Agacho la mirada e intento pensar qué decirle, pero nada se me ocurre. —¿Por qué lo pregunta?. —Indago dándole la espada y apoyándome de nuevo en el carro. —Perdón, yo... Soy un imprudente. No debí preguntarle algo tan personal. —se disculpa. Me giro hacia él y acuno su rostro en mis manos. —Salvador, ¿Recuerda que le prometí que, cuando estuviera lista, le contaría mi situación?. —le pregunto. Asiente. —Lo voy a hacer, pero no en este momento. Por favor, no me odie, pero aún no me siento capaz de hablar. —Finalizo, liberándolo de mi agarre. —¿Cómo cree que voy a odiarla?. Ya le dije, que voy a tenerle toda la paciencia del mundo. —Responde, con esa sonrisa que hace que olvide cualquier mal rato. Le agradezco con un asentimiento y le devuelvo la sonrisa. —Bueno, creo que ya no tenemos

