Gala
El espejo de Pedro me devolvía una imagen que no reconocía del todo.
El maquillaje impecable, el cabello peinado en un moño alto, el vestido ajustado de diseñador que apenas me cubría los muslos y un escote que gritaba “mujer sexy al ataque”.
Todo lo que mi padre hubiera aprobado para una “Castillo”, todo lo que yo detestaba.
Julieta estaba sentada en la cama, dándome ánimos con una sonrisa. Pedro, detrás de ella, me aplaudió cuando giré sobre mis tacones.
—Estás divina, amiga. Ese chico se va a desmayar en cuanto te vea.
Rodé los ojos, pero no pude evitar que me ardieran las mejillas.
En ese momento, el celular vibró sobre la mesa.
—Manuela. Otra vez —le dije a mis amigos antes de tocar la pantalla.
Contesté con un suspiro, y puse la llamada en altavoz.
—¿Qué quieres, Manu? Estoy ocupada.
—¡No me cuelgues! —exclamó al otro lado—. Escúchame, Gala, necesito un consejo. Héctor me invitó a salir y… bueno, no sé qué ponerme, no quiero que piense que estoy demasiado interesada, ¿me entiendes?
Tragué saliva, la incomodidad apretándome el pecho. El nombre de ese hombre me revolvía el estómago, como siempre.
—Manu, yo…
—Tú lo conoces mejor que nadie —insistió ella, con una ansiedad que me hacía sentir la peor amiga del mundo—. Dime qué hacer para que funcione.
Cerré los ojos, apretando el celular. La culpa me ahogaba.
Era mi amiga, y yo estaba guardándole el secreto… un malditø secreto que me hacía sentir sucia: mi padre había firmado un infernal contrato que me ataba a ese idiøta.
Me sentía una completa traidora.
No quería a Héctor. Jamás lo había querido. Todo lo que me ataba a él era un papel firmado y la obligación de estar casada por al menos dos años con alguien que me asfixiaba solo con mirarme.
Después de eso, pensaba divorciarme y dejar el camino libre para Manuela.
Pero, ¿cómo explicarle eso ahora, cuando sonaba tan ilusionada?
Abrí la boca, a punto de soltar la verdad, cuando un mensaje iluminó la pantalla.
Guillermo: “Estoy abajo.”
Sonreí como una tonta, olvidándome de todo lo que iba a decir.
—Manu, hablamos luego, ¿sí? —dije rápido, sin darle opción a insistir—. Solo, no uses n***o, o rojo. A él no le gusta. Y no lleves tacones muy altos, odia que lo superen en altura.
Agarré mi bolso y salí disparada del apartamento.
El aire frío de la noche me golpeó la cara en cuanto crucé la puerta. Y ahí estaba él.
Guillermo, apoyado en su motocicleta como si fuera la portada de una película. Jeans gastados, botas, un abrigo de cuero que parecía hecho a medida para su cuerpo fuerte. Y esa expresión seria que se derritió apenas me vio.
Me sonrió, y yo olvidé cómo respirar.
Me acerqué, pero cuando me percaté de la motocicleta, me miré a mí misma en ese vestido diminuto y ridículamente escotado, lo único que pensé fue: "voy a morirme de frío."
Guillermo me saludó con un beso en la mejilla, cálido, sencillo, tan diferente de los hombres de mi mundo. Y ahí fue cuando me separé, nerviosa.
—Dame unos segundos, ¿sí?
Sin esperar respuesta, corrí de regreso al apartamento sacándome los tacones al subir las escaleras. Entré a la habitación de Pedro, revolví en la maleta que me había traído de casa y escogí algo más para el momento.
Unos jeans ajustados, una blusa de tirantes blanca y un abrigo oscuro que, para mi sorpresa, se parecía mucho al de Guille.
Me miré en el espejo. Por primera vez en mucho tiempo, no me vi como la hija de Arturo Castillo ni como la prometida forzada de Héctor Torres. Me vi como yo misma. Gala.
