Oxígeno y Cedro

1079 Palabras
El sonido de la pesada puerta del todoterreno al cerrarse me pareció el chasquido definitivo de una trampa de acero. Me hundí en el asiento de cuero n***o, abrazando mi mochila contra el pecho como si ese trozo de tela desgastada pudiera protegerme. El interior del vehículo era una burbuja insonorizada; los cristales tintados bloqueaban las miradas de los estudiantes del campus, pero también bloqueaban cualquier posibilidad de pedir auxilio. Estaba completamente a solas con el diablo, atrapada en su territorio. La puerta del conductor se abrió y Silas entró. De repente, el espacioso habitáculo encogió hasta volverse asfixiante. A sus veintitrés años, su presencia física era abrumadora. El aroma a madera de cedro, humo caro y menta invernal inundó el aire, metiéndose en mis pulmones a la fuerza. Pulsó el botón de encendido y el motor cobró vida con un ronroneo profundo, un rugido contenido que vibró a través del asiento y subió por mis piernas. Me pegué a la puerta del copiloto todo lo que pude, mirando al frente, con la respiración entrecortada y los nudillos blancos de tanto apretar las correas de mi mochila. Estaba temblando. Por el frío, por el pánico, por la falta de sueño... pero sobre todo, por él. Silas no puso el coche en marcha. En su lugar, giró el torso hacia mí. El silencio se estiró, espeso y cargado de una electricidad que me erizó el vello de los brazos. Pude sentir el peso de su mirada oscura barriendo mi perfil, deteniéndose en mi mandíbula tensa, en el pulso desbocado que latía en la base de mi garganta. —Mírame —ordenó. Su voz no era un grito; era un murmullo grave y sedoso, mucho más peligroso. Me negué. Apreté los labios y mantuve los ojos fijos en la guantera. No iba a ceder tan rápido. No era una muñeca rota. Escuché el roce de la tela de su abrigo a medida. Antes de que pudiera registrar el movimiento, Silas se inclinó sobre la consola central, invadiendo mi espacio de forma abrupta. Su mano grande, la misma que anoche me había inmovilizado con una fuerza brutal en la sala de calderas, se cerró alrededor de la nuca de mi jersey gris. No me hizo daño, pero el agarre era firme, posesivo, ineludible. Tiró de mí hacia él, obligándome a girar el rostro. El oxígeno se atascó en mi garganta. Estaba tan cerca que mi visión se desenfocó por un segundo. Su rostro, tallado en ángulos perfectos y despiadados, estaba a escasos centímetros del mío. Podía ver el anillo dorado que bordeaba sus pupilas dilatadas, devoradas por un iris n***o y abismal. —Cuando te hablo, me miras, Maeve —susurró, y el aliento cálido de sus palabras chocó contra mis labios entreabiertos. Tragué saliva, incapaz de apartar la vista. Mi mente, siempre calculadora y racional, me gritaba que lo empujara, que le clavara las uñas en la cara y saliera corriendo. Pero mi cuerpo... mi cuerpo me traicionó de la manera más humillante posible. El calor que irradiaba su pecho atravesó la tela de mi jersey. Una sacudida eléctrica, caliente y pesada, bajó desde mi nuca hasta la base de mi columna vertebral. No era solo miedo. Era algo primitivo. El contraste entre la amenaza letal que representaba y la intimidad aplastante de su cercanía me provocó un escalofrío que me dejó sin aliento. Silas lo notó. Por supuesto que lo notó. Esos ojos de depredador bajaron hacia mis labios durante una fracción de segundo, y una sonrisa perversa, oscura y cargada de una promesa inconfesable, asomó a su boca. Sin soltarme la nuca, su otra mano bajó hacia mi cintura. Di un respingo, soltando un jadeo ahogado cuando sus nudillos rozaron mi cadera, justo donde terminaba el jersey. La piel me quemó bajo su tacto. —¿Qué... qué haces? —logré balbucear, odiando lo débil y rota que sonó mi voz. Él no contestó. Su mano trazó una línea lenta y tortuosa por mi costado izquierdo, haciéndome temblar de forma incontrolable, hasta que sus dedos encontraron el cinturón de seguridad. Tiró de la banda de nailon y, moviéndose aún más despacio, cruzó el brazo por delante de mi pecho para abrocharlo. Durante esos segundos eternos, su cuerpo estuvo prácticamente aplastado contra el mío. Su mandíbula rozó mi mejilla. El roce de su barba incipiente contra mi piel fue como el rasguño de una cerilla al encenderse. Cerré los ojos, sintiendo un calor denso y líquido acumulándose en mi bajo vientre, una reacción tan tóxica y contradictoria que me dio ganas de llorar de pura frustración. Clic. El cinturón encajó en su sitio. Silas se retiró lentamente, pero antes de volver a su asiento, sus labios rozaron la concha de mi oreja. —Estás temblando, ratoncita —murmuró, su voz vibrando directamente contra mi piel—. Y sé perfectamente que ya no es por el frío. Abrí los ojos de golpe, con el corazón martilleándome contra las costillas a un ritmo suicida. Él ya estaba sentado en su lugar, con ambas manos apoyadas relajadamente en el volante de cuero, como si no acabara de incendiar mi sistema nervioso por completo. Su perfil volvía a ser una máscara de control absoluto y frialdad sádica. Puso el coche en marcha y el todoterreno se deslizó suavemente fuera del aparcamiento, dejando atrás los imponentes edificios góticos de Blackwood. Miré por la ventanilla, apretando los puños hasta clavarme las uñas en las palmas. Me odiaba por haber reaccionado así a su tacto. Me odiaba por la forma en que el olor a cedro seguía enredado en mis sentidos. —No pienso ser tu juguete —le dije a la ventanilla, con la voz temblorosa pero cargada de toda la furia cínica que pude reunir. Yo era una superviviente. No iba a caer en su juego. Silas pisó el acelerador, adentrándonos en la carretera de curvas que bordeaba los bosques aislados de la universidad. No me miró, pero vi el reflejo de su sonrisa retorcida en el retrovisor. —No eres un juguete, Maeve —respondió, y el tono oscuro de sus palabras hizo que un nuevo escalofrío me recorriera entera—. Eres una inversión. Y ahora mismo, vamos a asegurarnos de que luzcas como tal. Se acabó la estudiante becada invisible. Si vas a pertenecerme, el mundo entero tiene que saber de quién eres. El coche devoró la carretera, alejándome de la única vida que conocía y arrastrándome directamente hacia el abismo.
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