Esa mujer, la mamá de Beatriz, me había dicho que había ayudado en la crianza de la niña y que su hija se la había arrebatado. Quería volver a verla. De haber sabido lo que había pasado, jamás la hubiera llevado a mi casa. ¿Qué se creía esa mujer? Roberto de inmediato tomó cartas en el asunto e hizo una denuncia para alejarla de la niña y, de ser posible, que pagara por su maldad. Ahora me daba cuenta que madre e hija eran iguales. Y totalmente diferentes a mi pequeña Elena. Se durmió en los brazos de mi madre. Ambas se amaban. Eso me dejaba tranquilo. Mi hija crecería rodeada de mucho amor. ―¿Estás cansada? ―le pregunté a mi mamá. ―No, déjamela aquí, mi pequeña niña me necesita. ―Por eso se ha acercado tanto a ti, mamá, tú le diste una imagen de abuela distinta a la que ella tenía

