Culpa a mi lobo.

1968 Palabras
El ambiente se volvió irreal. Klas, el lobo interno de Brandon, rugía en su mente con un deseo salvaje, feroz. No solo quería a Thay, quería a Samantha. Quería marcarla, hacerla suya, no solo en cuerpo, sino en alma. Brandon intentaba resistirse, no porque no la deseara, sino porque todo esto estaba escalando de una forma... instintiva. Salvaje. Y honestamente, deliciosa. Las manos de Brandon ya no respondían a su cerebro lógico. Se deslizaban con vida propia por los muslos de Samantha, subiendo, bajando, apretando con más valentía que sentido común. Ella jadeó con una risita ahogada. —Tus manos están muy... confiadas esta noche. —No son mis manos. Es Klas. Culpa del lobo. Yo solo soy un civil inocente atrapado en un cuerpo poseído. Samantha arqueó una ceja mientras él la acariciaba sin vergüenza. —¿Y Klas también lame? —Klas hace lo que Thay le permita. Ambos rieron, pero el roce entre sus cuerpos ya tenía otra temperatura. Samantha se tensó un segundo cuando sus caderas resbalaron ligeramente por el borde de la isla. —¡Ay, no! Me voy a caer, idiota. —Tranquila. Te atrapo. —No me fío de ti ni aunque fueras bombero. Y sin decir más, ella lo tomó de la mano y lo jaló fuera de la cocina, a través del pasillo, hasta llegar a la habitación. Brandon aún tenía las manos en el aceite, literalmente, pero no podía ni pensar en limpiarlas. Estaba demasiado ocupado viendo cómo ella, con paso decidido, abría la puerta y lo arrastraba a su universo privado. Y entonces lo vio. —¿Esto es... una burbuja de algodón de azúcar? —dijo él, mirando alrededor, perplejo. La habitación era rosa. Todo. Las paredes, las sábanas, las cortinas. Había luces de hadas colgando sobre el cabecero, y en el sofá había un peluche gigantesco con forma de panda unicornio. En la peinadora, todos los regalos que él le había dado: desde la estúpida taza de "Eres insoportable pero te quiero", hasta los chocolates artesanales que él mismo empacó (mal) semanas atrás. —No me mires así —dijo ella, cerrando la puerta con un pie—. Soy una loba... pero una loba estética. —Una loba Barbie. —Una loba peligrosa, con sábanas rosas. Brandon se rió mientras ella le empujaba suavemente hacia la cama. La tensión crepitaba en el aire, entre carcajadas y silencios cargados. Samantha comenzó a desabotonarle la camisa, no con rapidez, sino con una lentitud casi malvada. —¿Sabes lo difícil que es concentrarse en desnudarte cuando tienes un abdomen así? —murmuró, separando la tela y dejando a la vista su torso—. Es como intentar estudiar con el WiFi malo. Me frustro, pero no me detengo. Brandon la ayudó a quitarse la camiseta. La arrojó a un rincón, y sus ojos se clavaron en ella como si fuera el secreto del universo. La besó con necesidad, con hambre, con ese deseo que venía no solo del cuerpo, sino del alma y, claro, del lobo aullando dentro de él. Thay gimió en la mente de Samantha, empujándola a más contacto, más piel. Las manos de Brandon exploraban su espalda, su cintura, sus caderas, con una reverencia animal. —Tus manos no se detienen —susurró ella. —Me rendí. Klas tomó el volante. Ambos quedaron en ropa interior, sus cuerpos alineados sobre las sábanas de algodón rosa. Se besaban como si el oxígeno estuviera en los labios del otro. No había urgencia por llegar al final. El juego era el final. Brandon bajó sus labios por el cuello de ella, mientras sus manos delineaban sus costillas, sus muslos. Samantha se arqueaba, temblaba, reía por lo bajo cuando sus dedos pasaban por zonas cosquillosas. —Esto no es un masaje —murmura. —No. Esto es adoración. Samantha se acuesta de lado junto a él, controlando el ritmo, jugando con su deseo