Verónica: Oh dios mío… Owen no lucía como la última vez que nos vimos en el juzgado. No había rastro de ese hombre elegante. Su barba había crecido, su cabello estaba desacomodado y grasoso. El overol que llevaba puesto estaba lleno de tinta y se veía sucio. Los nervios me invadieron completamente, pero me negué a mostrárselos. —¡Qué haces aquí! —Le dije con desprecio, mientras calculaba la distancia entre él y yo y, por tanto, mirando a la salida. Devanándome mis sesos por un plan que no llegaba. —¿Dónde has estado? —Me grita y salté sorprendida en mi lugar. Odiaba sentirme así, tan nerviosa, pero me recordé que no era una mujer débil. Sabía cómo defenderme. Lo vi acercarse, mientras yo miraba rápidamente hacia los lados, buscando un arma improvisada. Solo vi una gran regla de mader

