Tres minutos. Esa frase parpadeaba en la pantalla del teléfono n***o, burlándose de mí. Tres minutos para abandonar mi clase de tercer año de Ciencias Políticas, cruzar el campus este de la Universidad de Blackwood y llegar a su maldito coche. Si no lo hacía, el historial médico de mi madre, con todas las facturas impagadas del hospital público, llegaría a la junta que evaluaba mi beca.
Levanté la vista de la pantalla, sintiendo que el oxígeno de la inmensa sala de conferencias se había esfumado. Miré hacia los ventanales. La galería superior de piedra estaba vacía. Silas, ese acosador obsesivo que ahora movía los hilos de mi vida, ya no estaba allí. Se estaba moviendo, y yo seguía congelada en mi asiento.
Dos minutos y cuarenta y cinco segundos.
El instinto de supervivencia, ese viejo amigo que me había mantenido a flote toda mi vida, tomó el control de mi cuerpo. No era una víctima frágil dispuesta a dejarse pisotear, pero tampoco era estúpida; sabía cuándo había perdido una batalla.
Metí el teléfono n***o, mis apuntes y mi bolígrafo en la mochila con un movimiento brusco y ruidoso. El sonido de la cremallera rasgó el monótono discurso del profesor Hoffman. Varios de mis compañeros, herederos de fortunas que jamás entenderían lo que era el pánico real, se giraron para mirarme con el ceño fruncido.
Me levanté de golpe. Mi rodilla chocó contra la madera del pupitre, pero ignoré el dolor punzante.
—¿Señorita Sullivan? —La voz del profesor Hoffman resonó en el micrófono del anfiteatro. El silencio cayó a plomo sobre las doscientas personas presentes—. ¿A dónde cree que va? Aún faltan cuarenta minutos para terminar la clase.
Sentí el peso de doscientos pares de ojos clavándose en mi espalda. Tragando el nudo de humillación que me cerraba la garganta, me aferré a las correas de mi mochila.
—Yo... no me encuentro bien, profesor. Lo siento —balbuceé, sin mirar a nadie.
No esperé a escuchar su reprimenda ni el murmullo de desaprobación de los estudiantes. Me di la vuelta y salí casi corriendo por las puertas dobles del fondo. En cuanto mis botas tocaron el mármol del pasillo exterior, eché a correr de verdad.
Dos minutos.
El aire helado de la mañana me golpeó el rostro al salir del edificio, quemándome los pulmones. Atravesé el patio central empedrado esprintando, esquivando a un par de estudiantes de primer año que me maldijeron al pasar. El peso de la mochila me golpeaba la espalda rítmicamente. Mis piernas, aún doloridas por la persecución de la noche anterior en el sótano, protestaban a cada zancada.
Un minuto y medio.
La mente me iba a mil por hora. ¿Qué quería de mí a plena luz del día? El pacto establecía que mis noches le pertenecían , que ya no limpiaría los restos de la decadencia de la élite. Pero esto... sacarme de clase bajo amenaza, exponerme frente a todos... Era un juego de dominación. Silas estaba marcando su territorio, demostrándome que mi vida personal, académica y privada ya no existían. Solo existía él. Su motivación era clara: mantener el control absoluto sobre mí.
Giré bruscamente hacia el aparcamiento sur, la zona reservada para los estudiantes de posgrado y los donantes millonarios de Blackwood. Mi respiración era un silbido irregular. El sudor me empapaba la nuca, pegando el cabello a mi piel a pesar del frío.
Treinta segundos.
Mis ojos escanearon frenéticamente las filas de vehículos de lujo: Mercedes, BMWs, deportivos relucientes. Y entonces lo vi.
Aparcado en la zona más apartada, bajo la sombra de un roble centenario, había un todoterreno n***o, macizo y con los cristales tintados tan oscuros que parecían obsidiana.
Apoyado contra la puerta del copiloto, con los brazos cruzados sobre su abrigo a medida y una expresión de aburrimiento letal, estaba Silas.
Frené en seco a unos tres metros de él. Estaba jadeando, encorvada, apoyando las manos en mis rodillas mientras intentaba recuperar el aliento. Mi corazón latía tan deprisa que temí que me reventara el pecho.
Silas ni siquiera se inmutó. Con una calma pasmosa, levantó su muñeca izquierda, apartó ligeramente la manga de su abrigo y miró su reloj, un Patek Philippe que probablemente costaba más que la casa en la que yo había crecido.
—Dos minutos y cincuenta y dos segundos —informó, con esa voz grave, fría y sádica que me erizaba la piel. Dejó caer el brazo y me clavó esa mirada de ónix, vacía de cualquier remordimiento—. Te sobran ocho segundos, ratoncita. Me impresiona tu obediencia.
Me erguí, apretando los dientes con tanta fuerza que me dolió la mandíbula. La rabia, candente y venenosa, eclipsó por un instante el terror.
—Estaba... en clase —escupí, entre jadeos, fulminándolo con la mirada—. Si falto... si mis notas bajan... perderé la beca de todos modos. ¿Eres estúpido? ¿De qué sirve tu maldito contrato si haces que me expulsen?
El silencio que siguió a mis palabras fue denso, cargado de una electricidad peligrosa. Silas ladeó la cabeza. Su postura relajada desapareció en una fracción de segundo. Se despegó de la carrocería del coche y dio un paso hacia mí. Instintivamente, yo retrocedí otro.
—Te dije anoche que no levantaras la voz en mi presencia, Maeve —susurró, y aunque el tono era bajo, resonó como un trueno en mis oídos—. Yo soy quien decide si mantienes esa beca o si te pudres en la miseria. Yo soy quien controla esta universidad. Tus notas, tus clases, tus profesores... todo me pertenece a mí ahora. No lo olvides.
Tragué saliva, sintiendo que las cadenas de ese contrato de sumisión absoluta se tensaban alrededor de mi cuello. Él no conocía el amor ni la empatía, solo la obsesión posesiva.
Silas extendió la mano hacia atrás y tiró del tirador de la puerta del copiloto, abriéndola de par en par. El interior del vehículo olía a cuero caro y a su inconfundible perfume de madera de cedro.
—Sube —ordenó.
Miré el asiento vacío y luego lo miré a él, sintiendo un nudo de pánico en el estómago.
—¿A dónde vamos?
Él apoyó una mano en el marco superior de la puerta, inclinándose ligeramente hacia mí, invadiendo mi espacio personal hasta el punto de robarme el oxígeno. Sus ojos oscuros brillaron con una promesa aterradora.
—A enseñarte cuál es tu nuevo lugar en mi mundo. Sube al coche, Maeve. No te lo volveré a pedir.