no lo estaban.
Brandon acariciaba la espalda desnuda de Samantha con delicadeza, como si sus dedos pudieran memorizar cada trazo de ella.
Y aunque había prometido esperar… no podía fingir más.
—No puedo dormir —susurra él media hora después, con la voz áspera de deseo contenido.
—Yo tampoco —responde ella, aferrada a su pecho—. Algo dentro de mí… arde.
Sus lobos internos, ocultos bajo piel y hueso, se sentían más presentes que nunca.
Y en ese instante, hablaron entre ellos sin palabras.
Una conexión animal y pura se fundió entre ambos.
Brandon la miró, con ternura y fuego al mismo tiempo.
—No temas —le dijo, mientras sus dedos bajaban hasta el borde de su camisón—. Podemos...ayudarnos a desahogarnos. No voy a ponerlo.
Samantha, con la respiración temblorosa, lo miró directo a los ojos.
—No tengo miedo, Brandon. Te amo.
Él la besa con una devoción casi sagrada.
Y entonces, con un cuidado reverente, la desnuda y se desnuda.
Cada prenda, cada roce, fue un acto de amor.
Brandon no la apresuró. No la invadió.
Se recostó sobre ella, sintiendo su piel contra la suya, y colocó su hombría entre sus piernas, sin penetrarla.
Solo la presión, el calor, el deseo…
Sus cuerpos vibraban, temblaban.
—Esto es nuestro —susurra ella—. Nuestro momento.
Se movieron en una danza suave, profunda, de almas que se buscan más allá de lo físico.
El roce, la fricción, las caricias, toqueteos, los suspiros ahogados…
El lobo de él aulló en su interior.
La loba de ella respondió.
Fue un acoplamiento de almas, más allá del cuerpo.
Brandon la abraza fuerte, besándole el cabello.
—Esto es más real que cualquier promesa dicha en un altar.
—Entonces ya estamos casados —murmura ella, con los ojos cerrados y el corazón latiendo en paz.
Él sonríe.
—Solo no se lo digas a tu papá todavía… no estoy listo para morir.
Ambos rieron en voz baja, cómplices de su amor.
Samantha temblaba entre sus brazos.
El ambiente se llenó de una calidez espesa, como si el mundo entero se hubiera detenido en esa habitación.
Brandon no decía nada, pero su mirada hablaba.
Deseaba honrarla, amarla no solo con el corazón… sino también con el cuerpo.
Se deslizó por su piel lentamente, dejando besos suaves por cada rincón que lo llamaba.
Cuando sus labios encontraron el centro de su deseo, lo hizo con una devoción absoluta, como si la estuviera venerando.
Samantha arqueó la espalda y soltó un suspiro tembloroso.
Él la sostuvo con firmeza mientras sus caricias y su lengua la llevaban a un lugar donde ya no existía el miedo, ni las dudas.
Era solo ella…
Solo ellos dos.
Y el amor latiendo entre jadeos suaves.
—Brandon… —su voz se quebró en un gemido—, me estás volviendo loca.
Él sonríe contra su piel, sin detenerse, mientras se masturba.
No necesitaban palabras.
Ella se rindió completamente a esa oleada de placer que la envolvía, sin resistirse. Su cuerpo reaccionó con un estremecimiento profundo, liberando un clímax tan fuerte como tierno, que la dejó sin aliento.
Y cuando el clímax los alcanzó, lo hizo con una intensidad que los dejó sin aliento, sin palabras.
Brandon subió de nuevo por su cuerpo, y la abrazó nuevamente.
Su pecho vibra por lo que acababan de compartir.
—Esto es tan bueno—susurra ella, con el alma rendida—Me gustas mucho.
—Y tú a mí...mucho… más de lo que crees.
No llegaron al final, pero sí disfrutaron al maximo.
Y eso, fue aún más poderoso.
El amanecer llegó con ellos acurrucados sobre la cama.
Samantha se removió un poco entre las sábanas, sintiendo algo firme y cálido presionando contra su espalda. Abre los ojos, aún adormilada, y un leve rubor sube a sus mejillas.
