Capítulo 8: Entregado

1545 Palabras
Guille Después de cenar, me levanté automáticamente y llevé los platos al fregadero. Era algo que siempre hacía sin pensar. Pero antes de que pudiera abrir el grifo, sentí una mano suave interponiéndose en mi camino. —Déjame a mí —dijo Gala, con una sonrisa. —¿Segura? —pregunté, arqueando una ceja. —Por supuesto. ¿Qué tan difícil puede ser? Me aparté, curioso. La vi tomar la esponja con una seguridad un tanto frágil, abrir el agua demasiado fuerte y en cuestión de segundos el fregadero parecía una tormenta en miniatura. El jabón resbalaba, los platos se chocaban y cada movimiento de Gala era más torpe que el anterior. Yo no aguanté y solté una carcajada. —Demonios, princesa… ¿de verdad jamás lavaste un plato? Ella se congeló, todavía con la esponja en la mano. Bajó la mirada, y la sonrisa se me borró de golpe. Me acerqué enseguida y la rodeé con mis brazos por atrás. —Lo siento —murmuré junto a su oído—. Solo era una broma. Sentí cómo suspiraba contra mi pecho. —No, es que… jamás lo hice. —Dejó la esponja en el fregadero y se dio la vuelta para mirarme—. Y tampoco es que me guste mucho hacerlo. Con la práctica en el hospital casi no estoy en casa y… La interrumpí, sorprendido. —¿Hospital? ¿Estás estudiando medicina? Ella asintió despacio, mordiéndose el labio inferior. —Sí. La miré con incredulidad. Había imaginado cualquier cosa menos eso: diseño, moda, hasta modelo. No medicina. —No era lo que me imaginaba —admití, con una sonrisa ladeada. —Créeme, tampoco fue mi primera opción —dijo, con una risa apagada—. Pero bueno… aquí estoy. Me quedé en silencio, sin apartar mis ojos de los suyos. Había algo en sus palabras, en la forma en que las dijo, que me hizo pensar que había mucho más detrás de esa historia. Sentía que había algo que no me estaba contando. Pero no quise presionarla. No iba a ser un metiche. Ya tendríamos tiempo para que me contara todo. En lugar de eso, tomé sus manos mojadas y llenas de jabón y las lavé junto a las mías bajo el agua. Ella rió suavemente, y ese sonido me aflojó el pecho. —Ya ves —dije—, no es tan terrible si se hace acompañado. Nos quedamos un momento así, en silencio, con las manos juntas bajo el agua y terminando de lavar los trastes. Y por un instante, sentí que todo era simple. Que ella y yo podíamos ser simples. De repente, un chorro de agua me cayó directo en la cara y parpadeé, aturdido. Gala estaba frente a mí, riendo con una malicia deliciosa, la esponja goteando entre sus manos. —¿De verdad, princesa? —pregunté, fingiendo indignación. —Alguien tenía que ponerte en tu lugar —replicó, antes de lanzarme otro chorro de agua. Solté una carcajada y la rodeé por la cintura, intentando atraparle las manos. Ella forcejeó, gritó entre risas, pero en cuestión de segundos el agua nos empapó a los dos. El piso estaba hecho un desastre y ella, despeinada y riéndose como nunca la había visto, me parecía lo más hermoso que había tenido enfrente. —Demonios… —dije entre risas, sujetándola contra el fregadero—. ¡Jamás lavaste un plato y encima armaste un campo de batalla! —Pues… —se mordió el labio, mirándome con descaro—. Tal vez necesito un castigo... La miré un segundo, con el pecho agitado, y la chispa traviesa en sus ojos me encendió en cuestión de segundos. La besé. Con fuerza, con hambre, con esa urgencia que llevaba horas guardándome. Gala gimió contra mi boca mientras sus manos se deslizaban por mi torso empapado, aferrándose con desesperación. La tela mojada se pegaba a su cuerpo, marcando cada curva, y el roce de su piel erizada bajo aquella humedad me enloquecía. Con un movimiento rápido la levanté y la senté sobre la encimera. Ella rodeó mi cintura con las piernas, apretándome contra sí, mientras mis labios recorrían su cuello, su clavícula, cada rincón de piel expuesta. Su risa nerviosa se transformó en jadeos suaves que me hicieron perder el control. Las prendas mojadas caían, una tras otra, entre besos y caricias. Cada roce era más urgente, cada mirada más intensa. Gala se arqueaba hacia mí, como si me buscara incluso antes de que la tocara. Cuando nuestras miradas se encontraron otra vez, vi en sus ojos lo mismo que sentía yo: ese deseo incontrolable que nos arrasaba a los dos. La besé con pasión, con una entrega que no dejaba espacio para nada más. —Guille… —susurró, y ese sonido