Samantha llegó a la oficina como una pluma, casi flotando, y la sensación de que algo había cambiado en su vida estaba clara en cada paso que daba.
La vibración en su pecho, el anillo en su dedo, todo era tan nuevo y tan real al mismo tiempo. Cuando despertó para alistarse e irse a trabajar le costó. Su loba no quería separarse del lobo de Brandon.
Mientras caminaba hacia su puesto, la mirada de todos sus compañeros caía sobre ella. El anillo brillaba con fuerza, y aunque intentó no hacer caso, sabía que no pasaría desapercibido.
Imaray, como siempre, observaba desde su escritorio como una víbora, y sus ojos se abrieron como platos cuando vio el destello del diamante en el dedo de Samantha.
—¿Qué es eso? —preguntó con voz fría, sin intentar disimular la curiosidad.
Samantha solo sonrió levemente, haciendo un esfuerzo por mantener la calma. Sabía que no tardaría mucho en que todo se desvelara.
Brandon llegó poco después, con paso firme y un aire tranquilo, casi como si supiera que el día de hoy marcaría un punto de inflexión en sus vidas. Se acercó a la mesa de recepción y pidió una reunión inmediata.
—Samantha, ¿puedes reunirte conmigo en la sala de conferencias? —dijo sin mirar a nadie más, como si ya no hubiera necesidad de nada más. Samantha asintió, con el pulso un poco acelerado, pero sin poder evitar una sonrisa.
La sala de conferencias se llenó rápidamente, todos tomando asiento. Samantha observaba la mesa, incapaz de mantener la mirada fija en Brandon, que se mantenía tranquilo, casi expectante.
Cuando todos estuvieron en silencio, Brandon se levantó, dando un pequeño paso hacia el centro de la sala. Alzó la vista, mirando a cada uno de los presentes, y finalmente se dirigió a Samantha, quien estaba sentada al fondo.
—Quiero hacer un anuncio oficial —comenzó con voz clara, segura—. Después de pensarlo mucho, de conocer a esta increíble mujer, y de darme cuenta de lo que ella significa para mí, puedo decir con seguridad que estamos comprometidos.
La sorpresa recorrió los rostros de todos los presentes. Algunos no podían esconder la incredulidad, otros intentaban disimular sus reacciones, pero la noticia estaba clara. Imaray se quedó boquiabierta, sus ojos fijos en el anillo de Samantha.
Brandon continuó:
—Samantha y yo nos casaremos dentro de tres meses. Este es un paso importante para ambos, y quería que todos lo supieran. Queremos que esta empresa también sea parte de nuestra historia, y este compromiso no es solo personal, también es algo que se reflejará en nuestra visión para el futuro.
Un murmullo recorrió la sala, y Samantha apenas podía contener la sonrisa. Sabía que, de alguna manera, las cosas nunca serían igual. Pero también sentía una felicidad profunda, como si su corazón estuviera flotando en una nube.
Imaray, que hasta ese momento había permanecido en silencio, se levantó de su asiento. La mirada que le lanzó a Samantha fue una mezcla de resentimiento y celos, como si quisiera estrangularlas hasta que dejara de respirar.
—¿Así que el "gran líder" encontró a su mujer perfecta? —dijo con un tono mordaz.
Brandon se giró hacia ella con una sonrisa tranquila pero firme.
—Sí, Imaray, y tengo la suerte de haber encontrado a alguien como Samantha. Así que ya sabes, todo cambia a partir de ahora.
Samantha no dijo nada. Sabía que cualquier palabra que pudiera añadir solo alimentaría las tensiones en la sala. Pero en su interior, un sentimiento de paz la envolvía. Finalmente, todo estaba en su lugar.
Brandon volvió a mirar a todos, con su postura erguida y decidida.
—Y ahora, con todo claro, seguimos adelante con el proyecto que tenemos entre manos. Samantha y yo estaremos trabajando codo a codo, y juntos vamos a llevar esto mucho más lejos.
Con un gesto final, Brandon dejó que la sala se despejara, mientras los murmullos seguían, pero su mirada nunca se apartó de Samantha. Ella le sonrió, y sin palabras, supieron que la vida los llevaría hacia un futuro lleno de sorpresas.
Ella podía confiar en él con los ojos cerrados, sus lobos aullaron en lo más profundo de su interior.
Días después, Samantha caminaba por los pasillos de la oficina con una nueva confianza. Desde que Brandon había anunciado su compromiso, todo había cambiado.
Aunque la mayoría de sus compañeras la miraban con odio o celos, ya no se sentía obligada a esconderse. Claudia y Natalie la felicitaron y le desearon lo mejor al igual que Hamlet que aunque sé siente herido es muy maduro y acepto que Samantha no lo amaba. Héctor aunque triste se alegró de que Brandon encontrará el amor de su vida y fuera correspondido.
Samantha antes, sentía la presión de sus miradas, el juicio constante, pero ahora... ahora podía ser ella misma. Podía caminar con la cabeza en alto, sabiendo que su lugar en la vida de Brandon era irremplazable.
