Un nerd no tan nerd.

1705 Palabras
La tarde se habia terminado dando lugar a la noche, Samantha se apresuraba en la cocina, terminando los últimos detalles de la cena. Había encendido velas suaves en el comedor y elegido una vajilla elegante, la que solo usaban en ocasiones importantes. Brandon estaba en la sala, nervioso como si fuera su primer día de trabajo, alisándose la camisa y la corbata cada dos minutos y chequeando el reloj, aunque aún faltaba media hora. —¿Quieres ayudarme o vas a seguir planchando el aire con las manos? —pregunta Samantha desde la cocina. —Estoy visualizando el éxito —responde él con tono teatral. Ella asoma la cabeza con una ceja alzada. —Visualízate cortando el pan, mejor. Mis padres ya casi regresan de sus compras de último minuto. Brandon obedeció, aunque murmuró algo sobre la esclavitud moderna. El timbre sonó justo cuando colocaban las copas en la mesa. Samantha respiró hondo y fue a abrir la puerta. —¡Mamá! ¡Papá! —exclama con una sonrisa amplia—Ya me estaban preocupando. Beatriz, una mujer de cabello hermoso y mirada aguda, abraza a su hija con entusiasmo. Raúl, de complexión fuerte y rostro impecable, asiente con una sonrisa, aunque su mirada ya está evaluando a Brandon como si fuera un examen práctico. —Buenas noches, señor y señora Rivas —dijo Brandon, extendiendo la mano con respeto. —Lo mismo digo, Brandon —responde Raúl—. Espero que te guste el pan de maíz, traje bastante. —Me encanta. Gracias por tomarme en cuenta. Durante la cena, las risas llenaron el ambiente. Samantha contaba anécdotas de la oficina, Beatriz corregía los detalles con una precisión quirúrgica, y Brandon hacía comentarios que provocaban carcajadas incluso en Raúl, que al principio parecía hecho de granito. —Entonces, ¿como van chicos? —pregunta Beatriz, entre bocado y bocado. Samantha y Brandon se miraron y tomaron aire al unísono. —Estamos comprometidos...oficialmente —dijo ella con una sonrisa radiante, mostrando el anillo. Beatriz soltó un pequeño grito ahogado de alegría, mientras Raúl, aunque más comedido, levantó su copa. —Bueno, eso merece un brindis. Por el compromiso de mi hija. Y por este muchacho, que espero esté a la altura. —No los defraudaré, señor —responde Brandon, serio por un instante. Después de la comida, mientras las mujeres recogían los platos —no sin que Brandon ofreciera ayuda, aunque Beatriz lo mandó a "conversar como los hombres"—, Raúl llevó a Brandon al balcón. El aire nocturno era fresco, y las luces de la ciudad parpadeaban a lo lejos. —Mira, muchacho —empezó Raúl, apoyándose en la barandilla—. Samantha es mi única hija. Su madre y yo nos esforzamos mucho para darle una vida digna, enseñarle valores, hacerla fuerte. Ella no es una flor frágil, pero tampoco quiero que la pongan a prueba innecesariamente. —Entiendo, señor. No hay nada que desee más que protegerla. Y respetarla. Es una Omega maravillosa. Raúl lo miró un momento, luego asintió. —Por eso te invito a San Diego. Vengan a vernos. Conócenos mejor. Y que la familia te conozca. Para nosotros, esto no es solo un anillo. Es un compromiso con todos los que amamos a Samantha. Brandon sonrió, aliviado, y extendió la mano con firmeza. —Acepto la invitación. Y también el compromiso, en todos los sentidos. Raúl le dio una palmada en el hombro. —Bien. Porque si la haces sufrir, no me temblará el pulso para venir hasta aquí y darte una charla mucho menos amistosa. Brandon soltó una risa nerviosa. —Anotado. Volvieron al interior, donde Beatriz ya había sacado el pastel de maíz y Samantha miraba a Brandon con una mezcla de orgullo, cariño y complicidad. Esa noche no solo se selló un compromiso entre dos personas, sino también entre dos familias. Brandon lo sintió en cada palabra de Raúl, en cada gesto de Beatriz, y en cada mirada de Samantha. Y por primera vez, no solo se sintió aceptado, sino parte de algo más grande. Un futuro real. Una familia. Sin complejos, sin fisuras, sin mentiras. Cuando llegó la hora de irse el lobo de Brandon ya estaba triste. El se despidió de sus suegros y les deseó un feliz viaje. Brandon bajó los últimos escalones del porche de Samantha con una sonrisa satisfecha en el rostro y el estómago aún medio lleno de pastel casero y nervios. Suponía que si había sobrevivido a una cena formal con Raúl y Beatriz sin ser asesinado por una mirada láser paterna o una cucharada de arroz lanzada con precisión letal, estaba oficialmente aprobado como futuro esposo. Samantha lo acompañó hasta el portón del jardín, con su paso elegante pero relajado. Esa mezcla suya tan única de seguridad con ternura que lo volvía loco. Cuando llegaron al final, ambos se detuvieron sin decir nada. Solo se miraron. Él bajó la cabeza, ella la alzó apenas. Como