Regreso a su boca y lo beso como si de ello dependiera mi vida, lo que sé que lo enciende, porque siento de nuevo su erección rosado entre mis piernas. Se levanta y otra vez quedamos sentados sobre la cama. Como estoy a horcajadas suyas, me remuevo un poco y desciendo, cerrando mis ojos y arqueando mi espalda, mientras siento como me embiste. Esto es el paraíso, ¡Joder!. Gemidos, besos, caricias y jadeos, hacen parte de este maravilloso momento que ambos estamos disfrutando, hasta terminar extasiados. Sale de mí y nos acomodamos, cubriéndonos con las sábanas blancas. —¡Vaya!. Eso estuvo increíble. —Comenta, mientras yo trazo figuras inexistentes en su pecho, con mi dedo índice. —¿En serio?. —lo miro a los ojos, algo sonrojada. Él sonríe y asiente, acariciando mi mejilla. —¿Por qué lo