Esa mañana, después de recibir algunos mensajes cariñosos de él, se dirigió directamente a su oficina. Sin embargo, su destino no era su escritorio, sino el de él. La puerta estaba entreabierta, y al entrar vio a Brandon revisando algunos papeles. Se acercó sin dudarlo, se apoyó en la entrada con una sonrisa en los labios.
—¿Te molesta si paso un momento? —pregunta con tono relajado, cruzando los brazos sobre su pecho, disfrutando del aire que desprendía la seguridad en sí misma.
Brandon levantó la vista de los papeles y le sonrió de inmediato. No había sorpresa en su rostro, como si ya esperara su visita. Sin pensarlo dos veces, la invitó a pasar.
—Claro, ven aquí, no tienes que preguntar. —Brandon señaló el sillón de enfrente, mientras ella avanzaba hasta su escritorio, sentándose con una postura relajada, mirando a su prometido.
En ese momento, no había ni un atisbo de incomodidad entre ellos. El hecho de que todos en la oficina supieran que estaban comprometidos les daba una nueva libertad. Samantha ya no tenía que preocuparse de las miradas o los susurros.
Mientras se acomodaba en la silla, Samantha se permitió disfrutar del momento. Sabía que las compañeras de trabajo la observaban, que las críticas y los comentarios estarían a la orden del día, pero ya no le importaba. Estaba decidida a no dejarse afectar por los prejuicios ajenos.
Brandon no se quedó atrás, sabiendo que la oportunidad perfecta para hacerla sentir especial era en esos momentos. Cuando se sentó frente a ella, le dio una sonrisa traviesa, y sin pensarlo mucho, dejó un pequeño sobre sobre el escritorio.
—Aquí tienes, cariño. —dijo, guiñándole un ojo. Samantha tomó el sobre, curiosa, y lo abrió para encontrar una nota de su puño y letra:
"Hoy, como todos los días, mi mente solo está en ti. En cuanto termine, quiero verte. No olvides que eres la razón de mi sonrisa diaria. —B"
Samantha no pudo evitar sonreír, sus ojos brillaron con una mezcla de ternura y diversión.
—¿Siempre tan romántico en el trabajo? —bromea, mientras se recuesta en su silla, sin preocuparse por el posible juicio de los demás.
Brandon le lanza una mirada cómplice, acercándose un poco más a ella.
—No veo por qué no. Si estoy en este lugar, ¿por qué no aprovecharlo para mostrarte cuánto te quiero? Es una ventaja que trabajemos en el mismo lugar. Si te sientes incómoda puedo cerrar las persianas—responde, con su tono relajado pero decidido.
Samantha no pudo más que sentirse especial, no solo por las palabras que él le dedicaba, sino por el gesto simple y sincero de recordarle que pensaba en ella, incluso en medio del caos del trabajo. Aunque algunos de los empleados murmuraban a sus espaldas o hacían comentarios insinuantes, ella ya no tenía miedo de mostrarse feliz. Ya no tenía que esconderse.
A veces, el amor no necesita ser un secreto, ni esconderse en las sombras de las oficinas o en las entrelíneas de los correos electrónicos. De vez en cuando, un gesto, una mirada, o incluso una nota inesperada, puede ser suficiente para demostrar lo que hay entre dos personas.
—Tienes razón. —Samantha se acercó a él, sin importar que estuvieran en la oficina—. No hay razón para no amarnos dentro y fuera del trabajo. No tienes que cerrar las cortinas. Vine a decirte que te invito a cenar, quiero contarle a mis padres del compromiso.
Brandon sonrió, y cuando ella menos lo esperaba, la besó de manera suave pero profunda. La oficina, el trabajo, las miradas ajenas, todo se desvaneció mientras se sumergían en ese momento. El suave roce de sus labios en medio de tantas tensiones y estrés era una promesa de que nada ni nadie podía interferir entre ellos.
Poco después, cuando se separaron, Samantha no pudo evitar sonrojarse. No porque alguien los hubiera visto, sino porque Brandon siempre sabía cómo hacerla sentir única, incluso en los lugares más inesperados.
—Acepto. Llevo el vino.
—Entonces, ¿tienes alguna reunión después? —le pregunta, esperando que no tuviera que enfrentarse a algo complicado.
—Nada que no pueda esperar. —Brandon sonrió con complicidad—. Y si quieres, después de la cena, podemos simplemente relajarnos.
Samantha se ríe suavemente, sabiendo que si seguía con su actitud, Brandon no tardaría en hacerla sentir como la mujer más importante en el mundo.
—Veremos. —responde con picardía—. Pero por ahora, tengo que hacer mi trabajo... aunque no estoy segura de si me concentraré mucho después de este beso y esa declaración en público.
—Lo hice para que nadie se meta contigo. No quiero que te vean como mi amante. Eres mi prometida y mereces que te respeten. Te amo y no me avergüenza gritarlo a los cuatro vientos.
Brandon la miró fijamente, con una sonrisa.
—Gracias...yo también te amo.
Y luego de otro beso, Samantha salió de su oficina, pero algo había cambiado. Sabía que a partir de ese momento, nada sería igual en su vida laboral.