como si tuviera el control del tiempo. Se besaban, se acariciaban, se mordían apenas, dejando marcas invisibles. Brandon se deleitaba en su cuerpo, en sus gestos, en los sonidos que hacía cuando él bajaba la cabeza a su vientre, dejando una cadena de besos suaves. —¿Quieres...que lo hagamos? —susurra él con voz ronca y la respiración entrecortada. Ella negó suavemente con la cabeza, acariciando su mejilla. —No hoy. No aún. Quiero esto, sí. Pero sin cruzar esa línea todavía. —Perfecto. Porque si lo hacemos, quiero que sea con tiempo, sin aceite derramado y sin el panda mirándonos. —Exacto. Él no tiene filtro —dijo Samantha, señalando al peluche. Todo lo que hicieron fue darse placer con sus bocas. Cuando terminaron, ambos se acurrucaron, aún jadeantes, sus cuerpos brillando con el aceite y el calor compartido. El juego había sido suficiente. Sus lobos, saciados por el contacto, retrocedieron tranquilos, satisfechos con la intensidad sin consumación. —¿Sabes qué? —dijo Brandon, abrazándola por la cintura—. Me estoy enamorando de ti... y de tu cama rosa. Samantha soltó una carcajada contra su pecho. —Klas no es el único que está loco. Tú también. —Pero soy tu loco. —Y yo soy tu desastre rosa. Se quedaron así, abrazados, con las velas aún encendidas en la cocina, olvidadas. La noche no había terminado con sexo salvaje, pero sí con un tipo de intimidad más poderosa. La conexión entre ellos era más feroz que cualquier instinto, y más dulce que cualquier fantasía. Klas y Thay dormían tranquilos en el fondo de sus mentes. Porque, por fin, sus humanos se habían encontrado de verdad. Las feromonas estaban expandidas en toda la habitación, dándole a todo un aire de cuento infantil. Excepto que, en el centro de la cama, yacían dos adultos semidesnudos, cubiertos apenas por una frazada con estampado de fresas. —Dime que ese peluche gigante no estuvo mirándonos toda la noche —murmuró Brandon, frotándose la cara contra la almohada mientras señalaba al panda con expresión acusadora. —Te miró. A mí me respeta —contesta Samantha, todavía enredada entre las sábanas, con la voz ronca de tanto reír y gemir la noche anterior. —Creo que me juzga —agrega Brandon, tapándose con la frazada como si pudiera escapar de la mirada plástica del panda. —Pues que te juzgue. Anoche hiciste cosas que ni en las novelas de vampiros eróticos. —¿Y tú? ¡Parecías poseída por una loba bruja! Thay me iba a arrancar la cabeza si me detenía. Samantha estalla en carcajadas, rodando sobre él. —¿Crees que se note en la oficina? —No. A menos que alguien tenga el olfato de un sabueso... o lea nuestros mensajes con caritas lujuriosas. Spoiler: sí se notó. En la oficina, el ambiente era... diferente. Un aura densa y chispeante rodeaba a Brandon y Samantha. No era precisamente incómoda, pero era lo suficientemente notoria como para que media empresa lo detectara antes del almuerzo. Claudia, la mejor amiga y confidente de Samantha, se acercó a su escritorio como un felino cazador. —¿Tú crees que yo nací ayer, Sam? —le susurra—. Te conozco hasta los pies. Esa sonrisa es de lobo satisfecho. ¿Acaso no se rociaron inhibidor? Todo el edificio se dará cuenta. Samantha trató de mantener el rostro serio. —Solo dormimos. Además no tengo ese tipo de spray...más adelante iré a comprarlo. —Ajá... ¿y qué, soñaron una película de clasificación R con subtítulos en fuego? —¡Claudia! Mientras tanto, en el área de Brandon, Natalie, su mejor amiga desde la infancia, se apoyaba en su escritorio como si fuera la presentadora de un reality. —Mira nada más, el CEO del amor, el nerd de la preparstoria y la universidad todo un conquistador—dijo con sorna—. ¿Qué pasó, Brandon? ¿Ahora desayunas besos y cenas piernas? —No hables así —contesta él con un guiño. —¡Pobre es tu dignidad! ¡No hables así delante de los pobres!