Sonreí, tomando aire.
Corrí de nuevo escaleras abajo, con el corazón galopando en el pecho. Él seguía ahí, esperándome paciente, la moto brillando bajo la farola de la calle.
—Ahora sí —dije, sonriendo mientras lo alcanzaba—. Soy toda tuya.
Su mirada se oscureció apenas escuchó esas palabras, y sentí que la cita sería de más miradas como esa... más del fuego que no podíamos apagar entre nosotros.
Sin decir nada, colocó con cuidado un casco sobre mi cabeza, ajustando la correa bajo mi barbilla con una delicadeza que me sorprendió. Sus dedos rozaron mi piel y un escalofrío me recorrió la espalda.
Luego subió a la moto, y yo lo seguí. Apenas me acomodé detrás de él, mis brazos rodearon su cintura. Sentí la firmeza de sus músculos, cada línea marcada incluso a través de la tela de su camiseta y el abrigo de cuero. Me quedé tocándolo un segundo más de lo necesario, percibiendo el calor de su cuerpo, antes de apretarme contra él.
—Agárrate fuerte —fue lo único que escuché antes de que el rugido del motor ahogara sus palabras.
No entendí lo que había dicho, pero lo vi en el espejo retrovisor sonreír, y yo sonreí también.
Arrancó la moto y la ciudad se desvaneció detrás de nosotros. El viento golpeaba mi cara, frío y libre, pero no me importó si me despeinaba.
Cerré los ojos, apretando mi agarre en su cintura. Me gustaba tenerlo así de cerca, sabía que no había lugar más seguro en la tierra.
Me di cuenta de que había tomado la carretera cuando volví a abrir los ojos.
El mar se extendía a nuestra izquierda, reflejando la luz de la luna. La vista me dejó sin aliento.
Guille estacionó la moto frente a una cabaña de madera, sencilla, rodeada de arena y arbustos bajos. Apagó el motor y me ayudó a bajar.
Me detuve y me perdí en la inmensidad del mar bajo el cielo oscuro. El brillo de la luna, la plata de las olas… era como un camino hacia el infinito que parecía invitarme a escapar.
—Es hermoso… —susurré, incapaz de apartar la vista.
Sentí los brazos de Guille rodeándome por detrás, fuertes y seguros.
—No más hermoso que tú —murmuró contra mi oído.
Me giró suavemente en el lugar y me besó. Un beso lento, lleno de calma, como si quisiera saborear el instante tanto como yo.
Cuando nos separamos apenas un poco, su frente descansó sobre la mía.
—Ven —dijo con una sonrisa—. Preparé la cena.
Me tomó de la mano y entramos juntos.
La cabaña era pequeña, pero se veía acogedora. Al entrar, ví una mesa de madera en el centro de la sala. Un par de velas encendidas le daba un aire de romanticismo que me hizo morderme el labio inferior. Sobre ella, dos platos con pasta y una botella de vino.
—¿Preparaste todo esto tú? —pregunté, sonriendo.
Guille se encogió de hombros, con un gesto tímido que no le había visto hasta ahora.
—Digamos que sé seguir instrucciones en un paquete de pasta. —Levantó una ceja—. No esperes que compita con un chef italiano.
Me reí, sentándome frente a él.
—Pues... huele delicioso.
Nos servimos y comenzamos a comer. El sonido del mar se colaba por las ventanas, mezclándose con nuestras voces. Al principio hablamos de cosas simples: la comida, la motocicleta, la cabaña. Pero pronto la charla se hizo más... personal.
—¿Y a ti qué te gusta hacer?
—Me gusta cantar —confesé, bajando un poco la voz—. Siempre lo he hecho, desde niña.
—Sí, te escuché la otra noche —dijo, inclinándose hacia adelante.
Asentí, jugueteando con el tenedor.
—Sí. No sé si soy buena, pero… es lo único que me hace sentir libre. Como si todo lo demás desapareciera.
Sus labios se curvaron en una sonrisa.
