Era el cumpleaños de Brandon unas semanas después, y aunque él generalmente prefería planes más tranquilos, Samantha tenía otras ideas. Decidió sorprenderlo llevándolo a la feria mecánica, un lugar que él pensó que había dejado atrás cuando cumplió los 10 años. Pero, claro, no podía decir que no a la sonrisa de Samantha.
—¿De verdad vamos a la feria? —pregunta Brandon, mirando el boleto, sentado en su escritorio, como si fuera un billete para el fin del mundo envuelto en un sobre con un moño.
—¡Claro! —responde ella, dándole un empujón juguetón. —¡Diviértete! Vas a ver lo que es disfrutar de la vida. Ya cumples 31 años y yo en vacaciones dentro de 5 meses cumpliré 29 años.
Él aceptó y se alistaron luego del trabajo para dirigirse a la dirección donde estaba.
Se dirigieron a las atracciones, y aunque Brandon trató de mantener su actitud seria y profesional, no pudo evitar sonreír cuando Samantha lo arrastró hacia el primer juego: las sillas voladoras.
—Esto es como un viaje de negocios, pero con más mareo —dice Brandon, mientras se subía a la silla con una expresión de terror.
—¡Ay, cállate! —responde Samantha entre risas, abrochándose el cinturón. —Es solo por cinco minutos… menos si te desmayas.
Brandon miró el giro de las sillas mecánicas con cierto pánico. ¿Cinco minutos? ¡Él podría durar toda una reunión con el corporstivo sin perder el control, pero este giro lo iba a matar!
El carrito comenzó a moverse y Samantha empezó a reír como una niña. Brandon, por su parte, trató de aferrarse a la barra con tanta fuerza que sus manos comenzaron a sudar.
—¿Lo ves? ¡Es divertido! —grita Samantha, mientras el viento le despeinaba el cabello.
—Sí, claro, muy divertido… —murmura Brandon, más preocupado por no vomitar que por disfrutar de la vista.
El viaje termina, y Samantha está completamente relajada, pero Brandon no está tan seguro de su estómago. Cuando bajaron, él casi tropieza, intentando mantenerse firme.
—¿Te sientes bien? —pregunta ella, con una mirada traviesa.
—Bueno… no sé si lo mío es diversión o terapia extrema. —Brandon hizo una mueca, tocándose la cabeza.
Samantha soltó una risa y lo abrazó, dándole un beso en la mejilla. —No te preocupes, cariño. ¡Es solo un poco de adrenalina!
Después de varias rondas de montarse en lo que parecía ser la versión extrema de un parque de diversiones para adultos, y con Brandon ya pálido como un fantasma, Samantha decide ponerle fin a la aventura.
—Vamos a hacer una pausa, ¿te parece? Te noto un poco… verde. No creo que puedas montarte en el martillo.
Brandon se dejó llevar por ella, y al llegar a su apartamento, Samantha le preparó un té con hierbas. No era el remedio que esperaba, pero al menos no tenía que lidiar con la vergüenza de haber caído en los brazos de una rueda de la fortuna.
Brandon se tumbó en el sofá con una expresión de derrota. —¿Vas a matarme de la manera más lenta posible? ¡Esto no fue un paseo, fue un campo de batalla!
Samantha se sentó junto a él, sonriendo, y le acarició el cabello. —Tú te lo buscaste. No me dijiste que eras tan frágil. ¡Lo hiciste con tu propia voluntad!
Brandon no pudo evitar reírse. —No puedes tomarte todo tan en serio, ¿verdad?
—¿En serio? ¡Este es tu cumpleaños! ¿Qué se supone que haga, ¡llevarte a un spa de lujo? —Samantha levanta las cejas por la idea que le llegó a la mente.
—Si quieres, me tomaría un masaje —dijo Brandon con una sonrisa traviesa. —Pero, ¿seguro que el masaje incluye el té?
—No, el té es solo para tu estómago después de lo que me hiciste pasar en la rueda de la fortuna. —Samantha se recostó sobre él, aliviada de que la aventura hubiera terminado sin más catástrofes.
La noche se alargó entre bromas, risas y un ambiente relajado, sin que Brandon se diera cuenta de cuánto disfrutaba estar cerca de ella, su problema poco a poco se iba resolviendo en su presencia, aunque un poco mareado. Después de todo, podía con todo, pero ¿una rueda de la fortuna? Esa era otra historia.
—Te lo dije —comenta Samantha mientras lo abrazaba—. ¡Deberíamos haber ido a un parque de trampolines!
—Próxima vez… —responde Brandon, ya soñando con un lugar sin tanto movimiento. —Me apunto, pero solo si no hay sillas voladoras.
—Lo tomaré en cuenta. Dame un momento voy a traer algo.
Brandon estaba medio dormido en el sofá cuando escuchó unos pasos apresurados, casi misteriosos. Al abrir un ojo, vio a Samantha entrar a la sala con una bandeja en la mano y una mirada... sospechosa.
—¿Qué tramas, mujer peligrosa? —pregunta, incorporándose.
—Shh, quédate ahí. Esto es parte de tu regalo —dijo Samantha, dejando la bandeja sobre la mesa. Traía velas aromáticas, una botella de aceite y una frazada doblada como si ocultara secretos milenarios.
—¿Eso es... aceite de coco con lavanda?
—Muy observador. —Samantha sonríe con orgullo—. Es relajante, sensorial y... un poco afrodisíaco, según las redes.
Brandon arqueó una ceja.
—¿Las redes ahora son tu fuente médica de confianza?
—Fuimos a una rueda de la fortuna y casi vomitas. Yo puedo confiar en estos métodos.
—Bueno....como digas.
