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MI JEFE, MI PERDICIÓN

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Descripción

Cuando el destino une dos corazones rotos, ¿pueden sanar juntos o se destruirán mutuamente?Ates Soykan lo tenía todo: un imperio petrolero valorado en millones, la inteligencia para dominar cualquier sala de juntas y el rostro que hacía suspirar a las mujeres. Pero a los 38 años, su mundo perfecto se desmorona cuando su esposa muere en circunstancias que la policía llama "accidental" y él llama pesadilla. Ahora, con una bebé de apenas un mes en brazos y un corazón blindado por la amargura, Ates ha jurado que nunca volverá a amar.Gala Evans llegó a Seattle huyendo de Los Ángeles, de sus padres que la abandonaron y de una vida que parecía empeñada en destrozarla. A los 25 años, ha aprendido que la supervivencia requiere coraza, pero bajo su actitud desafiante late un corazón que aún sueña con ser alguien importante. Cuando acepta el trabajo como niñera de la pequeña huérfana, no esperaba enfrentarse al hombre más intimidante y magnético que ha conocido.Él necesita que alguien cuide a su hija. Ella necesita el trabajo desesperadamente. Ninguno esperaba la electricidad que salta entre ellos cada vez que sus miradas se cruzan.Pero cuando los secretos sobre la muerte de la esposa de Ates comienzan a salir a la luz, y el pasado de Gala Evans amenaza con alcanzarla, ambos descubrirán que el amor puede ser la fuerza más peligrosa de todas. Porque en un mundo donde el poder y la pasión se entrelazan, ¿quién puede confiar en quién cuando los corazones están en juego?

