El Precio de la Supervivencia

962 Palabras
El roce de su pulgar contra mi pómulo quemaba como hielo seco. Durante un segundo interminable, me quedé congelada bajo el peso de su mirada depredadora, atrapada entre las pesadas cortinas de terciopelo y la inmensidad de su pecho. Silas estaba tan cerca que podía contar las pestañas oscuras que enmarcaban esos ojos vacíos de cualquier empatía. Y entonces, con la misma brusquedad con la que me había apresado, me soltó. El vacío repentino me hizo tambalearme hacia delante, obligándome a apoyar una mano en la pared para no caer. Mis pulmones, que habían olvidado cómo funcionar, aspiraron una bocanada de aire errática y ruidosa. Silas se dio la vuelta, dándome la espalda con una confianza insultante. A sus veintitrés años, siendo el líder intocable de "El Círculo", sabía perfectamente que yo no iba a atacarle por la espalda. Sabía que estaba demasiado aterrorizada, demasiado ocupada calculando mis escasas posibilidades de salir viva de aquel club clandestino subterráneo. Caminó hacia el imponente escritorio de caoba y se sentó en el sillón de cuero n***o con la elegancia de un monarca ocupando su trono. Dejó el vaso de whisky sobre un posavasos de pizarra y abrió el cajón superior izquierdo. —Acércate, Maeve —ordenó. No fue una petición; fue un mandato absoluto. Tragué saliva, sintiendo la garganta como papel de lija. Me froté las muñecas magulladas, donde la marca de sus dedos ya empezaba a tornarse de un tono violáceo, y di dos pasos cautelosos hacia la luz de la lámpara del escritorio. Me mantuve a una distancia prudencial, con los músculos en tensión, lista para cualquier movimiento brusco. Él sacó una carpeta de cuero n***o, lisa y sin marcas, y la dejó caer sobre la mesa con un golpe sordo. —No me gustan los cabos sueltos —comenzó a decir, entrelazando sus largos dedos sobre el escritorio, mirándome con esa frialdad calculadora y sádica que le caracterizaba —. Y tú, con tu inoportuna curiosidad, te has convertido en un cabo suelto excepcionalmente molesto. Debería borrarte del mapa. Sería lo más lógico para proteger mis intereses y los de esta red. —Pues hazlo y deja de jugar conmigo —escupí. La rabia, mi viejo y confiable mecanismo de defensa, empezó a abrirse paso a través del terror. Yo era cínica, una superviviente que no iba a suplicar como una víctima frágil. Silas sonrió. Una sonrisa lánguida, oscura y carente de humor. —La muerte es un desperdicio de potencial. Y resulta que he estado prestando atención a tu potencial. Abrió la carpeta. Mis ojos se abrieron de par en par al ver lo que contenía. No eran papeles del club, ni fotografías de políticos corruptos. Eran mis documentos. Mi expediente académico de mi tercer año de carrera, los extractos de la miserable cuenta bancaria que tenía a cero, el contrato de mi turno de noche limpiando la universidad e incluso el historial médico de mi madre en el hospital público. Él lo sabía todo. Llevaba tiempo vigilándome en secreto. La constatación me golpeó como un cubo de agua helada. No era una casualidad que supiera mi nombre en la sala de calderas. —Sé lo desesperada que estás por conservar esa beca, Maeve —continuó él, bajando el tono de voz hasta convertirlo en un susurro letal—. Sé que es tu única salida para escapar de la pobreza, la única forma de no volver a ese agujero del que saliste. Eres inteligente. Lo suficientemente madura para no dejarte intimidar por los idiotas de esta universidad. Pero esta noche has entrado en un juego de adultos. Y has perdido. —¿Qué quieres de mí? —susurré. El cinismo me abandonó de golpe, dejando solo la cruda realidad. Estaba acorralada. Silas deslizó un documento impreso en un papel grueso y amarillento hacia mi lado del escritorio. Junto a él, colocó una pluma estilográfica negra. —Te ofrezco una alternativa a tu desaparición. Un trato que no puedes rechazar. Me acerqué lentamente, arrastrando los pies como si me acercara al borde de un precipicio. Bajé la mirada hacia el papel. No era un acuerdo de confidencialidad estándar. Las cláusulas estaban redactadas con una precisión legal asfixiante. Mis ojos escanearon las líneas, y el corazón se me encogió en el pecho. Disponibilidad absoluta. Obediencia incondicional. Renuncia a cualquier reclamación sobre privacidad. No me estaba pidiendo que guardara el secreto. Me estaba pidiendo que le entregara mi voluntad. Quería obligarme a firmar un contrato oscuro de obediencia y sumisión absoluta a cambio de mi vida y de mantener mi beca. —Esto... esto es esclavitud —balbuceé, levantando la vista hacia él. El aire en la habitación de repente parecía demasiado denso para respirar. —Esto es supervivencia —corrigió Silas con calma pasmosa, recostándose en su sillón—. Si sales por esa puerta sin firmar, no llegarás a tu residencia. Te lo garantizo. Pero si firmas... tu beca estará asegurada. Te graduarás. Tendrás el futuro por el que tanto te has arrastrado limpiando los vómitos de mis compañeros. Lo único que tienes que hacer es pertenecerme. La trampa se había cerrado. No había escapatoria, no había negociación posible. La barrera de sus ojos ónix me decía que no estaba bromeando; su obsesión por mantener el control absoluto no admitía margen de error. O firmaba mi alma al diablo, o moría esa misma noche. Extendí la mano derecha. Me temblaba tanto que casi tiro la pluma al cogerla. Silas me observaba en completo silencio, disfrutando de cada segundo de mi humillación, saboreando su victoria. Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula. Sobrevive, me ordenó mi instinto. Firma y sobrevive. Ya buscarás la forma de matarlo mañana. Apoyé la punta de la pluma sobre la línea de puntos.
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