si sus cuerpos supieran más que ellos mismos lo que debía suceder a continuación. —Bueno… supongo que esta es la parte donde dices “nos vemos mañana en la oficina” y yo finjo que no te quiero besar frente al buzón. —dijo él, con una sonrisa ladeada. Samantha soltó una risa leve, nerviosa. Pero sus ojos brillaban con una chispa traviesa. —Sí, pero mi loba tiene otros planes. —dijo, justo antes de dar un paso más hacia él. En ese momento, Thay, su loba interior, hizo algo muy poco diplomático. Jaló con fuerza visible la corbata de Brandon hacia sí. No literalmente, claro… pero la sensación fue tan intensa que Samantha actuó por puro instinto. Sus dedos, guiados por Thay, tiraron de la tela de la corbata con delicadeza y descaro al mismo tiempo. —¿Eso fue Thay? —pregunta Brandon, jadeando ligeramente mientras quedaba a centímetros de su rostro. —Sí. Y dice que tu lobo necesita un bozal. —Klas dice que Thay es una atrevida… y que le encanta. Brandon no terminó la frase. Sus labios encontraron los de Samantha en un beso profundo, que no sabía de tiempo, de familia, de vecinos que podrían estar espiando por la ventana con una taza de café. El beso fue lento al principio, como si quisieran saborearse después de una cena emocional. Pero pronto, las cosas se intensificaron. Klas, el lobo interno de Brandon, se aferró con fiereza al aroma de Samantha. Estaba hambriento de ella. Y Thay… bueno, Thay ya estaba haciendo planes de luna de miel en algún bosque con poca ropa y mucho musgo. —Mmm… esto es una despedida decente —murmura él, entre beso y beso. —No es una despedida. Es una precuela. —¿Precuela? —Sí. Porque mañana te voy a besar otra vez, pero con labial rojo. Y se va a quedar marcado en tu camisa blanca. —¿Eres así de malvada? —¿Te molesta? —Me excita. Espero que te hagas responsable de lo que me provocarás luego. Ambos se echaron a reír entre jadeos, hasta que el ambiente se volvió tan espeso de deseo que incluso los grillos se callaron. Brandon la arrinconó suavemente contra el poste del portón y la besó como si no hubiera mañana. Su mano subió por su cintura, pero se detuvo justo antes de pasar a territorio sensible. —Tengo que irme… —murmura, claramente no queriendo. —¿Por qué? —Porque si no me voy ahora, tu padre se va a asomar al balcón con la excusa de tomar aire o va a ver esto desde la ventana. Y yo no tengo chaleco antibalas para comentarios sarcásticos. —¿Temes al sarcasmo de mi padre? —No. Temo a su escopeta. Samantha se rió fuerte, y Thay aulló de gusto dentro de su mente. Esa risa, esa risa enamorada que decía “quédate un poco más”, pero también “te entiendo si tienes que correr por tu vida”. Brandon suspiró teatralmente. —Mi edificio está al lado. Literalmente puedo oír cuando arrastras tus pantuflas por el pasillo. ¿Estás segura que no quieres que me quede a dormir en el sofá…? —¿Con o sin camisa? —Con dignidad… pero se me va a caer apenas pongas una mano en mi pecho. —Entonces, vete. Antes de que Thay me obligue a invitarte a pasar y terminemos en la cocina sobre el arroz que sobró y nos cachen mis padres. Ya se van a San Diego. —Eso suena erótico y antihigiénico. Igual debemos contenernos hasta la boda. —Tú y tus estándares de limpieza y pureza. Ya. Vete. Pero no se iba. Brandon volvió a besarla, esta vez más suave, más lento. Como si sellara una promesa en sus labios. Cuando finalmente se separaron, respiraron con dificultad. —Esto… esto es mejor que cualquier postre. —susurra él—Espero que amanezca rápido. —Es lo único que engorda el alma y no las caderas. Nos vemos en la oficina entonces. —Tienes una forma de decir las cosas que me hace querer escribirte poemas en servilletas. —¿Quieres que te regale unas? —Servilletas o poemas, lo tomo todo. Finalmente, Brandon dio un paso atrás, se acomodó las gafas gruesas y la corbata que ya parecía haber sobrevivido una batalla y levantó la mano en señal de despedida. —Buenas noches, señora futura Lefévre. —Buenas noches, señor CEO encubierto. —Recuerda, cualquier cosa, golpea la pared. Y si oyes un aullido… soy yo teniendo sueños con tu vestido de la cena. —Eres un desastre, Brandon. —Pero soy tu desastre. Y con esa última frase, Brandon salió a la acera hacia su edificio, con una sonrisa idiota y el corazón latiendo más rápido que si hubiera corrido una maratón. Samantha lo vio entrar al edificio hasta que desapareció detrás de las puertas de vidrio. Cuando volvió a entrar a su apartamento, Thay murmuró en su mente: —Ese lobo es mío. Mi nerd no tan nerd. Y Samantha, sin poder evitarlo, se rió sola, como una colegiala enamorada. Esa noche, durmieron separados por una pared… pero sus lobos ya soñaban juntos bajo la misma luna.
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