Inevitablemente, mis ojos se cristalizan, por lo que ella se acerca y me abraza con fuerza. Sisea. —¿Qué sucede, mi niña?. —Pregunta con preocupación, mientras acuna mi rostro en sus manos y limpia mis lágrimas con sus pulgares. —Ayer, estuve en la casa de Julia. —Comento, entre sollozos. Ella se aleja un poco, para mirarme con los ojos de par en par. —¿Qué?. Creí que me habías dicho que ibas a esperar unos días más, para dejar que se acomodaran. —Inquiere, pensativa. —No pude aguantar, Nidia. Yo tenía que confrontarla. —Rebato. —Ya entiendo todo. —Dice, soltando un suspiro. —¿Pudiste verla?. —Indaga, con algo de emoción en su tono. No puedo evitar sonreír, mientras asiento con la cabeza. —Está hermosa, Nidia. La hubieras visto. Es casi una mujer. Lo mejor, fué que pude tenerla en mi

