La Jaula del Rey

1126 Palabras
Silas no me interrogó en aquella sala de calderas. Para un rey, los interrogatorios no se hacen en la inmundicia; se hacen desde el trono. Su agarre sobre mis muñecas desapareció por un segundo, solo para que su mano derecha, grande y de dedos largos, se cerrara como un grillete de acero alrededor de mi brazo izquierdo. Tiró de mí hacia delante con una fuerza que me robó el aliento. Tropecé, mis botas de trabajo resbalando contra el suelo de cemento, pero él ni siquiera aminoró el paso. Me arrastró fuera de la habitación y de vuelta al pasillo oscuro. —¡Suéltame! —grité, clavando los talones en el suelo, retorciendo el brazo en un intento inútil de zafarme. Era como intentar mover un muro de hormigón. Silas ni siquiera me miró. Su perfil en la penumbra era una máscara de absoluta indiferencia. Caminaba con largas y calculadas zancadas, obligándome a trotar casi a ciegas a su lado para no caer de bruces. El terror absoluto me había secado la boca. Iba a matarme. Estaba segura. Acababa de descubrir que "El Círculo" no era un mito de estudiantes ricos divirtiéndose, sino una red criminal que chantajeaba a los hombres más poderosos del país. Y Silas, el líder intocable, no iba a permitir que una simple limpiadora del turno de noche arruinara su imperio. Mis uñas arañaron el dorso de su mano, buscando hacerle daño, buscando cualquier reacción. Él simplemente apretó más su agarre, justo en el punto de presión donde el músculo se unía al hueso, enviando un calambre de dolor que me dejó el brazo entumecido. Jadeé, rindiéndome físicamente, pero mi mente seguía buscando salidas a la desesperada. Piensa, Maeve, piensa. Sobrevivir y conservar mi beca era mi única forma de escapar de la pobreza. No había llegado a mi tercer año de carrera soportando humillaciones para acabar tirada en una zanja. No era una víctima frágil. Cruzamos una puerta de hierro reforzado que jamás había visto en mis tres años limpiando el edificio. El aire frío y húmedo de los pasadizos subterráneos fue reemplazado bruscamente por una atmósfera cálida. El suelo bajo mis botas de trabajo pasó de ser de piedra bruta a estar cubierto por una alfombra tan gruesa que ahogaba el sonido de nuestros pasos. Me arrastró por un pasillo revestido de madera de caoba hasta llegar a una puerta doble al final. La abrió de una patada y me empujó hacia el interior. El impulso me hizo tropezar y caí de rodillas contra el suelo. Mis palmas golpearon la madera pulida, escociendo por la fricción. Escuché el pesado clac de la puerta cerrándose a mis espaldas y, medio segundo después, el inconfundible sonido metálico del pestillo girando. Estábamos encerrados. Aislados. Levanté la vista lentamente, con el pecho subiendo y bajando de forma errática. El lugar era un contraste grotesco con mi uniforme desteñido y mis manos agrietadas por la lejía. Era un despacho inmenso. Estanterías repletas de libros antiguos cubrían las paredes, una chimenea de mármol n***o dominaba un lateral y, en el centro, un imponente escritorio de madera oscura sobre el que descansaban varios monitores apagados. Olía a cuero caro, a humo de puro y al perfume de cedro y menta invernal que lo impregnaba todo. Era su santuario privado. Silas no me prestó atención al principio. Caminó hacia un mueble bar de cristal, abrió una botella de whisky que probablemente costaba más que mi matrícula semestral, y se sirvió un vaso con una parsimonia que me puso los nervios de punta. El tintineo del hielo contra el cristal resonó en el silencio mortal de la habitación. Me puse de pie tambaleándome. Mis instintos me gritaban que corriera hacia la puerta, pero sabía que estaba bloqueada. Estaba atrapada en la jaula del depredador. Él se giró, apoyando la cadera contra el mueble, y dio un sorbo al líquido ámbar. Sus ojos oscuros, fríos y letales, me escanearon de arriba abajo. Evaluando los daños. Evaluando a la intrusa. —Estás manchando mi alfombra —murmuró, su voz grave y aterciopelada rompiendo el silencio. Bajé la mirada instintivamente. Mis botas, empapadas con el agua sucia de fregar los pasillos superiores, habían dejado un rastro grisáceo sobre el inmaculado tejido persa. Una carcajada histérica, rota y seca, brotó de mi garganta antes de que pudiera detenerla. —¿Eso es lo que te preocupa? —escupí, alzando la barbilla, negándome a encogerme ante él aunque mis rodillas temblaran—. ¿Vas a matarme y te preocupa la maldita alfombra? Silas dejó el vaso sobre la mesa de cristal. El golpe sonó como un veredicto. La ligera diversión que había bailado en sus facciones desapareció, siendo reemplazada por una sombra tan oscura y posesiva que me hizo dar un paso atrás. Avanzó hacia mí. Lento. Con esa gracia felina de quien sabe que controla absolutamente todo el espacio. Retrocedí hasta que mi espalda chocó contra las pesadas cortinas de terciopelo de una de las falsas ventanas. No tenía adónde ir. Se detuvo a un palmo de mí. Era mucho más alto, lo que me obligaba a inclinar el cuello para sostenerle la mirada. Podía ver el pulso latiendo en la base de su garganta, asomando por encima de la camisa perfectamente planchada. —Debería eliminarte —dijo, en un tono bajo, casi reflexivo, como si estuviera debatiendo consigo mismo. Levantó una mano y, con un dedo frío y firme, apartó un mechón de pelo sucio que se me había pegado a la frente por el sudor. El contacto de su piel contra la mía me dio una sacudida eléctrica que me revolvió el estómago—. Has visto cosas que no debías, Maeve. Posees un secreto que podría destruir el equilibrio de este país. En mi mundo, las personas desaparecen por mucho menos. Mi respiración se atascó. Cerré los puños a mis costados, preparándome para luchar, preparándome para vender cara mi vida. Si me iba a estrangular o a romper el cuello ahí mismo, le iba a arrancar los ojos primero. —Hazlo, entonces —le desafié, con los dientes apretados, sintiendo cómo el cinismo que me mantenía viva se abría paso entre el terror —. Acaba rápido. Él ladeó la cabeza, y esa sonrisa retorcida y sádica volvió a curvar sus labios. Su mano bajó desde mi frente hasta mi mandíbula, atrapándola con una fuerza posesiva que me inmovilizó la cabeza. Su pulgar acarició mi pómulo, un gesto extrañamente íntimo y profundamente aterrador. —No —susurró, acercándose hasta que sus labios casi rozaron los míos. Su aliento sabía a whisky y a peligro puro—. Eso sería demasiado aburrido. Y tú, ratoncita, acabas de demostrarme que eres de todo menos aburrida. Tengo un plan mucho mejor para ti.
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