Brandon, medio despierto, gime apenas al notarla moverse.
—Perdón… —susurra con la voz rasposa del sueño—. No fue mi intención. Es… automático contigo tan cerca.
Samantha no respondió con palabras. En cambio, se volvió lentamente, se deslizó bajo las sábanas con una sonrisa traviesa que él no pudo ver, pero sintió.
—Sam… —murmura, conteniendo el aliento.
—Solo te estoy devolviendo el cariño que me diste anoche.
Las manos de él se aferraron a las sábanas mientras ella lo toca con dulzura, con devoción, como si conociera cada rincón que lo hacía arder. Brandon soltó un gemido ronco, uno que resonó como una súplica.
—¡Dios...! ¿es normal que sea tan grande?
—No digas eso, me haces sentir apenado.
Ella comió todo lo que pudo, apenas podía llegar a la mitad, lo lamió, lo besó torpemente pero eso fue suficiente para que él se emocione.
—Samantha...aléjate creo que yo...ugh...quítate..mmm.
Su mundo tembló cuando el placer lo alcanzó de forma explosiva y poderosa.
Y Samantha emergió de entre las sábanas con una sonrisa cómplice, lamiéndose los labios, como si supiera exactamente el efecto que tenía sobre él.
—Te dije que te quitarás...escúpelo—le dice todo avergonzado extendiendo las manos.
—Ya me lo tragué...por accidente.
Brandon la tomó de la cintura y la atrajo hacia su pecho, jadeando aún, besándola con intensidad.
—Eres peligrosa, ¿lo sabías? —susurra con la voz quebrada.
—Y tú estás advertido —responde ella, con una mirada felina—. No hay vuelta atrás.
Brandon la miró con los ojos entrecerrados, aún sorprendido y fascinado por lo que acababa de hacer. Su pecho subía y bajaba con fuerza, y cuando Samantha se acomodó nuevamente sobre la almohada, aún con una sonrisa traviesa en los labios, él no pudo contenerse.
—Eso fue... —susurra con la voz ronca— una locura deliciosa.
Ella solo lo miró con picardía, mordiéndose suavemente el labio inferior. Y esa mirada bastó para que Brandon la sujetara por la cintura y la hiciera girar con suavidad, quedando ella debajo de su cuerpo, su cabello extendido como un halo sobre las sábanas.
—Tu turno, princesa —le murmura con una sonrisa torcida—. No pienso quedarme atrás.
—No lo hice para tener algo a cambio.
—Yo lo hago porque me encantó hacértelo anoche. Sabes deliciosa.
Con movimientos lentos y llenos de intención, comenzó a besarla desde el cuello hasta el ombligo, saboreando su piel con devoción. Samantha cerró los ojos, sintiendo cómo cada caricia la encendía aún más.
Cuando él llegó a su centro, no hubo pausa. Se entregó por completo a hacerla temblar, con una entrega tan intensa como la suya. Samantha se arqueó bajo él, sus gemidos ahogados entre las sábanas mientras Brandon, determinado, no paraba hasta llevarla a un nuevo clímax, profundo, largo, estremecedor.
—Brandon… —jadea ella, aferrándose a sus hombros—. No pares… por favor…
Y él no paró hasta verla rendida, envuelta en su propio fuego, jadeando su nombre como si fuera un rezo.
Luego, subió por su cuerpo y la besó con ternura en la frente, en los párpados, en los labios.
—Tú me estás cambiando, Samantha —le susurra al oído—. No sé cómo lo hiciste, pero ya no hay marcha atrás para mí. Cuando seas completamente mía creo que me volveré loco junto a mi lobo interno.
Ella le acarició el rostro, aún con la respiración entrecortada.
—Me encantas y todo lo que me haces sentir—contesta—. Esto ya no es un juego… tú me importas más de lo que imaginé.
Se quedaron así, desnudos y abrazados, con los cuerpos entrelazados y el corazón expuesto. Y en medio del silencio cálido de la habitación, ambos supieron que habían cruzado una línea de la que no querían regresar.