—Natalie se rie—. Y mírame, ni un mísero abrazo. ¿Dónde están mis regalías por haberte aguantado todos estos años? En otra esquina, Héctor, elegante y siempre impecable, apretaba los labios con fuerza mientras disimulaba. A su lado, Hamlet, visiblemente incómodo, hacía como que trabajaba. Desde que Brandon apareció en la vida de Samantha, algo se tensó entre ellos. Hamlet, aunque le había dado una oportunidad a su mejor amigo, no podía evitar sentir una punzada de celos. Y Héctor... bueno, él simplemente detestaba a los heterosexuales felices. —¿Tú también lo sientes? —murmura Hamlet. —Claro que lo siento. Es como si hubieran rociado feromonas de sexö en el aire acondicionado. Este edificio apesta a sexö y... lavanda. —Es aceite de masaje, creo. —¡Qué asco! Necesito desinfectar mis pensamientos. A unos escritorios de distancia, Leo, Camila e Imaray cuchicheaban entre sí. Las miradas iban y venían en dirección a Samantha, como si compartieran un secreto con filo. —No durarán mucho —susurra Camila. —Él se aburrirá —agrega Leo. —O él se dará cuenta de que ella no es tan perfecta como parece —finaliza Imaray, ajustándose la blusa con aire ensayado. La paz apenas duró un suspiro más. Samantha, sin sospechar nada, tomó su carpeta y se dirigió al área de cómputos. Tenía que recoger unos archivos en físico, ya que el sistema estaba intermitente. Saludó a la recepcionista, presionó el botón del ascensor, y entró sin pensar demasiado. Lo que no esperaba... era que el ascensor se detuviera de golpe al llegar al tercer piso. —¿Eh? La luz parpadea dos veces, y luego... oscuridad total. —¿Hola? Presiona el botón de emergencia. Nada. Intenta su celular. Sin señal. —No. No. No. ¡No! —golpea las puertas con frustración—. ¡Esto no puede estar pasando! Pasaron minutos. Largos. Eternos. Treinta. Cuarenta. Una hora. —¿Dónde está Samantha? —pregunta Brandon, alzando la cabeza de su computadora—. Hace más de cuarenta minutos que fue por los archivos. Claudia frunce el ceño. —Fue a cómputos. ¿No ha vuelto? —No. Brandon se puso de pie de golpe, ya inquieto. —Ire también a buscar algo... tengo que mostrarle algo. Claudia se levantó junto a él. Un mal presentimiento les apretaba el pecho. Ambos comenzaron a caminar a paso rápido por los pasillos hasta que alguien gritó desde el área de mantenimiento: —¡Se atascó el ascensor del ala B! ¡Hay alguien adentro! Brandon corre. Corre como si se le fuera la vida. Cuando llegó, golpeó la puerta del ascensor con fuerza. —¿Hola, quien es? —¡Brandon! —¡Sam! ¡¿Estás ahí?! —¡Brandon! —se escucha su voz, ahogada, desesperada—. ¡Estoy bien, pero no puedo salir! Brandon apoya la frente contra la puerta metálica. Quería romperla, arrancarla con sus propias manos. —Tranquila. Ya vienen los bomberos. ¡Estoy aquí, no me voy a ir! Los minutos se sintieron como siglos. Cuando por fin los bomberos llegaron y forzaron las puertas, lo primero que hizo Samantha al salir fue lanzarse a los brazos de Brandon, temblando como una hoja. —Estoy bien —dijo entre lágrimas—. Solo fue... demasiado tiempo encerrada. Él la sostuvo con fuerza, como si su vida dependiera de ello. Nadie se atrevió a interrumpir el momento. Nadie, excepto las miradas cruzadas de Leo, Camila e Imaray. Un cruce de ojos sutil, casi imperceptible. Pero estaba ahí. Lo que nadie sabía… es que ese ascensor no fallaba nunca. Y el sistema, curiosamente, había sido reiniciado manualmente desde la consola de cómputos justo diez minutos antes de que Samantha subiera.
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