A Plena Luz del Día

885 Palabras
El sol despuntaba tímidamente sobre las gárgolas de la Universidad de Blackwood, pero en mi habitación de la residencia, el aire seguía siendo hielo puro. No había dormido ni un solo minuto. Estaba sentada en el borde de mi cama individual, con las rodillas encogidas contra el pecho y la mirada clavada en la mesita de noche. Allí, descansando sobre la madera barata como si fuera una bomba a punto de estallar, estaba el teléfono n***o. Me había frotado la piel bajo la ducha caliente hasta casi arrancarme la epidermis, intentando borrar el rastro de la mano de Silas en mis muñecas y el olor a cedro y menta que se me había quedado impregnado en la memoria. Fue inútil. El contrato de sumisión que había firmado horas atrás en aquel club subterráneo no era una mancha física; era una cadena invisible que ahora me asfixiaba el cuello. A las ocho en punto, la alarma de mi viejo móvil sonó, estridente y ridícula. Clases. Tenía que ir a mis clases de tercer año. Me vestí de forma automática. Unos vaqueros desgastados, un jersey gris oversize que me cubría hasta los nudillos y mis botas. Cogí mi mochila y, con una mano temblorosa, agarré el teléfono n***o de Silas y lo dejé caer en el fondo del bolsillo de mi abrigo. Pesaba toneladas. Cuando salí al campus, el contraste me golpeó con la fuerza de un tren. Blackwood bullía de vida. Cientos de estudiantes de la élite caminaban por los senderos empedrados, riendo, sosteniendo cafés humeantes y presumiendo de abrigos de diseño. A simple vista, era la perfecta y majestuosa institución elitista que salía en los folletos. Pero yo ya no veía a simples compañeros de clase. La paranoia me había devorado por completo durante la madrugada. Miré a un grupo de chicos de último curso de Derecho que bromeaban junto a la fuente central. ¿Eran ellos? ¿Eran los matones que me persiguieron por el sótano? Mi vista saltó hacia el decano, que cruzaba el césped con su maletín de cuero. ¿Estaba él también en los vídeos de chantaje? ¿A quién le pertenecía su lealtad?. De repente, cada sonrisa me parecía una mueca sádica. Cada mirada casual en mi dirección me hacía encogerme. "El Círculo está en todas partes", me había advertido Silas. Y joder, tenía razón. Esta universidad no era un centro de estudios; era una telaraña gigante, y yo era la mosca que acababa de enredarse en el centro. Llegué al edificio de Ciencias Políticas sudando frío a pesar de la mañana helada. Entré en el inmenso anfiteatro y me senté en mi sitio habitual: última fila, esquina derecha. Lejos de todos. Invisible. O al menos, eso es lo que había sido hasta ayer. El profesor Hoffman empezó a hablar sobre las estructuras de poder en las democracias modernas. Una risa histérica y amarga burbujeó en mi garganta, pero me mordí el interior de la mejilla para silenciarla. Estructuras de poder. Si Hoffman supiera que el verdadero poder del país se manejaba en un sótano a cincuenta metros de aquí, orquestado por un psicópata de veintitrés años de traje a medida, probablemente se desmayaría. Saqué mis apuntes. Intenté concentrarme. Yo era Maeve. Era inteligente, cínica, una superviviente. Solo tenía que agachar la cabeza, mantener mi beca y fingir que anoche fue solo una pesadilla. Sobreviviría a esto. Solo tenía que... Bzzzt. Un zumbido sordo y corto vibró contra mi cadera. Mi corazón se detuvo en seco. El bolígrafo se resbaló de mis dedos y rodó por el pupitre de madera. El sonido no venía de mi móvil personal en la mochila. Venía del bolsillo de mi abrigo. El aire abandonó mis pulmones. Mis compañeros seguían tomando notas. El profesor seguía hablando. Nadie se había dado cuenta, pero para mí, el mundo entero acababa de silenciarse. Metí la mano en el bolsillo. Mis dedos rozaron la carcasa fría del teléfono n***o. Lo saqué despacio, manteniéndolo oculto bajo el pupitre, lejos de miradas indiscretas. La pantalla estaba iluminada. Había un único mensaje de texto en la bandeja de entrada, de Silas. Tragué saliva, sintiendo un nudo de puro terror en la garganta, y abrí el mensaje. «Ese jersey gris te hace parecer una víctima asustada, ratoncita. Y tú y yo sabemos que no lo eres. Levanta la vista. Segunda planta, galería superior.» Un escalofrío de hielo me recorrió la espina dorsal. Silas no estaba en el sótano. No estaba lejos. Estaba aquí, demostrando su papel de acosador obsesivo. Lentamente, como si mi cuello fuera de plomo, giré la cabeza hacia los inmensos ventanales del anfiteatro que daban al patio interior del edificio. Allí estaba. Apoyado casualmente contra la barandilla de piedra de la segunda planta, vestido con un abrigo n***o que absorbía la luz de la mañana. Me estaba mirando directamente, con el móvil en una mano y esa arrogancia letal que lo caracterizaba. La distancia era considerable, pero juraría que pude ver cómo la comisura de sus labios se curvaba en esa maldita y oscura sonrisa. El teléfono n***o vibró por segunda vez en mis manos. Bajé la vista a la pantalla, temblando. «Sal de la clase. Tienes tres minutos para llegar a mi coche o enviaré el historial de tu madre a la junta de tu beca. Empieza a correr.»
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