—Por lo que escuché, eres muy buena. Esperaré ansioso para poder comprar tus discos.
—Algún día —repetí, esquivando esa promesa con un poco de nervios.
Él no insistió, pero me miró como si ya lo estuviera viendo hecho realidad.
—¿Y qué más? —preguntó.
—Me gustan las estrellas —dije, señalando hacia afuera—. Suelo quedarme despierta hasta tarde leyendo novelas. Y me gusta bailar, aunque no soy muy buena.
Él arqueó una ceja, divertido.
—No me pareció eso anoche.
Sentí el rubor subir a mis mejillas y me encogí de hombros.
—Quizá tenía un buen compañero.
Él rió, y el sonido fue tan cálido que se me quedó grabado.
—¿Y tú? —pregunté, deseando conocerlo más—. ¿Qué te gusta hacer, además de cocinar pasta de paquete?
Se reclinó en la silla, pensativo.
—Juana. —Su voz se suavizó—. Todo lo que hago es por ella.
Sonrió, como si se disculpara por lo que acababa de decir.
—Disculpa —murmuré, tragándome ese sentimiento de celos abrumador que encendía mi sangre—. ¿Quién es Juana?
—Es mi hermanita —sonrió dándose cuenta de que me había puesto celosa—. Pero aparte de eso, el boxeo. Es lo único que me da esa sensación de control. Cuando estoy en el ring, aunque el otro me golpee más de lo que doy, sé dónde estoy. Sé lo que soy.
Lo dijo con tanta pasión que lo imaginé en ese momento, moviéndose, respirando, peleando como si cada golpe fuera un pedazo de su vida en juego.
—¿Y siempre quisiste boxear? —pregunté.
Se encogió de hombros.
—Supongo que sí. Pero no era un plan de vida. Simplemente… me encontré ahí. Y ahora no puedo dejarlo.
Tomé un sorbo de vino, observándolo. Era tan diferente a todo lo que conocía, tan real, tan honesto.
—Eres un libro abierto —le dije sin pensarlo.
Él sonrió, ladeando la cabeza.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—Tú eres un misterio. Hablas de tus gustos, de tus sueños, pero no de tu familia, ni dónde vives, ni qué haces.
La tensión me recorrió el cuerpo. Evité su mirada, fijándome en la vela que parpadeaba entre nosotros.
—Supongo que prefiero hablar de lo que me gusta, no de lo que me ata —murmuré.
Él no insistió. Solo asintió, como si entendiera demasiado bien lo que significaban las ataduras.
Un silencio se extendió, pero no fue incómodo. Al contrario, se sintió como un refugio.
—Deberías cantar para mí —dijo de repente, rompiendo la calma con una sonrisa traviesa—. Ahora mismo.
—¿Qué? ¡No! —exclamé, cubriéndome la cara con las manos.
—Anda, princesa, solo una estrofa.
—¡Ni loca!
Él soltó una carcajada y negó con la cabeza.
—Está bien. Pero lo conseguiré. Algún día.
Lo miré fingiendo seriedad, pero en el fondo, estaba segura de que tenía razón, con solo sonreírme de esa forma, le daría más que solo una estrofa de alguna canción.
Seguimos hablando, riendo, compartiendo tonterías. Descubrí que detestaba las aceitunas, que le gustaba leer cómics aunque decía que era cosa de “niños grandes”, y que tenía una extraña habilidad para imitar a los maestros de su hermana.
Yo le conté que me encantaba el chocolate caliente con malvaviscos, que coleccionaba diarios desde los trece años y que siempre había soñado con viajar a Italia, aunque nunca le había dicho a nadie.
La velada se fue alargando, el vino se acabó y las velas se consumieron poco a poco.
Me sorprendí pensando que nunca había tenido una conversación así. Tan simple. Tan verdadera.
Y lo más increíble era que no necesitaba contarle quién era yo en realidad.
No todavía.
Bastaba con ser yo.
Solo Gala.
Su Gala.