Cadenas de Tinta

1059 Palabras
El rasgueo de la pluma sobre el papel grueso sonó en el silencio del despacho más fuerte que cualquier grito. Tardé tres segundos en escribir mi nombre, pero sentí que en esos tres segundos mi vida entera se escurría por el plumín y quedaba atrapada en la tinta negra. Cuando levanté la mano, los dedos me temblaban tanto que la pesada pluma estilográfica resbaló de mi agarre y rodó por la mesa de caoba hasta chocar contra la carpeta de cuero. Estaba hecho. Acababa de firmar un contrato oscuro de obediencia y sumisión absoluta. Acababa de venderle mi alma al diablo a cambio de conservar mi vida y mi beca. Silas no se movió de inmediato. Sentado en su sillón de cuero, clavó sus ojos de ónix en mi firma durante un instante que se me hizo eterno. Luego, una sonrisa lenta, carente de cualquier atisbo de calidez, curvó la comisura de sus labios. Era la sonrisa de un depredador que acaba de escuchar el clic de la trampa cerrándose sobre su presa. Extendió una mano, cogió el documento y sopló suavemente sobre la tinta húmeda. —Buena chica —murmuró, con una voz tan sedosa que me provocó náuseas. Guardó el contrato en la carpeta junto a mi expediente académico, los extractos de mi cuenta bancaria vacía y el historial médico de mi madre. Cerró el cajón con llave. El sonido metálico fue el eco de mi propia condena. A mis veintiún años, me enorgullecía de ser una superviviente, alguien cínica que no se dejaba intimidar. Pero en ese instante, de pie frente al imponente escritorio, con el uniforme de limpieza manchado y el corazón latiendo desbocado, me sentí más diminuta que nunca. —¿Y ahora qué? —Mi voz sonó ronca, rota por el esfuerzo de contener las lágrimas de pura rabia e impotencia—. ¿Vas a encerrarme aquí abajo? Silas apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó sus largos dedos. Su postura irradiaba esa madurez fría y calculadora de alguien que ya sabe cómo funciona el mundo corrupto. —No seas dramática, Maeve. La universidad de Blackwood necesita a su personal de limpieza para seguir brillando por las mañanas —respondió, destilando un sarcasmo gélido—. Vas a volver a tu miserable habitación en la residencia. Vas a dormir. Y mañana, te levantarás y asistirás a tus clases de tercer año como la estudiante becada perfecta que eres. Fruncí el ceño, confundida por la aparente normalidad de sus palabras. ¿Me dejaba ir? Después de haber presenciado cómo chantajeaba a un alto cargo del gobierno en ese club clandestino, ¿simplemente iba a abrirme la puerta? —Pero —añadió él, y esa única palabra hizo que la temperatura de la habitación cayera en picado—, a partir de este momento, tus noches ya no te pertenecen. He cancelado tu contrato con el servicio de limpieza. El pánico me atenazó la garganta. —¡No puedes hacer eso! —grité, dando un paso hacia el escritorio, olvidando por un segundo el peligro que representaba—. ¡Ese trabajo es mi única fuente de ingresos! ¡Si no pago la cuota de la residencia me echarán, beca o no beca!. Silas se levantó de la silla con una lentitud que gritaba peligro. Su metro noventa de pura arrogancia y poder eclipsó la luz de la lámpara. —No levantes la voz en mi presencia —advirtió. No gritó, pero la vibración oscura en su tono fue suficiente para paralizarme—. Repito: tus noches me pertenecen. Tu deuda con la residencia ya ha sido saldada para el resto del semestre. Yo soy tu único proveedor ahora. Y tu única responsabilidad, Maeve, es estar disponible cuando yo te lo ordene. Abrió otro cajón y sacó un teléfono móvil n***o, liso y sin marca aparente. Lo deslizó por el escritorio hasta que quedó al borde, justo frente a mí. —Coge el teléfono. Tragué saliva. Mis instintos me gritaban que no tocara ese aparato, que era el grillete físico que me ataría a su mundo de moralidad gris. Pero la mirada que me dirigió no admitía réplica. Alargué la mano y lo tomé. Estaba frío y pesado. —Ese teléfono solo tiene un número guardado. El mío —explicó Silas, rodeando el escritorio a paso lento, acechándome de nuevo—. Lo llevarás contigo a todas partes. Si suena, contestas al primer tono. Si te envío una ubicación, vas sin hacer preguntas. Si te digo que saltes, tu única maldita pregunta será «¿desde qué altura?». ¿Ha quedado claro nuestro pacto?. Asentí en silencio, incapaz de articular palabra, sintiendo cómo comenzaba a aislarme del resto del mundo. —No te he escuchado, ratoncita. —Sí —susurré, apretando el teléfono contra mi pecho—. Ha quedado claro. —Perfecto. —Se detuvo a un palmo de mí. Su perfume de cedro y menta me envolvió, mareante y asfixiante. Levantó una mano y, con el dorso de los dedos, rozó mi mejilla con una suavidad perturbadora que contrastaba salvajemente con su crueldad—. Puedes irte. Pero recuerda esto antes de siquiera pensar en huir o abrir la boca: la élite política a la que acabas de ver no es nada comparada conmigo. El Círculo está en todas partes. Te vigilo. Retrocedí un paso, escapando de su toque. Me di la vuelta y caminé hacia la puerta doble de caoba con las piernas temblando. Cuando giré el pomo y salí al pasillo oscuro, no miré atrás. Corrí por las entrañas del edificio de Humanidades, atravesé el laberinto de piedra y subí las escaleras de servicio de dos en dos, ahogándome en mi propia respiración. Cuando por fin empujé la puerta lateral y salí al campus, el aire helado de la madrugada me golpeó el rostro. El cielo empezaba a teñirse de un violeta pálido por el amanecer. Los imponentes edificios góticos de la Universidad de Blackwood se alzaban a mi alrededor como lápidas gigantescas. Estaba fuera del sótano. Seguía viva. Pero mientras caminaba hacia mi residencia, sintiendo el peso muerto del teléfono n***o en el bolsillo de mi abrigo, supe la aterradora verdad. Había escapado de la habitación, sí, pero acababa de entrar en una prisión mucho más grande. La trampa se había cerrado. Y yo le pertenecía al diablo.
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