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PRÓLOGO
Toscana, Italia - Mayo El sol de la tarde pintaba los campos de la Toscana con tonos dorados cuando tres risas juveniles se alzaron por encima del murmullo del mercadillo. Nicolle, con su cabello n***o azabache recogido en una coleta perfecta, examinaba un violín artesanal con la precisión de quien había nacido para la música. A su lado, Chelsea hacía ronronear a un gato callejero mientras susurraba: —¡Michi hermoso! ¿Quieres una michi caricia? —decía con esa peculiar forma de hablar que las hacía reír a todas. —Chelsea, vas a asustar al pobre gato —río Nicolle, guardando dinero en su cartera de marca—. Y a los vendedores también. —¡Qué michi envidia! —respondió Chelsea, haciendo pucheros—. Los gatos me entienden mejor que las personas. —Es porque hablas su idioma —bromeó Gala, pero su sonrisa se desvaneció cuando sus ojos se fijaron en la distancia. Ahí estaba él. Sus ojos marrones se clavaron en la figura como si el tiempo se hubiera detenido. Pantalón beige, camisa blanca que contrastaba con su piel bronceada, y esos ojos que parecían guardar secretos del mundo entero. Había algo en su postura, en la forma en que observaba el bullicio del mercado desde la distancia, que gritaba soledad a pesar de su imponente presencia. —¿Lo estoy imaginando? —murmuró Gala, sin poder apartar la mirada. El hombre la miró directamente, y por un momento, el mundo se redujo a esa conexión invisible que los unía a través de la multitud. Pero antes de que pudiera procesar lo que estaba sintiendo, Nicolle gritó con emoción: —¡Dios mío! ¡Es él! —¿Quién? —preguntaron Gala y Chelsea al unísono. —¡El hijo de la señora Aylin! Mi papá hizo algunos negocios con su familia hace años. ¡Vamos! Y así comenzó la semana más mágica y devastadora de la vida de Gala Evans. Los días siguientes se difuminaron en una bruma de conversaciones largas bajo el cielo toscano, risas compartidas y miradas que duraban demasiado. Él tenía veinticinco años y hablaba de matemáticas con la misma pasión con que ella hablaba de música. Era respetuoso, inteligente, y cuando sonreía, Gala sentía que su corazón de dieciséis años podría explotar de felicidad. —¿Qué te trae por aquí? —le preguntó una tarde, mientras caminaban por los senderos de piedra. Él señaló hacia una casa de muros color tierra y ventanas enmarcadas en madera oscura. —Mi madre murió hace dos meses. Tengo que vender la casa. La tristeza en su voz hizo que Gala quisiera abrazarlo, pero se contuvo. —Es hermosa. Debe ser difícil despedirse. —Lo es —suspiró, deteniéndose frente a la puerta de madera tallada—. ¿Sabes? Cada rincón de esta casa tiene su recuerdo. Aquí me enseñó a tocar piano cuando tenía ocho años. Allí, en el jardín, me explicaba las matemáticas usando las flores como ejemplos. —Suena como una madre maravillosa —murmuró Gala, sintiendo cómo sus palabras salían cargadas de emoción. —Era extraordinaria —sus ojos se iluminaron con los recuerdos—. Era maestra de escuela aquí en el pueblo. Todos la querían. Tenía esta manera de hacer que hasta los conceptos más difíciles parecieran simples. Creo que de ella heredé mi amor por los números. —Y yo que pensaba que los matemáticos eran aburridos —bromeó Gala, arrancándole una sonrisa. —Ella solía decir que las matemáticas eran la música del universo. Que cada ecuación era una melodía esperando ser descubierta. —Entonces tu madre y yo habríamos sido grandes amigas —dijo Gala, sintiendo un nudo en la garganta. —Habría adorado conocerte —respondió él, mirándola con una intensidad que le quitó el aliento—. Habría dicho que tienes "occhi che cantano". Ojos que cantan. Gala sintió que se derretía. —¿Qué harás cuando vendas la casa? —Regresar a casa. Tengo... responsabilidades esperándome. Pero a veces hay que dejar ir lo que más amas. Gala no sabía entonces que esas palabras serían proféticas. Mientras tanto, Nicolle y Chelsea observaban desde la distancia. —¡Michi amor! ¡Nuestra Gala está perdidamente enamorada! —susurró Chelsea dramáticamente. —Por favor, no digas "michi amor" cuando hablamos de romance real, aunque es un verdadero asco —río Nicolle—. Suena perturbador. —¿Celosa porque ella encontró a su príncipe azul y tú solo encontraste ese violín carísimo? —¡Oye! Ese violín es una inversión. Además, yo no necesito un príncipe. Soy una princesa independiente. —Michi mentirosa —murmuró Chelsea, esquivando el golpe juguetón de Nicolle. La mañana que cambió todo llegó con una quietud extraña. Gala despertó con mariposas en el estómago, ansiosa por verlo como cada día. Pero cuando llegó al lugar donde siempre se encontraban, solo halló vacío. Corrió hasta la casa de su madre, el corazón latiéndole tan fuerte que pensó que se le saldría del pecho. Un hombre mayor, con overol de trabajo y manos curtidas por los años, regaba las plantas del jardín. —Disculpe —jadeó Gala—, ¿está el joven que vive aquí? El hombre la miró con compasión. —Se fue esta mañana, piccola. Muy temprano. Dijo que tenía que regresar a casa. El mundo se desplomó bajo los pies de Gala. Sin número de teléfono, sin dirección, sin siquiera un apellido completo. Solo tenía recuerdos de conversaciones susurradas y la sensación de haber encontrado algo que no sabía que estaba buscando. Esa noche, bajo la luz de una lámpara que parpadeaba, Gala escribió una carta. Sus manos temblaban mientras las palabras fluían desde su corazón roto hacia el papel. Cuando terminó, la selló con el cuidado de quien guarda un tesoro. Al día siguiente, regresó con el hombre del overol. —Por favor —le suplicó, extendiendo la carta—, si alguna vez vuelve... ¿puede darle esto? Es importante. Muy importante. El hombre tomó la carta con solemnidad, como si entendiera el peso de lo que sostenía. —Claro, piccola. Si vuelve, se la daré. Gala se alejó con lágrimas corriendo por sus mejillas, llevándose consigo el primer amor de su vida y la primera lección sobre la crueldad del destino. Años después, cuando la casa cambió de dueño una y otra vez, cada nuevo propietario recibía las llaves junto con una advertencia del anciano cuidador: había una carta que debía ser entregada si alguna vez regresaba un joven como antiguo dueño. Una carta que llevaba escrito solo un nombre en el sobre, esperando pacientemente el momento de cumplir su propósito. Pero ese momento nunca llegó. Y la carta siguió allí, guardando secretos de un amor adolescente que se había convertido en el fantasma más hermoso de una casa italiana.

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