en su voz me atravesó como una flecha directo al corazón. Mis labios recorrieron su cuello, bajando por sus pechos. Me deleité con cada uno de ellos antes de seguir mi viaje hasta su centro. Ella levantó sus piernas, colocándolas sobre mis hombros, mientras yo me perdía en su sabor. Gala jadeó con más fuerza, impulsándome a continuar y arremeter con más fuerza y necesidad. Mi lengua, mis dedos, todo la llevaba cada vez más a ese abismo de placer, y yo no podía esperar para oirla suplicar mi nombre. Con un grito entrecortado, se dejó caer sobre la encimera, regalándome una imagen que guardaré en mi memoria por toda la eternidad. Estaba completamente entregada, los ojos brillando por la intensidad de la sacudida que la había estremecido. Volví a subir, besando su piel como si fuera un lugar sagrado. La levanté en brazos, sin dejar de besarla, y avancé hasta la habitación de la cabaña. Abrí la puerta de un empujón, entramos a tientas entre risas y respiraciones entrecortadas, y la recosté con cuidado sobre la cama. Me incliné sobre ella, con el cabello húmedo cayéndome sobre la frente, y la besé de nuevo. No había dudas, no había frenos. Solo nosotros dos, consumiéndonos como si el mundo se acabara esa noche. Ella me respondió con el mismo frenesí, enredando sus dedos en mi cabello, tirando de mí para acercarme más, siempre más. Mis manos recorrieron su cuerpo, todavía húmedo por la pelea en la cocina. Deslicé mis labios por su cuello, bajando con lentitud, saboreando cada gemido que arrancaba de su garganta. Sus uñas se clavaban en mis hombros, marcándome como si quisiera asegurarse de que yo fuera suyo, que estaba allí. —Guille… —susurró mi nombre, y fue como gasolina en un incendio imposible de apagar. La tomé por la cintura y la atraje hacia mí, aferrándome a sus caderas como si fueran el ancla que me mantenía vivo. Ella se arqueó bajo mí, ofreciéndose, pidiendo más sin palabras. Nuestros cuerpos se encontraron en un choque eléctrico. Una explosión de calor y necesidad que me robó un gruñido profundo. Me moví dentro de ella con firmeza, descontrolado. Perdí la noción de todo lo demás. Solo podía sentir el calor de su piel, sus labios húmedos en los míos, su respiración irregular sobre mi cuerpo. Me miraba con los ojos entrecerrados, cargados de deseo, y no podía evitar perderme por completo. No había boxeo, no había deudas, no había mundo. Solo ella. Apreté mi agarre en sus caderas, marcando el ritmo con estocadas rápidas y firmes. Mis movimientos se hicieron más urgentes, más intensos, y ella me seguía, jadeando, gimiendo, sus manos recorriéndome la espalda como si buscara grabar mi cuerpo en su memoria. Estaba seguro de que jamás había necesitado a alguien de esta manera. La intensidad y dulzura de sus besos eran algo que no quería dejar de saborear. Sabía, en lo más profundo de mi ser, que me estaba dando más que solo su cuerpo. No me detuve. No podía. La levanté, pegándola contra mí, y la llevé más arriba en la cama, sin romper el contacto, sin soltarla, como si dejarla ir fuera imposible. La tomé con toda mi fuerza, con toda mi pasión, con todo lo que nunca me había atrevido a entregarle a nadie. Y ella… ella me recibió como si hubiera estado esperando este momento toda su vida. Pero entonces, con una fuerza inesperada, Gala me empujó y me giró, dejándome contra el colchón. Me quedé sin aire. Ella, encima de mí, me miraba con esos ojos encendidos, brillando en la oscuridad. Sus labios se curvaron en una sonrisa peligrosa antes de inclinarse a besarme con la misma hambre que yo sentía por ella. —Ahora yo… —susurró contra mi boca. Me tomó centímetro a centímetro, marcando un ritmo propio, lento primero, casi cruel, hasta que la urgencia nos devoró otra vez. Me agarré a sus muslos, jadeando, mientras ella me guiaba con una seguridad que me volvía loco. Nunca había sentido algo así. Perder el control. Dejarme llevar. Dejar que fuera ella quien me arrastrara hasta el límite. Cada movimiento me hacía perder la cabeza, hasta que no pude más. El mundo desapareció en una explosión de sensaciones, en sus labios, en sus manos, en su cuerpo dominando el mío. Y supe que estaba perdido. Que me había entregado a ella por completo. Qué ya no había vuelta atrás. Gala era mía. Y yo, sin remedio, era completamente suyo.
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