Samantha se dirigió a la cocina y comenzó a mover sillas, limpió la isla de mármol como si fuera a operar a alguien, colocó la almohada, extendió la frazada encima como una camilla y encendió dos velas aromáticas que colocó en las esquinas. El ambiente se volvió suavemente cálido, con una fragancia que mezclaba vainilla, coco y algo que a Brandon le recordó a los spas donde su madre lo arrastraba cuando era niño.
—¿Vas a darme un masaje... en la isla de la cocina?
—Claro. Es mi spa personalizado. Le llamo: "Samantha Touch: solo para pacientes especiales". Claudia y yo somos expertas
—¿Incluye seguro dental por si me resbalo?
—Solo incluye mimos, cero devoluciones.
—Perfecto.
Brandon se quitó la camisa y se acostó boca abajo en la isla, que de pronto no parecía tan dura gracias al colchoncito improvisado. Samantha se paró detrás de él, vertió un poco de aceite en sus manos y comenzó a frotarlas para calentarlas.
—Prepárate para lo inesperado —murmura, casi como si invocara un mantra místico.
—¿Eso es una amenaza o una promesa?
—Lo descubrirás pronto.
Comenzó a deslizar sus manos por su espalda, firmes pero suaves, con una presión precisa. Brandon soltó un suspiro.
—Esto... esto es celestial.
—¿Viste? Mis asesores no fallan. ¿Y ahora qué dices de mi spa?
—Que debería abrir sucursales en todo el país.
Samantha se rió, y mientras seguía bajando por su espalda, Brandon notó que sus dedos se volvían un poco más lentos... más profundos, sensuales. No era sólo un masaje. Había intenciones escondidas en cada roce.
—Samantha... estás cruzando la línea de la relajación.
—¿La línea? Oh no, eso ya la crucé cuando saqué el aceite con glitter comestible... pero no lo traje esta vez. —Le guiña un ojo mientras empasaba a masajear sus hombros—. Aunque... si te portas bien...
Brandon giró un poco la cabeza para verla, su sonrisa torcida marcaba la aparición de Klas, su lobo interno, gruñendo de gusto.
—Cuidado, Sam. Si activas al lobo, luego no hay vuelta atrás.
—¿El mismo lobo que se desmayó en la rueda de la fortuna?
—¡Eso fue una trampa! La rueda giraba a la velocidad de la luz. Y olía a nachos.
—Excusas. —Samantha se inclina, dejando que sus labios rozaran su oreja—. ¿Y si ahora dejo que el lobo se relaje... o se desate?
Brandon traga saliva. Se estaba encendiendo a pasos agigantados.
Samantha bajó más, deteniéndose en la parte baja de la espalda. Luego volvió a subir, con caricias más lentas, más calientes, mientras una risa juguetona escapaba de sus labios.
—Dime algo... —dijo Brandon, con voz grave—. ¿Esto sigue siendo un regalo de cumpleaños, o ya entramos en la sección VIP?
—¿Por qué no las dos?
Sin previo aviso, Samantha trepó sobre la isla y se sentó con suavidad sobre sus caderas, aún con aceite en las manos. La fricción era deliciosa. La situación, absurda y excitante. Las velas seguían parpadeando como si fueran cómplices silenciosas del caos.
—Creo que estoy curado —susurra él—. Ya no estoy mareado. Estoy... confundido. Y muy feliz.
—Entonces deberías saber que hay una tarifa extra para los clientes que se excitan durante el masaje.
—¿Y qué pasa si el cliente quiere pagar en especie?
—Eso depende de qué tan buena sea la especie.
Brandon se volteó de espaldas de un solo giro. La reacción natural al sentirla sobre él era inevitable. Y Samantha no pudo evitar reírse.
—¡Dios! ¡Pareces un volcán a punto de hacer erupción!
—Es culpa tuya. Esto empezó siendo un masaje para el estómago...
—Y terminó como Fifty Shades.
Ambos estallaron en risas. La tensión desapareció solo un momento. Brandon subió su mano hasta el rostro de Samantha y la acarició con ternura.
—Gracias por hacer mi cumpleaños así. Nunca pensé que alguien se tomaría el tiempo de conocerme tan bien... ni que lo haría sobre una isla de cocina con aceite de coco.
—Bueno, es una de mis habilidades ocultas.
—¿Dar masajes?
—Hacerte feliz. Pero también eso del aceite.
El ambiente volvió a volverse íntimo. Se besaron, esta vez sin apuro. Sus labios se exploraron con calma, sus cuerpos se acoplaron sin reservas. El aceite en sus pieles dejaba una sensación cálida, resbalosa y sensual.
Klas aullaba de placer y deseo en la cabeza de Brandon, casi desesperado. Thay, la loba de Samantha, empujaba con fuerza emocional por más contacto, por más de él.
—Estás temblando —le susurra Brandon.
—¿Y tú no? Pareces una olla de presión. ¿Quieres que baje la intensidad?
—¿Estás loca? ¡Dame el tratamiento completo!
Samantha rió y, mientras deslizaba sus manos por su pecho, Brandon tiró de ella hasta quedar envueltos en un abrazo tan apretado que casi tiran la vela de vainilla.
—¡Cuidado! —grita ella entre risas.
—Moriría feliz, pero no hoy. Hoy me toca otro masaje.
—Te vas a malacostumbrar...
—Ya lo hice.
Siguieron allí, besándose, tocándose, sin prisas. Cada roce, una promesa; cada risa, una caricia para el alma. Y entre bromas, aceite y calor, el cumpleaños de Brandon se volvió un recuerdo imborrable, justo sobre una fría isla de cocina, transformada por el amor en el lugar más caliente del universo. Al cabo de un rato Samantha le pregunta a Brandon.
—¿Que te parece si seguimos en la habitación?